De cine, viajes e irrealidad

Con frecuencia se repite aquello de que “la realidad siempre supera a la ficción”, sin embargo, me temo que la situación sea bien distinta. Desde que la imagen se apoderó de la iconografía y el imaginario colectivo -al menos respecto del mundo occidental desarrollado-, en un primer momento a través de la imagen fija, la fotografía, y después en movimiento, con el cine; estos (fotografía y cine -o televisión-) conforman los modernos “arquetipos” de los que hablaba Jung. Hoy la realidad no sólo está contaminada por la imagen, o en un sentido más amplio, por la representación, sino que se confunde con la ficción, o mejor, directamente deviene “irrealidad”.

A propósito de un veraniego viaje a Nueva York, o más bien a Manhattan, he sufrido el esperado raudal de turistas en los puntos neurálgicos y su consiguiente arsenal de cámaras y flashes ansiosos por acreditar el “yo estuve allí”, pero también he sido testigo de varios rodajes de diverso pelaje que cotidiana y, a veces, sorpresivamente se desarrollaban por sus calles, incluso llegando a alterar sin previo aviso la fisonomía de las mismas. 

La desorientación y la sensación de irrealidad que la presencia de estos rodajes me causaba, así como el encuentro con una ciudad de la que, sin haberla pisado jamás, conocía mil y un detalles, paisajes y escenarios representativos, llegó a causarme una sensación de profunda fantasía, llevándome a considerar las ciudades cinematográficamente representadas hasta el agotamiento, (p.e. Londres, París o Venecia), como auténticos escenarios, gigantescos platós, donde la realidad y su representación, o directamente la ficción, se entremezclan de forma a veces indistinguible, dónde los propios turistas, e incluso sus ciudadanos, participan (se sienten) como verdaderos extras de la gran -y mil veces vista- película “Nueva York”.

          

Como decía Rafael Reig hace un mes, “ahora ya se viaja sólo para comprobar que lo que hemos visto en la pantalla está en su sitio. Viajamos con una check-list, con todo lo que hay que ver anotado (y con una idea previa de cómo es), y nos limitamos a verificar que no se ha movido de sitio y que es igual que en la tele. A veces me pregunto cuál sería la sensación de un viajero antiguo al ver, por primera vez, una pirámide, una selva o las cataratas del Niágara. Hoy eso ya es imposible: de todo tenemos una imagen previa grabada en la retina. Viajamos para reconocer, no para conocer. Como mucho, percibimos la diferencia entre lo vivo y lo televisado: qué pequeñitas son las pirámides, qué mal huele Versalles, qué sucio está el Empire State Building. La idea con la que ya salimos de casa nos impide mirar: sólo vemos lo que íbamos a ver“.

Todos los días tenemos ejemplos de esta irrealidad en la que vivimos, desde los más recientes: la estremecedora pregunta que formulaba el niño de seis años rescatado en el accidente aéreo de Barajas del 20 de agosto: -“¿cuándo se acaba la película?” o la hipertelevisiva convención del partido demócrata norteamericano, verdadero show político-mediático; a las más lejanas: cualquier declaración del tenor de “parecía una película”, tras un suceso singular, las imágenes del 11-S, o a la famosa retransmisión radiofónica de La guerra de los mundos por Orson Welles; pasando por películas como El acorazado Potemkin (Eisenstein, 1925), que ha dotado de imágenes (ficticias) a la propia Historia de la revolución soviética, Cortina de humo, (Wag the dog, Barry Levinson, 1997), o La lista de Schlinder (S. Spielberg, 1993), o las cada vez más mestizas, indefinidas y equívocas fronteras del documental.

