Dino Risi (1916-2008)

La memoria, sobre todo la sentimental, no sólo es siempre selectiva, sino que principalmente es el resultado del azar. La cartografía sentimental humana -al menos la mía- se suele conformar de manera caprichosa: las personas que conocemos, los objetos (libros, películas, música) que llegan a nuestras manos, los viajes que realizamos… Todo aquello que en un momento u otro nos cambia, nos marca o nos conmueve íntimamente (muchas otras pasan y apenas nos rozan) tiene lugar porque nos asalta en el momento propicio, el momento en que se dan las condiciones para absorberlos y valorarlos, para que surtan efecto. Tal es así, que al revisitar aquel libro o aquella película que en su momento nos impactó profundamente, muchas veces ocurre que, al cabo de los años, ha perdido todo su poder de fascinación; como dijo Heráclito, una persona nunca se baña dos veces en el mismo río.

 

Esta introducción viene porque el 7 de junio falleció el director de cine italiano Dino Risi, uno de los últimos representantes de lo que se llamó “commedia all’italiana”. Cierto es que aún resiste el venerable Mario Monicelli (1915) -autor de las excelentes Rufufú (I soliti ignoti, 1958), La gran guerra (La grande guerra, 1959) o I compagni (1963)-, pero con la muerte de Risi (ya fallecidos Luigi Comencini, en 2007, y los actores Nino Manfredi y Alberto Sordi en 2004 y 2003) se extingue toda una época, ácida y brillante, del hoy más bien renqueante cine italiano.

 

 

Aunque el espacio reservado para Risi en las reseñas sobre la historia del cine italiano sea menor, (se centran, como no podía ser de otra manera, en los imprescindibles y protéicos Rossellini, De Sica y Visconti, cuya enorme influencia se mantiene vigente en nuestros días, o en los no menos importantes, los renovadores Antonioni, Fellini o Pasolini), el caso es que a sus primeras películas, y a Televisión Española, que programó un ciclo sobre él hace más de diez años -de todo hace ya más de diez años-, le debo la conformación de mi particular imaginario cinematográfico e incluso una gran influencia en mis afinidades vitales, de ahí la presente entrada, a modo de homenaje.

 

A pesar del horror de la Segunda Guerra Mundial y de sus traumáticas secuelas, a pesar del compromiso entre el cineasta y la realidad que supuso el neorrealismo; en la Italia de la posguerra, ante los cantos de sirena del miracolo economico, pronto fueron abandonadas las promesas sobre el hombre nuevo y la voluntad transformadora y de resistencia que habían inspirado la lucha contra el fascismo. Como consecuencia de esta traición, al igual que ocurrió en otras partes de Europa, se instauró el desencanto social y el escepticismo, la huida interior y la ruptura de “los vínculos que unían al hombre con el mundo”, en definitiva, la posibilidad de una verdadera comunicación humana, con el otro y con uno mismo; de tal forma fue así que, como dice Ángel Quintana,pronto quedaría al descubierto el sentimiento de vacío y la constatación de que se había abierto una vía que acabaría conduciendo de la miseria física -la pobreza de la posguerra- a la miseria moral -la alienación-“ de los años sesenta y setenta hasta nuestros días; buen reflejo de ello lo constituiría el cine de M. Antonioni.

 

 

Es cierto que en sus primeras películas, desde El signo de Venus (Il segno di Venere, 1954) a Venecia, la luna y tu (Venezia, la luna e tu, 1958), Risi realizó un tipo de comedia -conocida por “neorrealismo rosa”- más bien soleada y amable (anteriormente había dirigido dos films menos interesantes y un episodio en una tercera) pero siempre con una mirada costumbrista, mostrando un catálogo de personajes peculiar  y entrañable, a veces dentro de lo más arquetípico del imaginario de “lo italiano”, pero ofreciendo como resultado un acertado retrato social a ras de suelo. Precisamente, a partir de esas coordenadas, en consonancia con el desorden moral propiciado por el desarrollismo económico que antes mencionaba, poco después realizará las mejores películas de su carrera, las tremendas Una vida difícil (Una vita difficile, 1961) y, sobre todo, La escapada (Il sorpasso, 1962). En ellas, desde el relato cinematográfico clásico y con unos actores en estado de gracia (por un lado Alberto Sordi, por otro Vittorio Gassman y Jean Louis Trintignant), consigue la completa armonía entre pretensiones y resultado, descubriendo la cara más oscura del milagro italiano y, si me apuran, del alma italiana de la segunda mitad del siglo XX. Ambas son el perfecto ejemplo de esas películas que, como hizo Marco Ferreri en su periplo español (El pisito, 1959 y El cochecito, 1960), no sólo son el reflejo definitorio de una época, sino que saben condensar como ninguna el espíritu de los tiempos.

 

Lamentablemente, y salvo contadas excepciones (El parasol, 1965 o Perfume de mujer, 1974), Risi nunca volvió a alcanzar una perfección semejante en toda su filmografía que, sobre todo en su recta final, fue derivando hacia la irrelevancia; una verdadera contrariedad para el responsable de alguna de las estampas más lúcidas y corrosivas del cine italiano.

9 respuestas a Dino Risi (1916-2008)

  1. Beatriz dice:

    Bonita introducción.

