Funny games – Michael Haneke (1997)

No se puede inventar nada peor que la realidad. M. Haneke

Funny games es un film determinante en la filmografía de Haneke, no sólo porque fue la más exitosa de sus películas hasta aquel momento, o porque suponga la última que realiza en Austria antes de dar el salto al cine francés (aún dirigiría para televisión, y con los mismos protagonistas, El castillo); sino, sobre todo, porque constituye la película con la que irrumpe y se da a conocer en el panorama cinematográfico europeo.
 

La razón del revuelo levantado lo encontramos en la violencia moral y física que muestra la película. Lo cierto es que, aún hoy, una década después, –a pesar de que las acciones violentas se desarrollen en el film normalmente fuera de plano, y de la superabundancia de imágenes violentas, reales y ficticias con las que convivimos cotidianamente-, Funny games sigue resultando una película desasosegante, plenamente vigente y terriblemente perturbadora. Aun así, no se limita a ser un mero thriller sobre el horror de la violencia sádica y gratuita; va un paso más allá y se interroga sobre la propia representación cinematográfica de la violencia; incluso, finalmente, no deja de ser una interpelación directa al espectador acerca de su responsabilidad respecto de las imágenes que está contemplando, al modo baudelairiano de: “Tú conoces, lector, al delicado monstruo, hipócrita lector -mi igual-, ¡hermano mío?”.

Tampoco es posible hablar de Funny games sin mencionar la eterna polémica relativa a la influencia y la responsabilidad de la televisión, el cine y los videojuegos en el aumento de la violencia social injustificada, así como sobre el papel de los medios de comunicación -y de las artes en general- en la representación idealizada y espectacular de dicha violencia, e incluso en la mitificación de los propios asesinos o delincuentes, tanto en la realidad (p.e. O.J. Simpson o los hermanos Menéndez) como en la ficción, desde Henry, retrato de un asesino (J. McNaughton, 1986) a El silencio de los corderos (J. Demme, 1991). Este es un debate que, aunque alcanzó una gran virulencia a mediados de los años noventa (en aquel momento algunas películas resultaron satanizadas y prohibidas, p.e. Asesinos natos (O.Stone, 1994) es tan viejo y polémico como el mismo cine. Tal es así que se reactiva con cada película o crimen especialmente violento, ejemplos de ello tenemos muchos a lo largo de la historia: desde A quemarropa (J.Boorman, 1967) o Perros de paja (S.Peckinpah, 1971) a La matanza de Texas (T.Hopper, 1974) u Holocausto caníbal (R.Deodato, 1980), pasando por La naranja mecánica (S.Kubrick, 1971), con la que, por otra parte, Funny games tiene muchas concomitancias: desde el atuendo blanco de los protagonistas, a su juventud y origen social y familiar no problemático, pasando por el carácter lúdico y gratuito de la violencia.

En el film también es posible apreciar un cambio significativo en las constantes estilísticas y temáticas que Haneke venía manejando hasta la fecha. Aunque mantiene su habitual tono frío y desapasionado, cinematográficamente resulta, junto con El video de Benny, la más accesible de sus obras hasta ese momento. Tanto los planos (su duración y encuadre), como el montaje, se acomodan sin grandes fricciones a los modos narrativos canónicos (salvo, quizás, ese larguísimo e incómodo plano inmóvil tras el asesinato del hijo); incluso prescinde de sus característicos e incómodos fundidos en negro. En cuanto a los temas, se desprende de sus constantes variaciones alrededor de las que giraba su obra anterior: p.e. la soledad y la alienación, el indefinido malestar del occidente opulento; y, partiendo de las convenciones genéricas del thriller (o directamente del terror), en este caso en la variante de “la invasión” (desde Horas desesperadas, (W. Wyler, 1955) a La habitación del pánico (D. Fincher, 2005) y cuyo paradigma en la vida real sería el asesinato de Sharon Tate por Charles Manson), pasa a centrarse en un aspecto concreto, un subproducto de la sociedad enferma: la violencia desapasionada e incongruente. Un ejemplo de este tipo de violencia lo tenemos en el mismo comienzo del film, al pasar sin solución de continuidad de la música de ópera -que disfruta el matrimonio protagonista en su sofisticado y culterano juego de adivinanzas- al trash metal de John Zorn, que atruena al surgir, en rojo, el título del film y a continuación los créditos iniciales.

