La golfa (La chienne) – Jean Renoir (1931)

Por Miguel Ángel Pérez Quintero (Publicado en La Gaceta de Canarias, 7/04/2008)

EL GENIO EMPIEZA A HABLAR 

El viajero aprecia de forma muy considerable el paseo despistado por los pasillos de una pinacoteca. Sin prisas, permitiéndose el lujo de pasar por encima de tal o cual sala, deseoso de encontrarse con la obra de un artista en particular, uno de esos pintores que siempre que los paladeas te sorprendes, aunque hayas visto sus cuadros mil y una veces. Pierre-Auguste Renoir es uno de esos pintores tan impresionistas como impresionantes, valores seguros a los que recurrir en las frías mañanas del parisino Museo d´Orsay (donde cuelgan Le bal du Moulin de la Galette o Jeune fille lisant) o en una calurosa tarde del indian summer neoyorquino, si uno se da un garbeo por  los pasillos del MOMA (donde se muestra su Jeune baigneuse).

Cuadro Le bal du moulin de la Galette

Partió del clasicismo más romántico para ir definiendo un estilo propio que le acercó en su cenit al impresionismo. Curiosamente, uno de sus hijos, Jean Renoir, también artista, partiendo de unos balbuceos naturalistas llegó a  juguetear también con el impresionismo pero, a diferencia de su padre, no fue en la pintura donde se hizo un nombre. Nacido en 1894, Jean Renoir se rindió a los encantos del arte por excelencia del siglo XX, el cine. Casado con una de las modelos de su padre y mientras daba sus pasitos en un pequeño taller de cerámica, tuvo la posibilidad de asistir a la proyección de la magistral película de Erich Von Stroheim Esposas frívolas (Foolish Wives, 1922), hecho que le marcó tan profundamente que se metió de lleno en el universo del Séptimo Arte.

Poster La Chienne

El cine carecía todavía de voz, y las primeras obras de Renoir no deslumbraban, sufriendo además el estigma que acompaña al hijo de un genio (“no tiene el talento de su padre”, le decían). En los albores de los años treinta se zambulle de lleno en el sonoro con On purge bébé (1931), consiguiendo la repercusión necesaria para afrontar un proyecto en el que tenía puestas muchas ilusiones. A partir de una novela de Georges de La Fouchardière, estrena en 1931 La Golfa, un melodrama que con los ojos del espectador del siglo XXI podría incluso definirse como convencional, y si no, atentos a la sinopsis: el cajero de una empresa, aficionado a la pintura (¿casualidad?) y con una esposa castrante, cree encontrar su gran amor en una joven con el premonitorio nombre de Lulú. Evidentemente ésta sólo le utilizará para sacarle dinero y mantener a su chulo.

Fotograma La Chienne

Los productores de esta película se asustaron a mitad del rodaje, pensando que aquello era demasiado feroz para el público del momento, expulsando a Renoir del rodaje y avisando a la policía para impedir que el director volviese a aparecer por allí. Sin embargo, ante la imposibilidad de encontrar otro director con agallas para levantar aquella historia, deben contratar de nuevo a Renoir. 

Se nos cuenta la historia de “él, ella y el otro”, y como bien dicen los títeres del principio, no es una historia de buenos y  malos, sino de tipos como usted (perdón) y  como yo, gente corriente, con sus miserias, sus sueños y sus pesadillas. Renoir maneja con sobriedad una cámara serena, que acierta al aproximarse con espíritu de voyeur a la sordidez de sus personajes, algo que casi 80 años después de su estreno sigue resultando chocante. La Golfa tiene el gran merito de haber vencido al tiempo, de resultar mucho más moderna de lo que dice su DNI, en gran parte porque ofrece al espectador una mirada llena por igual de poesía y de una agradecida falta de piedad. Una historia que a pesar de contar con un punto de partida tremendamente tópico deviene en una obra delicada y  descorazonadora  a partes iguales y que sirve de carta de presentación para un director que con los años alcanzaría cotas de calidad inimaginables – La Gran Ilusión (1937) o La regla del juego (1939) – y que marca el inicio de un ciclo que a partir de hoy lunes se exhibe en el CICCA, donde en semanas sucesivas se podrán ver Los Bajos Fondos (1936) y El Río (1950).

Una respuesta a La golfa (La chienne) – Jean Renoir (1931)

  1. Sang Sattawat dice:

    Renoir en su libro Mi vida, mi cine comenta, en referencia a sus protagonistas, algo curioso, aunque no creo que nos haga ver la película con otros ojos: los actores vivieron en la vida real una relación parecida a la que se presenta en la obra, “… fascinados por su interpretación, los protagonistas terminaron por experimentar los sentimientos de los personajes”. En referencia al sonido, del que hablas, destacaría, de lo que cuenta, que no dobló nada, todo fue hecho con sonido directo, y que no quiso rodar los exteriores en estudios, “cuando rodábamos en la calle, intentábamos filtrar los ruidos de fondo con la ayuda de mantas y colchones”.
    No voy a seguir resumiendo el libro sólo recomendarles que, si les interesa este director, lo lean.

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