Este camino de progresiva (con)fusión entre realidad y ficción se aprecia mejor en la distancia conceptual que -respecto a la fotografía- media entre É. Zola, que sostenía que no se puede decir que se ha visto algo de veras hasta que se ha fotografiado, y S.Sontag que en “Sobre la fotografía”, mantiene que “es la realidad la que se somete al escrutinio y evaluación según su fidelidad a las fotografías”. Esta mutación, y la popularización de los medios digitales, nos han conducido a la obsesión por captar/capturar el momento, el presente, desaprovechándolo-guardándolo-apropiándonoslo (siempre a través del visor o la pantalla de turno) para un posterior -futuro- disfrute fetichista de su representación, en realidad una negación del presente, de la realidad.

Puede que a esto se refiriera G. Debord en “La sociedad del espectáculo” cuando escribía “No debe entenderse el espectáculo como el engaño de un mundo visual, producto de las técnicas de difusión masiva de imágenes. Se trata más bien de una Weltanschauung que se ha hecho efectiva, que se ha traducido en términos materiales. Es una visión del mundo objetivada”; “En el espectáculo (…) el fin no es nada y el desarrollo lo es todo. El espectáculo no conduce a ninguna parte salvo a sí mismo”, “Allí donde el mundo real se transforma en meras imágenes, las meras imágenes se convierten en seres reales, y en eficaces motivaciones de un comportamiento hipnótico. (…) (El espectáculo) es más bien aquello que escapa a la actividad de los hombres, a su reconsideración y a la corrección de sus obras. Es lo contrario al diálogo. El espectáculo se constituye allí donde hay representación independiente”.

4 respuestas a De cine, viajes e irrealidad

  1. G. K. Dexter dice:

    Cuánto mejor es sumergirse en esa realidad, sin intermediarios de ningún tipo (léase vídeos o cámaras, digitales o analógicas) y luego dejar que las imágenes de esa realidad se monten en el interior de nuestro cerebro. Cuánto mejor es disfrutar al regreso de la película que nosotros mismos nos hemos elaborado. Personalmente no viajo en demasía, y nunca, hasta ahora, fuera de nuestras fronteras, mas siempre tomo la precaución de no llevar conmigo ningún artilugio retratador de la realidad (amén de la cámara del móvil, y si acaso para “escenas” muy concretas). Para lo demás confío en mi memoria, quien, traidora ella (a este respecto no albergo duda alguna) tendrá a bien proyectarme el filme más personal, sorprendente y fantástico.

    Un saludo cinéfilo.

  2. Salitre dice:

    Interesantísima y apasionante reflexión.
    En el fondo, atesorar fotografías es un intento de atesorar y ordenar recuerdos, que inevitablemente se distorsionan por el paso del tiempo.
    De acuerdo en que hay que disfrutar de los lugares y momentos con nuestros propios ojos y no a través del visor de una cámara, pero siempre está bien encontrar el término medio… Y lo dice una apasionada coleccionistas de fotos.
    Saludos

  3. misteriosoobjetoalmediodía dice:

    Muchas gracias por el comentario!

    Reconozco que yo también soy un entusiasta de la fotografía, (de los que viajan con la cámara en el macuto) y estoy contigo en que no deja de ser un intento de atrapar, o detener, el tiempo y la memoria; lo malo es que es una carrera sin fin.

  4. Atlante7 dice:

    Excelente artículo, interesantes comentarios.

    El cine y la fotografía son artes muy relacionados, desde un paisaje o un desapercibido rincón de una ciudad, la efímera ilusión de hallarse en un lugar célebre o emblemático citado en documentales y guías turísticas, hasta las más elaboradas obras de arte situadas en la frontera entre la pintura y la fotografía, entre la realidad y la ficción; ya sabemos que muchas veces la ficción es un recurso poético para describir la realidad, la Historia, y también los diversos miedos de nuestra sociedad, un recurso expresivo, más que la simple búsqueda de la evasión momentánea.

    Creo que las mejores fotos de viaje surgen cuando inesperadamente encuentras un lugar no tan conocido y de gran belleza visual para el retrato, y no sólo para la postal; quizá tratamos de recrearnos en la belleza, o ilusionarnos con reflejar un prometedor instante de felicidad.

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