  2. J. dice:

    Muchas gracias!
    Tal vez sea una opinión demasiado “personal”, pero por circunstancias ajenas al cine venía pensando estos días sobre ello y no pude evitarlo.

  3. Peeping dice:

    Bonito recuerdo de uno de los grandes, lamentablemente olvidado por casi todos.
    Tienes más razón que un santo cuando afirmas que toda memoria es, necesariamente, selectiva, de modo que toda una nueva generación de espectadores no ha tenido ocasión de incluir en su educación sentimental toda(s) una(s) corriente(s) cinematográficas, soslayada(s) por las urgencias programatorias, los vaivenes editoriales y los bandazos crítico-crípticos. Cierto que Risi, desconocida prácticamente su obra de los 40 y en franco declive durante los últimos años de carrera, sólo tuvo un período de fulgor de dos décadas, coincidentes con el apogeo de una cierta visión trágicómica del mundo a través de los ojos del italiano de a pie, pero aún así, con obras como las que citas y algunas otras que se incluyen entre mis favoritas (desde “Sabela” hasta “En nombre del pueblo italiano”), quedará para siempre como uno de los nombres mayúsculos de la historia del cine italiano.

  4. J. dice:

    Gracias Peeping!

    Ya puestos en confesiones, el caso es que en el momento en que se programó aquel ciclo televisivo sobre Risi (cuando TVE aún tenía algo de servicio público), con sus comedias (y otras mejores: Rufufú, Divorcio a la italiana..) me pasó como a McCrea en “Los viajes de Sullivan”, cuando ve los cortos de Mickey y Pluto en aquella sesión de cine en la iglesia, mientras está en la cárcel; por un lado me salvaron la vida, por otro fue una revelación….

    Al margen de mis preferencias personales, y sin contar a los seis titanes incontestables que menciono en el comentario (los Rossellini, De Sica et al), creo sinceramente que el cine italiano de finales de los cincuenta y sesenta es uno de los periodos más infravalorados de la historia del cine europeo. Como apuntas, pretender hoy su revalorización tal y como está el panorama, cuando ni siquiera existe ya no el interés, sino la posibilidad de conocerlos/verlos, es casi una utopía.

    Tanto los Risi, Comencini, Germi, Monicelli o Zampa, como los Lattuada, De Santis, Emmer, Zurlini, Olmi, Bolognini, Petri o Rosi… los unos desde el humor y los otros desde el drama, el compromiso o la denuncia, supieron retratar o, más bien, desenmascarar (como Sciascia, Moravia o Calvino en literatura) el otro lado del desarrollismo, el oscuro y oculto: el fin de una época, el cambio social y mental que supuso el paso de lo rural a lo urbano y el absoluto trastoque de los valores que aquello conllevó, la sustitución de los mitos y las costumbres tradicionales por el consumismo y la exhibición, la soledad del individuo… Para mi Alberto Sordi fue el que mejor encarnó esta ambivalencia entre modernidad y tradición en su papel eterno de caradura desastroso y listillo del tres al cuarto.

    Por último, no quería dejar pasar la oportunidad de comentar otra cuestión que me parece interesante:
    Como la Italia de la época guardaba con España unas similitudes de idiosincrasia y de circunstancias sociales, económicas y religiosas (salvando las distancias políticas, aunque el gobierno de la DC, sola o a través del pentapartido, resultara una cuasi-dictadura de facto) que a nadie se le escapan, y ya que aquí sólo algunos pudieron o supieron reflejarlas fielmente, o al menos con el mismo acierto y/o mala leche (Ferreri, Buñuel, Berlanga, Bardem..), el cine italiano se nos aparece como el reflejo especular más cercano de la situación que se vivía en España por aquel entonces.

  5. Peeping dice:

    Interesante apunte. Aunque soy de los que opinan que el cine popular/populachero es, sin duda, el reflejo (a veces deformado por el espejo cóncavo del Régimen) más fiel del estado de las cosas en esta España nuestra, desde las producciones de Dibildos hasta Antonio del Amo, lo cierto es que las concomitancias (y diferencias) con el cine italiano de la época resultan muy reveladoras. Cómo echo de menos a Fernando Méndez-Leite y su Noche del cine español, los Cine-clubs de madrugada que permitían completar la formación cinéfila en los más amplios frentes (desde la RKO al cine polaco, pasando por rarezas de todo pelaje) y las retrospectivas exhaustivas (desde el Hitchcock inglés a Irene Dunne), pasando por espacios míticos como Mis terrores favoritos o Pista libre, que nos permitieron descubrir la animación de los entonces llamados Países del Este.

  6. misteriosoobjetoalmediodía dice:

    Coincido contigo en lo de la condición especular del “cinema popular”; y más todavía en lo de cine-club, sábado cine, pista libre!, e incluso, tal y como está el panorama, hasta “Qué grande es el cine!”.

  7. misteriosoobjetoalmediodía dice:

    Gracias Sang, buen apunte para los no iniciados!

  8. Uno dice:

    Magníficos comentarios, magnífico blog. Os animo a que veáis “El jueves”, también de Risi, maravillosa y sentimental película que, salvadas ciertas ingenuidades, hace un equilibrio casi perfecto entre la ternura y el ácido, con ese fondo nuevo de la nueva Roma suburbial, trasunto de los cambios profundos en la sociedad y mentalidad italiana.

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