Milou en mayo (Milou en mai) – Louis Malle (1989)

24 Junio 2008

Por Las fieras de mis niñas

 

Mi mayor preocupación es que el espectador se olvide de que está en el cine. Por eso he prescindido de todos los efectos y me gusta que la cámara sea como un ojo sabio, bien guiado, que ve más que el ojo humano porque ella nunca se distrae ni parpadea. Louis Malle

                   

 

Si en algo coinciden críticos y estudiosos del cine es en clasificar a Louis Malle como un cineasta ecléctico, con una aparente ausencia de constantes de escritura, en la que coexisten todo tipo de obras. Quim Casas describe al realizador francés con precisión: “un excelente funambulista que sabe moverse por un alambre poco transitado [...] hasta conseguir un todo compacto”. Esa y no otra era su voluntad, y así lo expresó en numerosas ocasiones, concibiendo cada película como una nueva aventura que debía satisfacer una curiosidad efímera, como si de un enamoramiento se tratara.

 

En esa trayectoria dominada por la voluntad de cambiar constantemente de estilo, se sitúa Milou en mayo, una refrescante sátira, poco acomodada y con pinceladas “buñuelianas”, que el director realiza entre dos densas películas: Adiós, muchachos (1987) y Herida (1992), ambas de amplia repercusión internacional. Esa búsqueda de nuevos retos en cada obra, no implica, bien al contrario, que Malle abandone las constantes de su obra, que siguen presentes en este retrato irónico de una familia burguesa reunida en su casa de campo con las revueltas de mayo del 68 como telón de fondo: la referencia a la infancia, la presencia de acontecimientos históricos, casi nunca explícitos, así como la revisión de tabúes y afectos familiares.

 

 

Milou en mayo se ambienta en la casa familiar de los Vieuzac, magníficamente recreada por Willy Holt, que Milou mantiene, a duras penas, porque ella simboliza la infancia, las raíces a las que no está dispuesto a renunciar. Este personaje, magníficamente interpretado por un Michel Piccoli, encarna, de hecho, una forma de vida que intentará defender frente a la ambición y la frivolidad de una parte de su familia. Pero este duelo no se produce de forma dramática, sino que el tono utilizado por el director nos lleva a transitar por secuencias cargadas de absurdo, humor negro e, incluso, derivas fantásticas. No cabe duda de que la participación de Jean-Claude Carrière en este guión contribuye a cargar las tintas en esa atmósfera que, en ocasiones, roza el surrealismo, no en vano fue guionista, con Luis Buñuel, de Belle de jour (1967), La Vía Láctea (1969) o El discreto encanto de la burguesía (1972). Baste mencionar la insólita secuencia inicial en la que Milou se dirige a las abejas en latín (¡con textos de Virgilio!) o las escenas que se desarrollan junto al lecho mortuorio.

 

Louis Malle se mantuvo en su día alejado de los convulsos acontecimientos ligados al mayo del 68. Esperó más de 20 años para ofrecer una peculiar mirada hacia este momento histórico, haciéndolo sin caer en la melancolía que sí caracterizó las visiones ofrecidas por otros cineastas de su generación. Se ha señalado que el director consigue convertir el hecho revolucionario en un trueno lejano, en algo que estallaba al margen del pequeño mundo de Milou, pero, de hecho, sí logra alterar de alguna forma su vida, y está presente constantemente a través de la voz en off de la radio, o por los mensajes de los personajes que se van involucrando en la historia (su sobrino Pierre-Alain o el matrimonio Boutelleau).  Esa revolución no tiene lugar sólo en las calles de París o del pueblo cercano, también se desarrolla en la mansión donde Milou debe afrontar la defensa de una forma de entender el mundo frente a la que quiere imponer su familia, encarnada en Camille, esa hija materialista, fría y sin escrúpulos. Milou sólo tendrá como aliadas a su nieta, su cuñada y su criada.

 

 

El tono desenfadado de la película permite a Louis Malle coquetear en la frontera de la moral burguesa, planteando gozosos intercambios sexuales entre distintos personajes. En algunas secuencias no duda en celebrar la sensualidad y la desinhibición, crear un círculo de felicidad, desprovisto de imposiciones y reglas. Destaca entre todas ellas el almuerzo en la hierba, que nos recuerda a Jean Renoir.

