La batalla de Argel (La battaglia di Algeri) G. Pontecorvo (1966)

Que el cine es, o puede llegar a ser, un instrumento revolucionario (o, al menos, político) de vital importancia es una certeza que se conoce desde su nacimiento. Tal es así, que prácticamente desde aquel momento ha venido siendo utilizado interesadamente tanto por el poder político, sea éste del signo que sea, (p.e. El acorazado Potemkin (S.M. Eisenstein, 1925) o El triunfo de la voluntad (L. Riefenstahl, 1935), no digamos ya por la industria cinematográfica hollywoodiense) para instaurar, perpetuar y legitimar una determinada ideología, unos valores sociales y económicos, o un modo de vivir, entender e interpretar la realidad; como por las fuerzas que se oponen al statu quo, lógicamente con una producción y difusión menor, para denunciar los excesos e injusticias de esos poderes (p.e. en Sudamérica M. Littín, P. Guzmán o G. Rocha), o impugnar esa misma ideología o sistema de valores. Partiendo de esta premisa, y dependiendo de los diferentes contextos mundiales y/o nacionales, históricos, políticos, sociales o económicos, en el ámbito cinematográfico han existido momentos y espacios más favorables que otros a un mayor riesgo, audacia, libertad creativa, experimentación o crítica política. Precisamente, uno de los más fértiles, multiformes y generalizados tuvo lugar a lo largo de los años sesenta, tanto en Europa, incluidos los países del este, como en los EEUU y Latinoamérica.

Si hay una película paradigmática de lo que se ha denominado “cine político” a partir de la segunda mitad del siglo XX, ésta es sin duda La batalla de Argel. Sus antecedentes cinematográficos más inmediatos y reconocibles, por la reconstrucción histórica, su argumento biográfico y formato documental estarían en Salvatore Giuliano, (F. Rosi, 1961), por lo que respecta al cine italiano, y The war game (P. Watkins, R.U., 1965), fuera de él. No es de extrañar que Italia, dada su particular situación política y social (que el partido comunista más importante de occidente estuviera imposibilitado para gobernar por el bloqueo de la democracia cristiana, así como la existencia de la mafia favorecieron una cierta descomposición institucional), ofreciera algunos de los más interesantes directores (F. Rosi y E. Petri p.e.) y películas dentro del denominado cine político o de denuncia. El film utiliza los recursos del cinéma verité (la apariencia documental, la fotografía granulosa y contrastada de los noticieros, la cámara al hombro, la utilización de actores no profesionales y el rodaje en los escenarios originales) para lograr un grado de verismo que transforma al espectador en testigo directo de la lucha del FLN en la ciudad de Argel durante el proceso que conduciría a la independencia del país, así como de la respuesta francesa a este desafío a sus 130 años de ocupación colonial. A ello también contribuye el que se trate de una producción realizada inmediatamente después de la independencia de Argelia, a instancias del mismo gobierno argelino, que dio toda clase de facilidades para su rodaje, y que se basa en el libro de Yacef Saadi, uno de los protagonistas del film.

La batalla de Argel

A parte de las virtudes cinematográficas del film, y aún a pesar de la producción argelina, es de resaltar que la película elude los planteamientos esquemáticos y reduccionistas. Si bien a lo largo del metraje va resultando cada vez más inapelable de qué parte está la razón histórica -el pueblo secunda masivamente la huelga general convocada por el FNL-, no legitima el terrorismo empleado por éstos (no rehuye plasmar la barbarie sinsentido de los atentados, así como se detiene y pone rostro a los franceses que inmediatamente van a caer víctimas de los atentados). Con respecto a Francia, irónicamente la patria de los ideales republicanos y revolucionarios, el Comandante paracaidista, y héroe de la resistencia, que la representa condensa las graves contradicciones entre democracia y “razón de estado”; el ejército, amparado por las instituciones estatales, no duda en emplear la arbitrariedad, la tortura e incluso las ejecuciones sumarias como respuesta al terrorismo, confundiéndose con él y contribuyendo al emponzoñamiento de la situación, de tal forma que, si bien ganan la batalla, finalmente perderán la guerra. Por último, no podemos dejar de señalar que el film adolece de una cierta tendencia a la simplificación histórica puesto que apenas hay referencias a la situación en el resto del país, ni tampoco a lo que ocurría en la sociedad francesa o a las disidencias y diferencias dentro del campo independentista o incluso en el propio seno del ejército francés. 

A la vista de la situación que vive el mundo actual, con ocupaciones neocoloniales, democracias que admiten la tortura y que amparan ejecuciones sumarias, o “asesinatos selectivos”, este film no constituye sólo una magnífica obra cinematográfica, por la armonía entre forma y contenido, la seriedad y validez de sus planteamientos y la adecuación entre motivaciones y el resultado obtenido; sino que, además, resulta un testimonio histórico de primera magnitud y plenamente vigente si pretendemos aprender y no repetir los errores del pasado.

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Argelia – Italia, 1966, 121 min. Título original: La battaglia di Algeri. Director: Gillo Pontecorvo. Guión: Franco Solinas y Gillo Pontecorvo. Música: Ennio Morricone y Gillo Pontecorvo. Fotografía: Marcello Gatti. Montaje: Mario Morra y Mario Serandrei. Intérpretes: Brahim Hadjadj, Jean Martin, Yacef Saadi, Samia Kerbash, Ugo Paletti y Fusia El Kader.

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One Response to La batalla de Argel (La battaglia di Algeri) G. Pontecorvo (1966)

  1. RRR dice:

    Grandísima e inolvidable pelicula. Todo un grito a favor de la LIBERTAD, contra el colonialismo pero sobretodo por la DIGNIDAD DEL HOMBRE.

    Un film eminentemente REVOLUCIONARIO, no exento de autocrítica, en el que cada fotograma es una bofetada a la censura, a lo políticamente correcto, al poder, a aquellos que con traje y corbata y sin haber cogido un arma en su vida tienen sus manos llenas de sangre.

    En esos dias Pontecorvo era Argelia y Argelia era Pontecorvo. Juntar a ambos sólo podía dar como resultado una obra maestra.

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