El patrullero – Alex Cox (1991)

Por Peeping Tom

Las cosas son así y tú no puedes cambiarlo

A principios de los 90, cuando llegó El patrullero a los cines de medio mundo (entre los que no se incluyeron los españoles, engrosando la nómina de cine invisible de la que se viene hablando y mucho, últimamente, obviando deliberadamente el hecho de que buena parte del cine “clásico” tampoco llegó en su momento a nuestras pantallas por unas u otras razones), su director Alex Cox arrastraba ya un cierto aura de malditismo que entroncaba perfectamente con sus filiaciones políticas y sus filias cinéfilas.

 

Tras rodar un mediometraje estudiantil, Edge City (1980), durante su estancia universitaria en la UCLA (y donde ya apuntaba por dónde iban a ir los tiros de su cine, manifestación prosandinista inclusive), debutó en el largometraje en 1984 con la inclasificable e iconoclasta Repo Man, un increíble cóctel de citas cinéfilas (la más evidente, El beso mortal de Robert Aldrich), subcultura punk, angst nuclear, pullas literarias (de Burroughs a Asimov, pasando por el padre de la cienciología, L. Ron Hubbard) y humor desquiciado. Aunque pronto se convertiría en un genuino ejemplar de lo que se viene denominando “cult movie”, su éxito comercial fue exiguo. Sus siguientes títulos, cada vez más radicalizados en contenido y forma –Sid y Nancy (1986), Directos al infierno (1987), Walker (1987)-, se estrenaron entre la indiferencia y la irritación de crítica y público, alejándolo temporalmente de la dirección. Tras una temporada trabajando como presentador de películas en la BBC2, rodar una película-concierto para U2 como eficiente mercenario y consecuentemente con su profundo interés por todo lo relacionado con la cultura latina (siempre presente en su cine), se instala en México para rodar un guión de su productor en el epopéyico rodaje de Walker, Lorenzo O’Brien, que toma como excusa las peripecias de un policía de carretera para establecer paralelismos con sus propias experiencias como creadores cinematográficos en un mundillo dominado por los jerifaltes de la industria. Desde entonces, fiel a su condición de trotamundos infatigable, su filmografía llama la atención por su versatilidad (de Borges a un detective “hard-boiled “a la japonesa, Mike Hama, pasando por documentales sobre Kurosawa y la musa del blandiporno, Emmanuelle, hasta por último una revisitación de los territorios fordianos de Centauros del desierto). Además, su periplo vital le ha llevado a seguir las huellas de su admirado Sam Peckinpah, del que se ha convertido en heredero espiritual, hasta el punto de, al igual que éste en sus últimos años, trabajar como actor “hired gun” para continuar al pie del cañón, incluyendo un par de colaboraciones con nuestro director homónimo, Álex de la Iglesia.

Ya desde los primeros créditos, se nos pone sobre aviso sobre cuáles van a ser los referentes alrededor de los que se construya El patrullero. Un primer cartel de “An exterminating angel film” (supongo que no es necesario recordar aquí la alargada sombra de Buñuel) precede a otro que reza “Cable Hogue presenta” (en diáfana cita a la balada peckinpahiana). El cadete Pedro Rojas, encarnado con descarnada eficacia por Roberto Sosa, se apresta a finalizar su formación como oficial de la Policía de Carreteras. Ya desde su instrucción le inculcan la idea de que todo el mundo es culpable hasta que demuestre lo contrario, todos cometen infracciones, sólo es cuestión de encontrarlas. Su padre habría deseado que estudiase medicina, pero como dice la excelente canción del mismo título con letra y voz de Tito Larriva que acompaña los créditos finales, él desea convertirse en “enemigo del delito, armado de buenas intenciones”. Pero pronto descubrirá que “hay que doler en el deber” y que sólo en la verdad hay salvación.

Le mandan a cubrir el mismo infierno, las solitarias y asoleadas carreteras secundarias de México, donde hasta los zopilotes se sienten solos. Son él, su arma corta del 37, su arma larga, su coche patrulla y un infierno de sol de injusticia, abandono y escaso tránsito. Como dicen en un momento del film, la Ruta 44, la ruta porcina, donde hasta las piedras sangran. Su tarea fundamental: revisar las cargas y guías de los camioneros, pues estamos en territorio de tránsito de los narcos locales y del otro lado de la frontera. Allí, cobrar la mordida es lo habitual. El oficial idealista se ve pronto enfrentado a la suciedad circundante de una sociedad marcada por el soborno como práctica institucionalizada. Se trata de hacer la vista gorda y su flamante esposa pronto le insta a conseguir más lana, dinero que sus compañeros de promoción ya están obteniendo regularmente de la mordida. Uno de sus procedimientos habituales es despojar a los accidentados de sus pertenencias de valor antes de que lleguen los “hueseros” en sus ambulancias. El proceso de degradación moral, su descenso a los infiernos de la corrupción y la degeneración, corre en paralelo al deterioro de su condición física y de su vehículo. La fantasmagórica aparición del padre ausente en sus hitos vitales, obrero probablemente sindicalista, al que la policía voló la rodilla durante la huelga del 62 y que se reencarna místicamente en su hijo, lisiado y renacido tras un incidente violento con unos conductores borrachos, la salvación de una prostituta del infierno de drogas y destrucción (algo así como Travis Bickle meets Isela Vega) y la absurda muerte de un compañero de correrías suponen su punto de inflexión vital.