Los “juegos” que menciona el título recorren la película desde el incio hasta el final, si bien pasamos de uno elitista e inocente a los sádicos y brutales de la juvenil pareja de asesinos. Sin embargo, la película no deja de ser en sí misma un “juego”, un artefacto en manos de Haneke, pero también del espectador, además un “juego” sin final (los asesinos continúan su metódica tarea). Otro elemento que no podemos pasar por alto viene dado porque con Funny games Haneke nos introduce de nuevo en un episodio de esa especie de particular catálogo -o recopilación- de los horrores y asechanzas que sufre la familia burguesa en la sociedad tecnológica post-capitalista; así, en esta ocasión nos muestra como una familia (La Familia, siempre compuesta por un Georg y una Anna) se descompone, esta vez aniquilada físicamente a causa de un factor exógeno. Recordemos que en El séptimo continente era la propia familia la que ponía fin a su existencia.

Haneke parte en esta película de uno de los terrores más oscuros y profundos del humano acomodado -que unos extraños irrumpan en su casa y, sin más razón que el puro capricho, vejen, torturen y sometan a sus inquilinos hasta la muerte- para enfrentar al espectador a una escalada de violencia, interrogándose sobre sus límites, su naturaleza ambivalente y su innato y, si se quiere, arcano poder de fascinación, provocando un diálogo autoconsciente, y en ocasiones forzado (las víctimas son muy burguesas y muy civilizadas, pasivas hasta la ataraxia), con el espectador. Espectador que ve con ello cuestionado el voyeurismo consuetudinariamente desculpabilizado y espectacular del hecho violento audiovisual al que está (estamos) anestesiadamente acostumbrado(s). El plano del televisor (presencia constante en sus obras) manchado de sangre no deja de ser una metáfora evidente de ello.

Funny games no es un film inocente puesto que la violencia, aunque pueda ser natural nunca es inocua o inofensiva, menos cuando, como en este caso, no es siquiera natural, sino cruel y lúdica; por ello, los espectadores que la contemplan impasibles hasta el final en cierta manera devienen cómplices de la violencia mostrada. De hecho, el protagonista más maligno se dirige, rompiendo la “cuarta pared” (o la suspensión de la incredulidad), a la pantalla, -a nosotros, hipócritas espectadores- en un par de ocasiones (¡nos guiña el ojo!). Incluso el remedo de catarsis liberadora (que es regla general en todo film de acción al uso) nos es hurtado mediante el anticlímax del sorprendente rebobinado de la propia película (efecto distanciador que Haneke reproducirá en Caché). Catarsis que cuando (de manera efímera) cristaliza lo hace también en forma de violencia que, en una nueva pirueta, como ejemplo de su irónica ambigüedad (tanto de Haneke, como también de “la violencia”), ésta sí que logra la aprobación y justificación del público espectador.

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Austria, 1997, 108 min. Título original: Funny Games; Director y guión: Michael Haneke. Productor: Veit Heiduschka; Fotografía: Jürgen Jürges; Montaje: Andreas Prochaska; Director artístico: Christoph Kanter. Intérpretes: Susanne Lothar, Ulrich Mühe, Arno Frisch, Frank Giering, Stefan Clapczynski, Doris Kunstmann.

5 respuestas a Funny games – Michael Haneke (1997)

  1. Salitre dice:

    No he visto el remake con Naomi Watts pero… ¿era necesario?

  2. misteriosoobjetoalmediodía dice:

    Yo tampoco. Por aquí, con ocasión del Festival de Las Palmas de G.C., se proyectó el remake, aunque lo cierto es que a mi no me interesó lo más mínimo.
    Con el ejemplo de Gus Van Sant, con “Psycho”, creo que fue suficiente. La repetición plano por plano puede ser muy interesante a los efectos investigatorios, y para los estudiosos sesudos, pero para el común de los espectadores creo que resulta demasiado indigesto…. Por mucho que luego dé para reflexionar sobre la reescritura y el palimpsesto…

  3. […] la magnífica Léolo, el 7 de noviembre, (una de mis películas favoritas) o Funny games (que ya he comentado aquí antes); otras más o menos interesantes (Las invasiones bárbaras, 24 horas party people, Martín H o El […]

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