Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.

Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan: “Anoche bebí demasiado”, así comienza “El nadador”, el alegórico y turbador relato de John Cheever que sirve de base a la película del mismo título dirigida por Frank Perry. Por contra, el film introduce el elemento desasosegante desde el mismo principio, cuando, mientras se sobreimpresionan los títulos de crédito, se muestran planos de un campo oscuro y otoñal (las hojas caen, los árboles tienen las copas marrones y muestran sus ramas desnudas), varios animales (sucesivamente: un ciervo, un conejo, un búho y una bandada de aves) huyen al paso de una presencia que se nos esconde, pero de la que vemos, y oímos, signos del avance de sus pasos entre las tristes notas de la música compuesta por Marvin Hamlisch. Finalmente, la cámara se eleva y vemos aparecer, de espaldas, a un fornido Ned Merrill/Burt Lancaster ataviado con un escueto bañador. Seguimos al protagonista hasta que se abre el plano y nos adentramos en el soleado jardín con piscina de una casa en el campo en un magnífico día; Lancaster se tira a la piscina al tiempo que la cámara se posa en la rama de un árbol.

Imbuido de un poderoso entusiasmo y de una energía envidiable, Merrill tiene la excéntrica ocurrencia -alocadamente absurda y genial para un hombre de su edad- de aprovechar el fantástico día para encaminarse -nadando- hacia su casa a través de las piscinas de sus amigos y vecinos, que viven en las afueras de Connecticut, surcando un río imaginario que denominará Lucinda, en honor a su mujer, e iniciando -como el Marlow que remonta el río Congo o un Ulises moderno- un verdadero periplo físico y espiritual.
En estas escenas iniciales entran en danza algunas de las constantes del film, tanto materiales: la relevancia del clima, del cielo y el paisaje, del agua y las piscinas (esas que, según O.Welles, fueron durante la Caza de brujas la causa de la traición de la izquierda estadounidense); como inmateriales: el halo de misterio que envuelve al protagonista (ha estado ausente una temporada y responde con evasivas a las preguntas que le formulan sus amigos), la melancolía respecto de un pasado mejor, más sano e ingenuo, unas amistades mundanas, endogámicas y decadentes, el constante ambiente de flirteo con las mujeres y la omnipresencia de la cháchara, el dinero y el alcohol (verdadero río subterráneo que -en forma de martini, ginebra o champán- no para de fluir a lo largo de todo el metraje).

La película se articula de forma episódica en torno a los diferentes encuentros que experimenta el protagonista en su travesía hacia casa. En todos ellos, generalmente con personajes femeninos como contraparte, vamos descubriendo nuevos aspectos del pasado y de la personalidad del enigmático protagonista; la mayoría en abierta contradicción con su presente encantador, luminoso e inocente (en dos ocasiones recita frases del Cantar de los cantares/Cantar de Salomón y menciona su pasado como boy scout). Pronto se pone de manifiesto el contraste, el choque, entre un Lancaster puro e idealista (quizás por ello sus amigos le denominan con un infantil Neddy), desprovisto de toda posesión salvo su bañador (del que, por cierto, también se despoja en una ocasión), con una meta concreta en la vida (por peregrina que sea), y las artificiales e hipócritas existencias de sus acomodados y alcoholizados vecinos (“Los amigos no desgravan” dice uno de ellos), que parecen mantenerse en un estado de fiesta permanente, eternamente frívolos, sonrientes y socializantes. Sin embargo, al mismo tiempo, queda patente la reacción de extrañamiento que Merrill provoca en ellos, los gestos, las miradas significativas que levanta y las conversaciones truncadas a su paso; así como van aflorando claroscuros en su pasado, pero también en su presente (su actual personalidad arrolladora, su carácter soñador y la facilidad de empatizar contrastan con un individualismo feroz), y, simultáneamente, asistimos a una sutil y progresiva acumulación de sospechosas incoherencias (plantas que florecen fuera de estación, árboles pelados, piscinas vacías, casas en venta, promesas incumplidas).