 

Relato elegíaco de degradación y redención, narrado con estética de western crepuscular (a la manera de Peckinpah, para entendernos) y una minimización extrema del dramatismo, con recursos fotográficos (un excelente uso de los exteriores), de ambientación (el cromatismo exacerbado en el abigarrado diseño de interiores) e incluso de realización, que remiten a elegías mexicanas como la crispada Quiero la cabeza de Alfredo García (S. Peckinpah, 1974), no por casualidad otra historia de amor y violencia con protagonismo de una prostituta, y al cine de los 70 (el tono fotográfico o una utilización discreta del denostado zoom), son múltiples los niveles de lectura a los que invita Cox. Desde un uso irónico de la música (durante la boda del protagonista, suena aquello de “la perdición de los hombres son las malditas mujeres”), hasta el desdichado incidente con la patrulla 112 (no por casualidad el número telefónico internacional de emergencias) que no llega a tiempo de evitar una tragedia, pasando por las apariciones televisivas de Robocop, el invencible brazo armado de la ley (cuya segunda parte, curiosamente, le ofrecieron dirigir), y George Bush reclamando un mayor apoyo de México a la lucha contra el narcotráfico inmediatamente después de la muerte de un agente en cumplimiento del deber a manos de unos traficantes gringos.

Con sus ojos de extranjero, Alex Cox retrata un México ciertamente estereotipado, lastrado de un innegable tipismo que se refleja en el regodeo en la miseria, el alcohol como vehículo de sanación espiritual e instrumento de olvido, un inequívoco culto a la violencia sin sentido y un aura de fatalismo, encarnado en los bailes populares, los bares de carretera y las prostitutas, y la presencia recurrente de la religiosidad popular a través de la imaginería religiosa de vírgenes y santos, con más de una concomitancia con el cine de Arturo Ripstein, para quien, no por casualidad, se desempeñó como actor en La reina de la noche. No estamos lejos de los territorios hollados por Malcolm Lowry en su seminal “Bajo el volcán”, una de esas novelas inadaptables que sólo otro bebedor fascinado con México como John Huston podía intentar llevar al cine, con resultados discutidos pero sugestivos.

A pesar de haber participado en el Festival de San Sebastián (y de obtener la Concha de Plata al mejor actor), no conoció distribución comercial en nuestro país y ni siquiera ha sido editada en DVD. Afortunadamente, resulta relativamente sencillo conseguirla de importación a través de los canales de venta por internet o las redes de intercambio P2P. Un título excelente y poco conocido a recuperar de un creador siempre interesante. Por último, una recomendación: en www.alexcox.com encontrarán todas las claves (o al menos un puñado de ellas) para entender el mundo, el cine y la vida de Alex Cox, un francotirador con licencia para matar la narrativa clásica.

4 respuestas a El patrullero – Alex Cox (1991)

  1. G. K. Dexter dice:

    Aunque desconocía por completo la filmografía de Alex Cox, y si a eso vamos también su existencia misma, la enumeración de referencias que incluyes en tu post (Peckinpah, Lowry, Ripstein,…) me han intrigado lo suficiente como para rebuscar más datos.
    Realmente muy interesante.

    Un saludo cinéfilo.

  2. misteriosoobjetoalmediodía dice:

    Gracias por tu comentario. Me alegro de que al menos te haya resultado intrigante. Además, Cox escribe unas líneas sobre “Wagon master” en el número de julio/agosto de la revista “Film comment”, que edita la Film society del Lincoln Center; y viene al pelo porque acaba de publicar un libro sobre sus películas: “X Films: True Confessions of a Radical Filmmaker“.

  3. Arturo dice:

    Grandioso Alex Cox, por desgracía ha sido relegado en todos los sectores “serios” del cine. Es increible su fimografía y es aún más increible que no se haya dado justicia a su status no sólo de culto, sino de autor de guerrilla, de protesta sutíl y efectiva. Es una lástima que no se editen sus peliculas. Saludos desde México, y muy buen post.

  4. israel dice:

    He visto algunas de sus películas y me parecen muy buenas, muy realistas con la situación que siempre se ha vivido. Esta película del patrullero la vi hace poco y es realmente buena a mi parecer, es un cine de protesta bien caracterizado.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: