Una década bajo la influencia (El “nuevo Hollywood”)

Aunque en 1967 se estrenaron otras películas igualmente rompedoras (p.e. A quemarropa (Point Blank, J. Boorman, 1967)) se suelen citar como precursoras de este “movimiento” a la violenta Bonnie & Clyde (A. Penn, 1967) y la “escandalosa” El graduado (The graduate, M. Nichols, 1967). El que dos films que contravenían explícitamente los convencionalimos y la moralidad social del momento obtuvieran un gran éxito no sólo de crítica, sino sobre todo de público, con el éxito económico que ello implica, supuso un hito que rompió los trasnochados esquemas de los estudios y de sus apoltronados ejecutivos. Este suceso favoreció un periodo de desconcierto que permitió la financiación de otros proyectos igual de arriesgados, o más. Así, luego vendrían: 2001: Una odisea del espacio (2001: A space odyssey, S. Kubrick, 1968), La semilla del diablo (Rosemary’s baby, R. Polanski, 1968), Grupo salvaje (Wild bunch, S. Peckinpah, 1969), Cowboy de medianoche (Midnight cowboy, J. Schlesinger, 1969), Easy Rider (D. Hopper, 1969), M.A.S.H. (R. Altman, 1970), etc. Y simultáneamente el desembarco de jóvenes y no tan jóvenes directores y guionistas que hasta el momento se hallaban en los márgenes, pospuestos (R. Altman) o venían del extranjero (M. Forman).

Dennis Hopper

Para explicarnos este fenómeno no podemos perder de vista dos circunstancias: por un lado, que estos films no aparecen de la nada, por generación espontánea, sino que son deudores de otros anteriores (incluso norteamericanos, p.e. Código del hampa -The killers-, D. Siegel, 1964), y consecuencia de la labor y la obra previa de otros directores que anteriormente ya habían abierto brecha, sobre todo los de la “generación de la violencia” (S. Fuller, N. Ray, R. Fleischer), pero también los de “la generación de la televisión” (J. Frankenheimer, S. Lumet, A. Penn, M. Ritt, F. Schaffner, D. Mann); por otro lado, que coincide en el tiempo con condicionantes de otro tipo que propiciaron el cambio de esquemas. Así: el boom económico, la modificación de los usos y costumbres sociales, turbulencias políticas, la consolidación de la sociedad del consumo, la vitalidad y dinamismo del cine europeo, el abandono del “Código Hays”… En cualquier caso, los cánones morales institucionalizados en un país como los EEUU eran (y lo siguen siendo hoy) muy conservadores, por lo tanto resultaba muy fácil epatar; como dice la conocida frase de “El gatopardo“, “Algo debe cambiar para que todo siga igual. No olvidemos que la censura/control empresarial sigue enseñoreándose en el mismo seno de su industria cinematográfica (la MPAA es un organismo creado y mantenido por la propia industria) de tal forma que se ejerce un férreo control sobre los exhibidores (cines y televisiones), así como su enfermiza y esquizofrénica relación con el sexo filmado, al contrario que su tolerancia para con la violencia. Sobre el particular es interesante echarle un vistazo al documental This film is not yet rated, (Kirby Dick, 2005).

El éxito de estas películas, aparentemente a contracorriente con lo que venía entendiéndose como lo socialmente aceptable y representable en y por la industria del cine, (dando entrada al sexo, la violencia, personajes marginales, historias políticas, formas y tramas más elaboradas o tortuosas, formas narrativas más complejas, finales abiertos, etc) permitió un relevo en los puestos ejecutivos de los estudios que ante la desorientación generada sobre lo que “quería ver el público” abrió la puerta a cineastas más ambiciosos, con veleidades autorales, a la distribución de películas europeas, al aumento del poder de los directores y guionistas y a un nuevo elenco de actores y actrices que se convirtieron en el rostro de este nuevo cine.

Taxi Driver - 1976

El punto y final vino marcado, por un lado, por la bancarrota del estudio creado por F.F. Coppola, American Zoetrope, la megalomanía y los excesos (en todos los sentidos) de algunos directores, así como por el estrepitoso fracaso de alguno de los proyectos más arriesgados de sus directores paradigmáticos (Popeye, R. Altman, 1980; La puerta del cielo, M. Cimino, 1980; Todos rieron, P. Bogdanovich, 1981), con ellos algunos incluso llegaron a poner a sus productoras al borde de la quiebra; pero sobre todo, por el éxito arrollador y planetario de producciones como Tiburón (Jaws, S. Spielberg, 1975) o La guerra de las galaxias (Star wars, G. Lucas, 1978); que trajeron consigo una verdadera involución de los planteamientos iniciales, pues conllevaron la devolución del poder a los estudios y a sus ejecutivos e indujeron un giro capital en la manera de gestionar el negocio, (porque no podemos definirlo de otra manera): masivas campañas publicitarias, estrenos simultáneos a gran escala, tramas juveniles, ausencia de pretensiones de clase alguna, narraciones accesibles y esencialmente sentimentales.

Pueden encontrar aquí, aquí y aquí una buena selección de películas de aquellos años.

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