La regla del juego (La règle du jeu) – Jean Renoir (1939)

Ce qui est terrible sur cette terre, c’est que tout le monde a ses raisons. Octave (Jean Renoir)

En el momento de su estreno La regla del juego fue destrozada por la crítica, tal vez debido a la reprobación soterrada y demoledora que suponía respecto a una clase social en decadencia (teniendo en cuenta las peculiaridades de clase de la sociedad francesa de la época), así como a los aires de guerra que en aquel momento recorrían Europa, y a la complejidad y, si se quiere, ambigüedad que desprende el film, lo que hizo que no fuera bien entendido por el público. Como consecuencia de su mala acogida, la película fue sometida a una serie de cortes que dieron lugar a una versión más reducida que la que conocemos hoy en día. La versión actual se monta en 1959 cuando fueron descubiertas las latas donde se hallaban los descartes realizados en su momento por su director. Sin embargo, ironías del destino, hoy en día La regla del juego está considerada una de las obras cumbre (de las tantas realizadas por Jean Renoir) de la historia del cine y viene apareciendo con regularidad -después de Ciudadano Kane (O.Welles, 1941)- en las listas de las mejores películas de la historia que cada diez años elabora la revista británica Sight & Sound. Para aquellos que desconfíen del parecer de los críticos, nada mejor que una revisitación de esta excelente, desconocida e imprescindible obra genial.

La regle du jeu

Para la realización de este film Renoir se inspiró en obras de Beaumarchais, Las bodas de fígaro, Molière, Marivaux y, sobre todo, en Los caprichos de Marianne de Musset, de la que originariamente pensó en rodar una transposición a nuestros días. Asimismo, en su autobiografía Renoir reconoce que también contribuyó a la concepción inicial de esta película la música barroca francesa (Couperin, Rameau) y “las intrigas amorosas de mis amigos, para quienes éstas eran su única razón de ser”.

Le mariage de Figaro

Desde el mismo comienzo del film, los versos de Las bodas de Fígaro de Beaumarchais introducen al espectador directamente en el núcleo de la cuestión: en el universo del juego amoroso, sexual, y aun social; el juego de un mundo ordenado por jerarquías, protocolos y convenciones sobre lo apropiado e inapropiado de los comportamientos humanos. La ironía de la película está en que demuestra ampliamente que, en realidad, nadie se somete y obedece sus propias reglas y que, tan pronto como la sociedad empieza a organizarse en categorías sociales o tipos psicológicos, se producen incontrolables tendencias y pulsiones que redefinen nuestras ideas sobre quiénes somos y quiénes son los demás. Podemos apreciar la existencia de personajes representativos de las diferentes clases sociales, e incluso la dualidad o paralelismo social existente entre ellas, que se acentúa al mostrarnos el mundo de los burgueses y el del personal a su servicio compartiendo escenario, dramas y problemas comunes (esencialmente de índole sentimental/sexual, que son los que -junto del poder- mueven al ser humano). Una sociedad en la que la honestidad y la coherencia, al verse inmersos en un contexto de cinismo e hipocresía, hace que devengan en una lacra, una tara social, un lastre imposible de mantener en el seno de una colectividad enfermiza. Los personajes íntegros como Jurieu, Schumacher y, en cierta medida, Christine, se rebelan e indignan ante la hipocresía y la doblez moral que les rodea, pero es esa coherencia la que les convierte en unos perdedores, unos inadaptados a un mundo que no puede/permite convivir con la verdad, que se escuda en el juego y la ligereza para sobrellevar el hastío de la vida, en la que no se consiente una palabra o un gesto de dignidad, más alto, o más duro, que exceda de lo tolerado. La dificultad de mantener la integridad moral y puntos de vista diferentes en un ambiente que rechaza la sinceridad por considerarlo un signo de mal gusto es lo que, en última instancia, desencadena la tragedia. Al final, en un mundo de lobos curtidos que conocen las reglas de la manada, los conejos están inexorablemente destinados a ser cazados como corresponde conforme a la cruel e implacable ley de la naturaleza. La excepción la encontramos en el personaje de Octave, interpretado por el propio Renoir, que actúa a modo de desclasado y, literalmente, maestro de ceremonias que trata de ayudar a la gente a descubrir quiénes son realmente y qué es lo que quieren, al mismo tiempo que descubre, como cualquier otro, sus propios conflictos y disyuntivas morales.

La regle du jeu

Podemos resaltar de la película las constantes estilísticas del cine de Renoir: sus largos planos secuencia, el uso de la profundidad de campo, la fluidez de la acción, que constantemente parece desbordar los límites de la pantalla, el reencuadre en el interior de las secuencias, la ruptura de las convenciones cinematográficas de identificación, el juego entre realidad y representación teatral, la libertad y frescura de sus intérpretes, (fue quizás el más improvisado de sus films), así como las magníficas y metafóricas escenas de la cacería y la fiesta en el castillo, premonitorias y anticipadoras de la tragedia que aguarda a aquel que no se amolda a la regla del juego (y que, unos meses más tarde, se cerniría sobre la propia Europa). El humanismo fue siempre una de las constantes temáticas en la obra de Renoir, empeñado en demostrar que los seres humanos comparten problemas emocionales y psicológicos comunes, más allá de sus orígenes o clases sociales, y que necesitamos de la ayuda de los demás para sobrellevarlos. Su visión idealista del mundo se basa en la creencia de que renunciar a conocer y compartir el conocimiento de nuestros elementos básicos y comunes conduce a la desigualdad, a la crueldad y al conflicto que tan a menudo destruye vidas, amistades e incluso paises.

Renoir manifiesta en su autobiografía al respecto de la película: “Desde las primeras proyecciones me veía asaltado por la duda. Es una película de guerra y, sin embargo, no aparece una sola alusión a la guerra. Bajo su apariencia benigna, la historia atacaba a la estructura misma de nuestra sociedad. Y no obstante, al principio no había querido presentar al público una obra de vanguardia, sino una peliculita normal. La gente entraba al cine con la idea de distraerse de sus preocupaciones, pero nada de eso, yo los sumergía en sus propios problemas (…). La película describía a unos personajes agradables y simpáticos, pero representaba a una sociedad en descomposición. Se reconocían a sí mismos. A la gente que se suicida no le gusta hacerlo ante testigos”.

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Francia, 1939, 112 min., B/N. Director: Jean Renoir. Producción: Nouvelle Edition Francaise. Distribuida: Janus. Estreno: 7 Julio 1939. Guión: Jean Renoir (en colaboracion con Carl Koch y Camille Francois). Montaje: Marthe Huguet, Marguerite Renoir. Música: R. Desormieres. Director artístico: Eugene Lourie, M. Douy. Fotografía: Jean Bachelet, J. P. Alphe. Director musical: Joseph Kosma. Sonido: Jo de Bretagne. Vestuario: Coco Chanel. Intérpretes: Marcel Dailo, Nora Gregor, Roland Touain, Jean Renoir, Mila Parely, Paulette Dubost, Gaston Modot, Julien Carette, Odette Talazac, Pierrre Magnier, Pierre Nay, Richard Francoeur, Claire Gerard, Heri Cartier-Bresson.

4 respuestas a La regla del juego (La règle du jeu) – Jean Renoir (1939)

  1. […] resulta difícil no emparentar El río con otra de sus películas capitales. Así, como La regla del juego (1939) fue su última película en Francia, El río coincide en su carácter de película bisagra […]

  2. […] Es imposible no encontrar paralelismos entre el personaje de Menjou y el Marqués de La Chesnaye de La regla del juego (La règle du jeu, J. Renoir, 1939); además, la leyenda mantiene que La Bessiere/Menjou, más […]

  3. […] aliado, Octave (deudor del personaje de Musset y, a su vez, del Octave representado por Renoir en La regla del juego (La règle du jeu, 1939), con la que Las noches también posee muchas similitudes), aunque éste, […]

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