El séptimo continente (Der siebente kontinent) – Michael Haneke (1989)

El séptimo continente fue concebida originalmente como una película para la televisión -medio en el que Haneke, alternándolo con el teatro, hasta entonces desempeñaba su trabajo-, sin embargo, el rechazo del proyecto trajo consigo su salto a la realización cinematográfica.

Esta historia, que toma como punto de partida un suceso real ocurrido en Austria, -hecho del que tendremos noticia únicamente al finalizar la película- inaugura la denominada por su director “trilogía de la glaciación emocional”, compuesta además por El vídeo de Benny y 71 fragmentos de una cronología del azar. Esta voluntad unificadora se conduce, además de por el tema escogido -la alienación del mundo actual y la banalidad del mal-, con un discurso fílmico característico.

 Así, los primeros diez minutos transcurren a través de una sucesión de fragmentarios planos fijos; sin apenas intercambio de palabras y sin tan siquiera mostrarnos los rostros de sus protagonistas, recurso que intencionadamente se repetirá a lo largo del film. En estos planos resuenan ecos de imágenes muy semejantes vistas en la obra de R. Bresson, (una de sus influencias reconocidas): las manos de Pickpocket (1959), los intercambios de billetes en El dinero (1983); o la fábrica y la vida familiar en El desierto rojo (1964) de M. Antonioni. Si además tenemos en cuenta los planos vacíos y, en general, su duración, más allá de lo convencionalmente aceptable, incluso de los fundidos en negro que puntúan la película, y le sumamos la trivialidad de los diálogos y la ausencia de empatía de los protagonistas, (en la mejor línea de los modelos bressonianos y la “trilogía de la incomunicación” de Antonioni) estaremos en presencia de una fría e inquietante pesadilla visual. Esta idea se refuerza con pequeños detalles como la desubicación geográfica, la fotografía gris, la recurrente y fantasmagórica imagen de Australia, la seminal y reiterada escena del túnel de lavado de coches que, como terrible metáfora -por extensión- del mundo contemporáneo occidental, limpia y abrillanta por fuera algo que en realidad porta en su interior un cuerpo que se descompone; y su coincidencia con la casa de la familia, a la que, como una cueva moderna, se entra y sale por un oscuro garaje que se los traga y expulsa diariamente.

La historia se estructura a través de tres segmentos correspondientes a tres años sucesivos en la vida de la familia protagonista (de 1987 a 1989). Primero se nos muestra la gélida sucesión de eventos banales y repetitivos que componen su día a día. Posteriormente, y sin abandonar la dinámica de la repetición de pautas, tras ver alterado el frágil orden interno familiar (la falsa ceguera de Eva, el llanto imprevisto de Alexander, el encuentro de Georg con su ex-jefe, el accidente en la cuneta), asistimos a su crisis -las lágrimas en el túnel son su exteriorización-; El episodio final está dedicado a su metódica autodestrucción.

El séptimo continente plasma la rutinaria vida sin alma de una familia perfectamente burguesa, modelo del supuesto éxito social, que desarrolla una existencia material, mecánica (la inexpresividad de la pareja es sangrante, incluso el sexo es automático y programado), interiorizando la vacuidad de su catálogo de gestos anodinos, hasta el punto de alcanzar la inhumanidad y el puro sinsentido; incluso la hija lo percibe, somatizando esta desazón. Buen ejemplo de ello es tanto el consumo de imágenes televisivas, que les acompaña hasta el desenlace final, a través de sesiones hipnóticas, como su alienante trabajo, (Georg lee páginas y páginas de números y Anna examina ojos desfigurados mientras escucha una verborrea insustancial), clave sobre la que, por cierto, giran últimamente una larga lista de magníficas películas p.e. Recursos humanos (L. Cantet, 1999), Workingman’s death (M. Glawogger, 2005) o La question humaine (N.Klotz, 2007).

A nadie se le escapa que la organización del sistema político y socioeconómico en el que occidente vive inmerso, esto es, la sociedad mercantilizada y post-tecnológica del espectáculo, genera, -al margen de las injusticias y además de las tensiones sociales que ya conocemos y están a la orden del día-, un alto grado de insatisfacción, un malestar individual indefinido, un ruido de fondo constante. Así, el film de Haneke supone, además de un contundente debut y una de sus mejores obras hasta la fecha, un puñetazo directo a la sin razón de la omnipresente lógica de la acumulación y el consumo irracional. Al modo de modernos e implosivos “ultracuerpos”, los protagonistas no encuentran mejor manera de escapar al nihilismo y a la alineación a la que están sometidos que la de suicidarse, pero, eso sí, tras deshacerse previa y metódicamente de absolutamente todas sus posesiones y se suicidan, sí, pero sin dejar de ver juntos la televisión. Ni aun en su forma más pura y radical hay lugar para la verdadera emancipación, para la autodeterminación individual. Haneke desvela de esta inquietante e irónica manera el “agujero negro” sobre el que en realidad se asienta hoy la sociedad desarrollada.

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Austria, 1989, 104 min. Título original: Der Siebente Kontinent; Director y guión: Michael Haneke. Productor: Veit Heiduschka; Fotografía: Toni Peschke; Montaje: Marie Homolkova; Director artístico: Christoph Kanter. Intérpretes: Dieter Berner, Birgit Doll, Udo Samel, Leni Tanzer, Silvia Fenz, Robert Dietl.

2 respuestas a El séptimo continente (Der siebente kontinent) – Michael Haneke (1989)

  1. Sang Sattawang dice:

    A mí la película me gustó, pero me pregunto, siempre lo he hecho, si este director tan malsano, con tan poca confianza en el ser humano, ya sé que la sociedad en la que vivimos no es “los mundos de yupi”, puede dormir por la noche; ¿cómo puede enfrentarse todos los días a la vida creyendo que los actos cotidianos -en los que todos estamos inmersos- son tan carentes de sentido? ¿Cómo en ellos no puede haber nada de felicidad, de disfrute… aunque sea algo “impuesto”? ¿Es que considera la incomunicación como algo inherente a la forma de vida de la que disfrutamos?
    La película da que pensar, y mucho, durante su proyección, por la forma en que ha tenido de presentar la historia y después… sobre todo si tienes una mala noche. Da rabia -creo que esa es la palabra más adecuada- que crean, los personajes, que su vida -reflejo de la nuestra- sea tan desesperante, tan falta de sentido, y tan absurda como para acabar con ella… pero todo esto lo olvidé cuándo esta mañana, despuntando el día, y mientras nadaba, en Las Canteras, se veía la estela de un avión que pasaba junto a una estrella. Sí, muy muy cursi, sobre todo al verlo escrito, pero es lo que había.

  2. […] descompone, esta vez aniquilada físicamente a causa de un factor exógeno. Recordemos que en El séptimo continente era la propia familia la que ponía fin a su […]

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