Milou en mayo (Milou en mai) – Louis Malle (1989) II

Por Miguel Ángel Pérez Quintero (Publicado en La Gaceta de Canarias – 30/06/2008)

 

¿DÓNDE ESTABAS TÚ EN EL 68?

Hay un peligroso grupo social al que desagrada que los intelectuales no se posicionen. Les reclaman una permanente toma de partido, una perpetua exposición pública, quizás para facilitar el proceso inquisitivo posterior. Y aunque hay tipos con talento que asumen su posición de lacayos veletas, al pairo del viento que más sople, otros sienten la necesidad de mostrar sin juzgar, dejando que el espectador se sienta partícipe de esa experiencia colectiva llamada cine. Louis Malle fue uno de esos intelectuales que preferían evitar el juicio moral en sus obras, y quizás por eso nadie le perdonó en su Francia que mostrase de forma distanciada y sin emitir ninguna descalificación el lento pero decidido camino hacia el colaboracionismo nazi del personaje principal de Lacombe Lucien (1974). El estreno de esta película le reportó tal cantidad de improperios y descalificaciones, públicas y privadas, que se vio obligado a abandonar el país con el alma envuelta en el ombligo.

Tras rodar durante 10 años en los Estados Unidos con fortuna diversa, decidió volver a su Francia natal para regalarles a sus paisanos (y a todos nosotros) una de sus mejores, Adiós muchachos (1987), con la que gana mil y un premios y por la que recibe parabienes incluso por parte de todos aquellos que antes le escupieron a la cara. El hijo pródigo había vuelto a casa y ahora es Louis, el añorado Rey del cine francés. Malle, cínico y observador como pocos, sabrá aprovechar la ola y sin caer en la desidia seguirá a lo suyo, despistando a todo aquel que esperaba una continuidad temática en su obra.

 

 

Quien me haya leído con anterioridad sabrá de mi debilidad por eso del “cine dentro del cine”. En gran número de ocasiones me reconozco débil ante este género, y caigo rendido ante películas de poco calado sólo porque están ambientadas en un rodaje o en los despachos de un gran estudio. Pero hay otro tipo de películas ante las que habitualmente pierdo la cabeza, esas en las que un relevante momento de la Historia sirve de telón de fondo para un hecho simultáneo, aparentemente aislado de ese marco general pero que, con algo de clase, puede terminar por convertirse en la mejor forma de hablar de la generalidad a partir de la particularidad. Me viene a la memoria La noche de Varennes (1982), donde un Ettore Scola en plena forma colocaba a un grupo de personajes variopintos en el ojo del huracán de la Revolución Francesa. O recientemente Los Soñadores (2003), la mejor película de Bertolucci en años, donde un adorable trío de jovenzuelos retozaban y filosofaban mientras al otro lado de la ventana, en las calles de Paris, se buscaba la arena de la playa debajo de sus adoquines. Precisamente en ese mismo Mayo, en ese mismo 68, se enmarca la acción de Milou en Mayo (1989), con el que Malle se acercó con 20 años de retraso a un momento histórico clave en el devenir de todos los cineastas de su generación, sobre todo los de la Nouvelle Vague, de los que siempre se sintió cordialmente distante.

 

Estamos frente a un divertimento con sorprendentes ramalazos de La regla del juego (1939), de Jean Renoir o de muchas obras setenteras de Buñuel, en el que Malle opta por hablar tangencialmente de ese Mayo del 68, evitando París y alejándose hacia la campiña francesa. Elige a una familia cualquiera, reunida en torno al cadáver de la matriarca. Resultará evidente el conjunto de símiles empleados, desde la representación de la patria de cuerpo presente, hasta la forma en que diseña a esa familia, viva imagen de las miserias y virtudes de la Francia de la época. Apoyado en un grupo de estupendos actores, de entre los que destacan Michel Piccoli, Dominique Blanc y Miou -Miou, Malle se sirve de un aparato de radio para marcar el ritmo de los asistentes, mezquinos e interesados, como muchos de los que acudieron a  la llamada de la Revuelta, tanto para atacarla como para defenderla. Entenderemos hacia el final del relato por qué esa Revolución, como casi todas, fue necesaria, pero también por qué, tristemente, se quedó más en lindas pretensiones que en definitivas realidades. Vitalismo, distanciamiento, rebeldía, escepticismo y un poco de lujuria son las guindas de un postre que termina  por revelarse como una pequeña delicia, de esas que nos permiten seguir siendo realistas y reclamar, por qué no, lo imposible.

Una respuesta a Milou en mayo (Milou en mai) – Louis Malle (1989) II

  1. Salitre dice:

    Reclamar lo imposible es un buen ejercicio que poner en práctica y si es de la mano de un buena película, mejor.
    Saludos

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