En uno de esos encuentros Ned tropieza con Julie Ann/Janet Landgard, una adolescente, antigua niñera de sus hijas (junto con el posterior con su ex amante, dirigido por S. Pollack, es uno de los fragmentos más ilustrativos), que se suma a su aventura, acompañándolo parte del trayecto, como un escudero entusiasta, espejo de su ingenuidad. A la par, resulta el báculo perfecto e inmaculado para su masculinidad herida y contumaz. No debemos olvidar que a lo largo del film se repiten de forma poco sutil -casi sonrojante- las comparaciones ecuestres (desde la aparición de un semental en las ensoñaciones de Merrill -con el que llega a medirse, corriendo junto a él-; a, incluso, imitar a un caballo haciendo un recorrido por una pista de saltos). Precisamente, tras lesionarse en ésta y aprovechando la confesión de Julie sobre su enamoramiento infantil, Merrill despliega un desmedido y latente afán que, en pleno delirio protector, se traduce en un brusco intento de besarla; a lo que ella responde huyendo desbocada. Este episodio es determinante, pues marca el comienzo de su particular via crucis penitencial hacia una redención imposible y se convierte en la prueba evidente de su desconexión física y mental con el mundo que le rodea.
No obstante, Merrill -obcecado a pesar de los malos presagios- continúa su singladura de forma más pausada, pero cada vez más penosa y accidentada. Así, renqueante, sube a un coche conducido por el único negro que aparece en todo el film, un chófer al que -en el colmo del rancio tópico wasp- confunde con su predecesor (abundando en el paternalismo condescendiente, Merrill resalta que aquel destrozaba el inglés, alaba su voz y coincide -sin percatarse de la hiriente ironía- en que tenía “un innato sentido del ritmo”). En la siguiente piscina ya no se lanza de cabeza, sino de pie, y nada de espaldas mientras los propietarios mencionan: “ha vuelto en sus cabales”. El sol se va poniendo, las sombras se alargan, tiene frío, tirita, nada en una piscina vacía, los encuentros se vuelven cada vez más irreales, hirientes e incluso violentos, hasta que es agredido y humillado por el último vecino (un nuevo rico al que despreciaba) antes de llegar a la casa de su ex amante; que también le golpea en varias ocasiones, una de ellas mientras trata de besarle los pies (un truco que, sin embargo, al comienzo del film era celebrado con coquetería, como también ocurre con su brindis entusiasta la primera vez que lo utiliza).

Para ese momento el viaje se ha tornado pesadilla: ya no brilla el sol, el camino está plagado de sapos, hojas marchitas y de charcos enfangados. Incluso el agua parece haber perdido toda cualidad redentora y vigorizante para convertirse en un medio turbio y hostil; ni siquiera puede volver a nadar como solía. Arrastrándose como un fantasma, Merrill/Lancaster es confrontado por Shirley/Janice Rule como el hombre que le arruinó la vida debido a su hipocresía, su falta de escrúpulos y su cinismo de perfecto padre (de unas hijas que en realidad le desprecian) y esposo (de una mujer castradora a la que no amaba, pero que tiene todas las propiedades a su nombre). A pesar de manifestar su arrepentimiento, de pedir perdón y de insistirle en que se vaya con él, Merrill no consigue quebrantar la voluntad de Shirley. Tampoco puede conservar la dignidad e insiste en saber quién es su amante actual y si es mejor que él en la cama. Así, imposibilitado para escapar de su sino de Don Juan de los suburbios, intenta seducirla sin éxito hasta el último momento. Durante este episodio también nos apercibimos de que Lancaster ha estado ausente durante al menos tres años.