 

 

En lo que se refiere a la banda sonora de la película, como bien indica Pablo Bullejos en su página web, el jazz y las películas de Louis Malle tienen ese aire de ser algo conocido, pero a la vez marginal. En efecto, Malle era un apasionado del jazz y solía utilizarlo en sus películas, no sólo como banda sonora, sino como parte integrante de la narrativa, siendo los casos más destacados, Ascensor al cadalso (1957, con música de Miles Davis), y Lacombe Lucien (1974, de Django Reinhardt). Sin embargo en Milou en mayo, la música compuesta por Stéphane Grappelli, sólo acompaña al relato, especialmente en las secuencias más ligeras, a ritmo de ragtime. Este hecho hace que algunos estudiosos, de la obra de Malle, no incluyan este trabajo en esa estrecha relación entre el director y el jazz. El virtuoso Stèphane Grappelli, que consiguió incorporar el violín al mundo del jazz, fue compositor e intérprete de otra banda sonora original en su dilatada vida: Les Valseuses (1974), de Bertrand Blier.

 

“Yo tengo que borrarme, ponerme al servicio de la historia, encontrarle al objetivo el ángulo y la distancia adecuada para hacer más creíbles y vivos los personajes”, afirma este director, que se declaraba partidario de una cámara invisible.

 

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Francia/Italia, 1989, 108 min. Título original: Milou en mai. Dirección: Louis Malle. Guión: Louis Malle y Jean-Claude Carrière. Productor: Louis Malle. Producción: Nouvelles Éditions de Films (París) / TF1 Films (París) / D. M. V. Distribuzione (Roma) / Dania Film (Roma) / Ellepi Film (Roma). Coproductora: RAI 2. Fotografía: Renato Berta.  Montaje: Emmanuelle Castro. Música: Stéphane Grapelli. Dirección artística: Willy Holt. Intérpretes: Michel Piccoli (Milou), Miou-Miou (Camille), Michel Duchaussoy (Georges), Dominique Blanc (Claire), Harriet Walter (Lily), Paulette Dubost (Mme. Vieuzac), Bruno Carette (Grimaldi), Martine Gautier (Adèle).


Fuego fatuo (Le feu follet) – Louis Malle (1963)

5 Junio 2008

 Me suicido porque no me quisisteis, porque no os quise, me suicido porque nuestras relaciones fueron cobardes, para estrecharlas, dejaré sobre vosotros una mancha indelebleDrieu La Rochelle – Le Feu Follet.

 

Tras rodar su primer guión original, Vie privée (1961), para su siguiente película, la quinta, Malle opta de nuevo por adaptar un texto ajeno, Le feu Follet, una novela corta escrita por Pierre Drieu La Rochelle en 1931. Tanto la novela como el film plasman las últimas jornadas en la vida de un suicida, Alain Leroy, personaje inspirado en la figura del poeta surrealista Jacques Rigaut, (uno de los suicidas -junto a Arthur Cravan, Julien Torma y Jacques Vaché- del movimiento Dada); el mismo Drieu La Rochelle se suicidaría en 1945. Curiosamente, la presencia del suicidio y la muerte se extiende incluso a la génesis de la propia película, Roger Nimier -guionista de Ascensor para el cadalso-, que iba a adaptar la novela junto a Malle, falleció en un accidente de tráfico poco antes de comenzar su trabajo.

 

Periodista, escritor y ensayista polémico y brillante, Drieu La Rochelle es el paradigma, junto a Céline, del escritor francés política e institucionalmente maldito, silenciado y postergado por sus ideas antisemitas y su vinculación con el régimen colaboracionista de Vichy. Drieu, tras participar y resultar herido en la I Guerra Mundial, rondó el movimiento surrealista llegando a declararse comunista. Hacia 1934, ahondando en su concepción irracionalista de la acción y de la exaltación del heroísmo y la nueva Europa se acerca a las tesis de Barrès, Maurras y Georges Sorel, lo que durante la ocupación le conducirá a colaborar con el régimen del mariscal Pétain, bajo el que dirige La Nouvelle Revue française. Tras la liberación, y a pesar de ser protegido por amigos como Malraux, se suicida cuando se entera de que se ha dictado una orden de arresto contra él.

