Z – Costa-Gavras (1969)

Resulta complicado ofrecer una definición de “cine político” puesto que, en un sentido amplio, cabría desde el cine “social”, aquel que muestra la vida de las clases o las sociedades desfavorecidas (p.e. el neorrealismo), hasta el cine más evidente e interesadamente panfletario, pasando por el cine de denuncia. Simplificando, podríamos entenderlo como aquel cine que, por su fondo, o incluso su forma, se opone o critica las convenciones dominantes mantenidas por el establishment, sea éste el que sea (p.e. el nuevo cine de los países del este durante los años sesenta). Es un hecho aceptado que el cine, calificado por algunos como el primer arte verdaderamente burgués, es el reflejo de la sociedad en cuyo seno se produce. Pero este reflejo no es puro, puesto que está mediatizado, incluso manipulado, por las convicciones e ideas políticas, sociales y económicas de aquellos que lo realizan, y sobre todo de los que lo financian y lo distribuyen. Todo film representa, en definitiva, un discurso ideológico en torno a algún aspecto de la sociedad y ningún cineasta es capaz de sustraerse a tal evidencia aunque mantenga lo contrario. 

Después de realizar dos discretas películas, y a raíz del triunfo en Grecia, en abril de 1967, del golpe de los Coroneles, Costa Gavras decide rodar “Z”, la novela de V. Vassilikos que denuncia la conspiración estatal que pretendió ocultar, bajo un accidente automovilístico, el asesinato del diputado de izquierdas G. Lambrakis, en 1963. Para elaborar el guión recurrió al que posteriormente sería su colaborador durante largos años, J. Semprún, que venía de participar con A. Resnais en “La guerre est finie”. La producción del film encontró numerosos inconvenientes, de tal forma que se puso en marcha casi dos años después de lo previsto, tras verse obligados a devolver un adelanto de la United Artist, finalmente se llevó a cabo bajo la producción del actor J. Perrin, trasladándose a Argelia para su rodaje y rebajando todos los participantes considerablemente sus honorarios, incluido el excelente reparto de actores y secundarios con que cuenta. Cuando por fin se estrenó en 1969, tras el 68 francés, mientras aún se pensaba que la utopía era posible en las sociedades occidentales, (antes del desencanto, del nihilismo y la deriva terrorista que supusieron los años setenta), cosechó un éxito fulminante, si bien no exento de críticas (Cahiers du cinema), que se tradujo en una verdadera lluvia de premios, (Cannes, Oscar). El éxito y su repercusión internacional supusieron una clamorosa condena a la Junta de Coroneles. Hasta 1974 no pudo estrenarse en Grecia y en España, como ocurrió en otros países, estuvo prohibida hasta 1976. Con el paso del tiempo se ha convertido en un auténtico hito, que marcó a toda una generación y por el que aún hoy sigue siendo recordada.

Montand y Charles Denner

Con el fin de plasmar una historia de ámbito universal se optó por la inconcrección, tanto de las coordenadas geográficas en las que discurre la acción (se trata de un país mediterráneo indeterminado, si bien las referencias a Grecia son evidentes); como de los nombres de los protagonistas, que son presentados por el trabajo que desempeñan. La película comienza con la advertencia de que cualquier parecido con la realidad “no es fruto del azar“, y termina con un breve pero devastador epílogo que muestra la sinrazón y catadura moral de las dictaduras; entre ambos momentos discurre un brillante e ingenioso ejercicio de montaje, que rompe con la habitual linealidad de las películas al uso. Al comienzo asistimos a la inevitable fatalidad que se cierne sobre el diputado, la crónica de una muerte anunciada, e inmediatamente se procede a reconstruir de forma fragmentaria, gracias a numerosos flash backs, esos mismos hechos, mientras seguimos el hilo de la investigación periodística y judicial, lo que claramente emparenta a la película con el thriller, el cine policíaco, o incluso films como “Rashomon” (A. Kurosawa, 1950). Todo ello discurre con un ritmo trepidante, subrayado por la magnífica música de M. Theodorakis, (represaliado por la dictadura griega) hasta que alcanzamos, junto con el magistrado instructor, verdadero catalizador del film, en un in crescendo de indignación moral, y progresivo desvelamiento de la verdad, a tener una imagen completa y fiel de la muerte del diputado, en realidad un asesinato político auspiciado por las más altas instancias estatales. 

Costa-Gavras, así como “Z”, su obra política fundacional, son referencias ineludibles en cualquier mención al “cine político” más canónico y exitoso. La película trata cuestiones que, tanto en el momento de su estreno, como hoy en día, están de rigurosa actualidad: el asesinato político, el poder, la corrupción y la manipulación enfrentados a la justicia, la dignidad personal y la democracia, así como el autoritarismo en pugna con la libertad de prensa. A pesar de la brillantez y notable adecuación de las formas cinematográficas para obtener el progresivo clímax final de la película, (los flash backs y el pluriperspectivismo que nos ofrecen las distintas declaraciones de los testigos transmiten de forma veraz la sensación de inestabilidad política, caos e inseguridad dentro de la Grecia del momento, de tal forma que al término de la película, el espectador siente en sus carnes la indignación ante la injusticia y la solidaridad hacia las naciones oprimidas por regímenes dictatoriales); y a pesar de la consecución de su objetivo, y lo elevado de sus intenciones, el film llega a pecar de simplista, o incluso maniqueo. Al contrario de lo que ocurría en La batalla de Argel, aquí los bandos están definidos, no hay lugar a duda alguna, los oficiales del ejército, la policía y los ejecutores ultraderechistas están representados de manera caricaturesca, despectiva, excesivamente obvia y sus motivos, medios y fines son abyectos. El empleo de estas formas indisimuladamente tendenciosas desvela el mecanismo de sensibilización para el espectador que lo emparenta con un cine de emoción y sensaciones, visceral, más que de reflexión y alcance racional.

En definitiva, una magnífica película de combate, que cumple con su finalidad de denuncia de la injusticia, removiendo conciencias, despertando sensibilidades y adhesiones (si bien, como hemos dicho, más bien emocionales que racionales) para la causa de la verdad y la justicia; lo cual no es poco en los tiempos que padecemos.

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Francia – Argelia, 1969, 129 min. Título original: Z. Director: C. Costa Gavras. Guión: Costa Gavras y J. Semprún sobre el libro de Vassilis Vassilikos. Productores: Jacques Perrin y Ahmed Rachedi. Música: Mikis Theodorakis. Fotografía: Raoul Coutard. Montaje: Françoise Bonnot. Intérpretes: Y. Montand, Irene Papas, J. L. Trintignant, Jacques Perrin, François Perier, Charles Denner, Renato Salvatori, Magali Noël, Jean Dasté.

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