El último obstáculo antes de alcanzar su objetivo (llegar a la gran casa familiar, con piscina y pista de tenis: la propiedad inmobiliaria paradigma del sueño burgués por antonomasia) pasa por un baño de multitudes populares en una hipermasificada piscina pública de pesadilla (una verdadera sopa de fideos humanos, un auténtico aquelarre), la antítesis de las despejadas piscinas de aguas claras y ultrafiltradas de sus adinerados amigos. Allí, todavía le espera un último rechazo, o una cadena de ellos, (tiene que rogar para poder entrar, al igual que para que le paguen la entrada, es obligado a ducharse y a lavarse los pies una y otra vez (mostrando los dedos de los pies como si fuera un colegial) y, nuevamente, es confrontado y humillado por su pasado, por aquellos que unos años antes le atendían con respeto y servicialidad); y una última imposibilidad (apenas puede dar una brazada sin ser pisado, empujado y sentirse ahogado en semejante lodazal calentorro, contaminado y claustrofóbico). Las fuentes del “río Lucinda” no resultan ser las aguas claras que podría haberse esperado al inicio de la aventura, como ni Merrill, ni la propia Lucinda, son lo que parecían al comienzo del film. De hecho, la esposa, Lucinda, resulta más que el objeto de su amor, una idea desconectada de la realidad, un simple mantra, un lugar común, una cáscara vacía que Lancaster emplea a conveniencia (p.e. como excusa para eludir una invitación a cenar).
El infructuoso viaje de Merrill/Lancaster hacia la abandonada casa familiar donde no le espera nadie (sino la lluvia -el agua en su nueva faceta impura- que, de nuevo, todo lo enfanga) le reduce a la desesperación, al llanto, a la condición de bebé desamparado. Por ello, al finalizar el film hemos asistido al metafórico -e imposible- regreso de un hombre a la seguridad del seno materno. Merrill ha completado un recorrido vital inverso al habitual. De la seguridad y la plenitud que -a veces- se alcanza con la madurez (o la vejez) con la que se muestra al principio, a la inseguridad y el llanto desesperado del bebé al ser expulsado del vientre materno que muestran las desesperanzadas y sorprendentes (pero coherentes) escenas finales; pasando por sucesivas etapas de juventud, adolescencia y niñez. Un viaje simbólico hacia el vientre materno ancestral que, como no puede ser de otra manera, se realiza a través de un elemento como el agua, trasunto del líquido amniótico que nos retrotrae al seno universal, y que no puede sino resultar en vano, siempre truncado. No hay redención posible, la vida es cruel, no concede segundas oportunidades.
No podemos terminar sin resaltar la excepcional composición de “el hombre en crisis” que un omnipresente Burt Lancaster, espléndido y crepuscular (progresivamente más desorientado y vulnerable), personifica a través de su rostro, pero también de su cuerpo y de su piel. Un rol que tiene sus antecedentes en su personaje del Príncipe Salina en El gatopardo (Il gatopardo, L.Visconti, 1963) y que volverá a retomar en Confidencias (Gruppo di famiglia in un interno, L.Visconti, 1975) o Atlantic city (L.Malle, 1980). No olvidemos que Lancaster está instalado para siempre en el imaginario colectivo como paradigma de la fisicidad masculina, atlética y acrobática en films como El halcón y la flecha (The flame and the arrow, J. Tourneur, 1950) o El temible burlón (The crimson pirate, R. Siodmak, 1952), junto a su inseparable y silencioso compañero Nick Cravat, o pura y simple fisicidad animalesca, como en la escena de la playa con Deborah Kerr en De aquí a la eternidad (From here to eternity, F. Zinnemann, 1953), donde también aparece ataviado con un bañador.
En definitiva, el film, a pesar de contar con una dirección más bien rutinaria (Perry fue despedido antes de terminarla) y de ser en ocasiones demasiado pedestre en el empleo de los símbolos y metáforas, cargante con los sfumatos en los momentos oníricos y repetitivo en los paseos/transiciones por los bosques, constituye un magnífico ejemplo, por un lado, de la crisis del hombre blanco suburbial norteamericano, un retrato del macho narcisista en pleno crack vital e incluso histórico; y, por otro, fiel reflejo del cuestionamiento del modelo social, económico y cultural que, con respecto al sueño americano, se estaba produciendo a finales de los sesenta debido a los cambios políticos, sociales, sexuales, etc. Así, podemos emparentar El nadador con films como El compromiso (The arrangment, E. Kazan, 1969), Conocimiento carnal (Carnal knowledge, M. Nichols, 1971), La tormenta de hielo (The ice storm, A. Lee, 1997), Lejos del cielo (Far from heaven, T. Haynes, 2002) o, más recientemente, Revolutionary Road (S. Mendes, 2007).
Escrito por Misterioso objeto al mediodía 


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