 

 

Fuego fatuo comienza con unas miradas (como en Ascensor para el cadalso), una voz en off y una pareja en una habitación de hotel, sus conversaciones y sus silencios nos ofrecen un retrato del protagonista masculino, un ser sin esperanza, abatido, triste. Poco a poco ese retrato se perfila, comienza a desembarazarse con indiferencia de sus posesiones; vuelve a su guarida, el único lugar donde se encuentra a salvo, la clínica de Versalles donde desde hace cuatro meses se cura de su alcoholismo, en realidad vegeta, se extingue. Allí contemplamos la vacuidad y el hastío de su vida cotidiana, esa noche, antes de acostarse, Alain decide suicidarse al día siguiente. No obstante, antes de cumplir su palabra, con el fin de despedirse de sus amistades, hace una última escapada a París. En su nihilista y particular odisea al fin de la noche, primero visita a un amigo de su época gloriosa, al que encuentra casado, con hijos y viviendo una vida pequeño burguesa, Leroy le reprocha su comodidad y ausencia de riesgos, tachándole de mediocre.

 

 

Luego encuentra a una amiga, una artista, que vive rodeada de otros artistas en una torre de marfil, diletantes y adormecidos, ensimismados en paraísos artificiales, Leroy los abandona tildándolos de “vacíos”. La siguiente etapa le conduce al encuentro de dos hermanos, compañeros del ejército, que se han entregado en cuerpo y alma a la acción directa permanente, probablemente en la OAS, en esta ocasión son ellos los que le dejan. Por último, ya muy debilitado tras romper su abstinencia, recala en el palacete de unos acomodados amigos que ofrecen una cena a un selecto y mundano grupo de conocidos entre los que se encuentra un intelectual con el que también se enfrenta. Tras sufrir una crisis en la que confiesa su imposibilidad de sentir (in vino veritas), abandona la cena intempestivamente junto con un joven, trasunto de aquel que fue, con el que continúa su personal exorcismo. A la mañana siguiente, ya en la clínica, pone fin a su angustia permanente disparándose en el corazón.

 

 

Como ocurría en Ascensor.., la música de Erik Satie -Gymnopédies (1888) y Gnossiennes (1893)- es omnipresente, impregna toda la película y determina -en perfecta armonía con el tono del film- el estado de ánimo melancólico y triste del protagonista, proyectándolo en el sentir del espectador. Lo cierto es que, a pesar de la frialdad y la buscada falta de empatía o explicación clara y psicológica (lo que impide la identificación fácil con su protagonista), la película interpela directamente al espectador y lo confronta de forma lúcida con el sinsentido de la vida, de tal forma que resulta devastadora y su conclusión, el suicidio, resulta inapelable e indiscutiblemente justificado.

Película negra y pesimista donde las haya, en el sentido existencial del término, Fuego fatuo es la obra más desconocida y probablemente la más interesante y personal de su director, así como el mejor trabajo de su intérprete, Maurice Ronet que, en cierto modo, retoma alguna de las características del personaje de Ascensor.. (esta vez imbuido de la náusea sartriana). Es la crónica de una muerte anunciada, Leroy es un hombre que, después de haber exprimido la vida hasta las heces durante su juventud, es consciente de que la inmortalidad es una quimera, “la realidad” una mentira y la comunicación humana imposible (las similitudes temáticas con Antonioni son evidentes). No tolera adaptarse a una sociedad llena frivolidades, engaños y renuncias y, ante su manifiesta incapacidad para integrarse, mimetizarse o pactar consigo mismo y su nula voluntad de transigir, por su lejanía vital de todo (el dinero, los objetos) y todos (el amor, los amigos) no le queda otra salida más coherente que la autoinmolación.

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Francia, 1963, 103 min. Título original: Le feu follet; Director: Louis Malle; Guión: L. Malle (sobre la novela de Pierre Drieu La Rochelle); Productora: Nouvelles Éditions de Films; Fotografía: Ghislain Cloquet; Montaje: Suzanne Baron y Monique Nana; Música: Eric Satie.

Intérpretes: Maurice Ronet, Jeanne Moreau, Lena Skerla, Ursula Kluber, Yvonne Clech, Hubert Deschamps, Jean-Paul Moulinot.