El séptimo continente (Der siebente kontinent) – Michael Haneke (1989) II

Por Miguel Ángel Pérez Quintero (Publicado en La Gaceta de Canarias, 5/05/08)

GLACIACIÓN EMOCIONAL

El dramaturgo, director y actor Fritz Haneke no hubiera pasado a la historia por su carrera en la televisión alemana de los años sesenta. Ni siquiera el romance que mantuvo con una actriz católica (siendo él protestante), llamó mucho la atención. Pero de esa relación amorosa nació alguien que permitiría que el tal Fritz tuviera algo de presencia en el futuro: Michael Haneke. A pesar de nacer en Alemania (Munich, 23/3/1942), Michael se educó en Austria, al amparo del universo artístico de sus progenitores. Se interesó por la filosofía y la psicología, pero decidió estudiar Arte Dramático en la Universidad de Viena, donde forma parte de la cadena de televisión Südwestfunk.

 

En los años posteriores la televisión acapara su interés, con obras que inevitablemente suscitan puntos de vista encontrados. En los años ochenta, buscando material para otro trabajo televisivo, lee en las páginas de sucesos de un periódico la historia de una familia aparentemente normal, y decide que quiere convertir ese suceso en un trabajo para la televisión. Cuando ninguna cadena acepta la producción, Haneke decide plantearla como una obra cinematográfica. Bendita decisión.

El interior de un túnel de lavado es el lugar ideal para que Michael Haneke se diera a conocer fuera de la caja tonta con El 7º Continente (1989). A saber: tres personas cualesquiera, de un ámbito urbano occidental y medianamente acomodado, con una vinculación emocional directa y profunda entre ellos, comparten el interior de un coche sometido a la voluntad de las máquinas de lavado. Lo que en otro cineasta podría ser un marco perfecto para plasmar un diálogo descarnado, juguetear con la cámara en busca de planos atrevidos o favorecer disertaciones de todo tipo, termina siendo para Haneke un símbolo no solo de la vida rutinaria, vacía y deshumanizada de la familia protagonista sino un avance premonitorio de gran parte de su cine posterior.

Apenas vemos sus caras durante gran parte de la película. Casi ni les oímos, más allá de un educado “Buenos Días” o un desangelado “Despiértate, cielo”. Sus manos toman el mando, acicalándose, preparando el desayuno, agarrando con fuerza el volante. A veces son sus objetos los que atrapan nuestra atención: una pecera, el carro de la compra, sus útiles laborales….Intensos y precisos planos cortos nos atrapan y nos despistan, añadiendo banalidad a la sistematización de un proceso inevitable de alienación, desgraciadamente común a la mayoría de los mortales. Aunque resulta aterradora y fría la reiteración de los ritos familiares, lo peor de todo es que uno se reconoce partícipe del rito y siente que puede estar a muy poca distancia de convertirse en otro miembro más del selecto club de personajes de la filmografía de Haneke.

Todo transcurre con precisión, con calma, sin aspavientos. Así es Haneke. Incluso en los momentos de quiebra emocional la contención domina la escena e incluso hay cierta pornografía en la frialdad con que se muestra el inevitable desenlace. Cada miembro de la familia ha elegido su modalidad de infierno rutinario particular (los progenitores en sus respectivos lugares de trabajo, la niña en su escuela), o quizás alguien lo eligió por ellos hace tiempo, con o sin su consentimiento. Eso ahora da igual, están en él y no les queda más remedio que caminar o reventar. Y quizás, si lo piensan un poco, lo mejor es reventar.

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