Tiro en la cabeza – Jaime Rosales (2008)

Pasados unos meses desde su estreno en el Festival de San Sebastián y de la consiguiente polvareda que levantó, casi más por el contenido de las declaraciones de su director en la rueda de prensa posterior, que por sus virtudes o defectos cinematográficos, (recordemos que días antes ETA asesinó a un guardia civil en Cantabria) Tiro en la cabeza se asienta -a pesar lo fugaz de su periplo por los cines- como uno de los films españoles más arriesgados del año que termina (a la espera de ver El cant dels ocells -A. Serra-). Y Rosales, su director, se consolida como uno de los directores más sugerentes del panorama español, pues suya es otra de las películas, a mi parecer, más interesantes, junto con El silencio antes de Bach (P. Portabella), del año pasado: La soledad.

 

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Creo que a estas alturas son de sobra conocidas las -digámoslo así- peculiaridades de la película (diría que incluso lo eran antes de su estreno): recrea el asesinato por miembros de ETA (entre ellos el recientemente capturado Txeroki) de dos guardias civiles en Francia a finales de 2007, está rodada principalmente con teleobjetivo y, la más significativa, carece de diálogos (no así de banda de audio o sonido ambiente); en realidad los tiene, pues vemos hablar a los protagonistas, pero son inaudibles. Así pues, la película toca un tema polémico, cualquier obra que tenga que ver con ETA y se salga lo más mínimo del discurso oficial lo es (vid. La pelota vasca -J. Medem-), ya se encarga de ello la policía del pensamiento.

 

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Pero no sólo es controvertido el tema de fondo, también lo es la propia forma cinematográfica escogida. De entrada se coloca fuera de las coordenadas de representación convencionales: la grabación con teleobjetivo genera un tipo de imagen “distorsionada”, distinta de la visión estándar del ojo, pues aplana lo que se muestra y disminuye la profundidad de campo. Pero para más inri, esa sensación artificial de distancia se multiplica cuando comprobamos que la cámara no sólo está centrada y sigue a un único personaje, sino que siempre está fija, ubicada en el exterior de los lugares que éste visita; continuamente lo contemplamos a través de ventanas o de puertas, con lo que la película nos dispone ante algún tipo de seguimiento o cámara oculta. Estamos ante la visión de un voyeur, de un policía o un detective, contemplamos al protagonista a la manera en que un entomólogo escruta el comportamiento de las hormigas.

 

No obstante, el mayor reto para el espectador de Tiro en la cabeza lo constituye la incongruencia sensorial de encontrarnos en una sala de cine -o allá donde se produzca su visionado-, casi, salvo por el sonido ambiente, en completo silencio; un silencio pesado, que favorece la distancia o la concentración y la divagación mental; que nos coloca ante el abismo sonoro de nuestros propios pensamientos o de la ausencia de ellos. Esta circunstancia, hoy que vivimos rodeados de todo tipo de ruidos alienantes (p.e. los omnipresentes dispositivos mp3), es casi por sí solo un acto subversivo. Al mismo tiempo, es un silencio que frustra el dispositivo voyeurístico del que hablábamos antes, pues si bien el film, al modo documental, nos permite observar la vida cotidiana e íntima del personaje, interactuando con sus semejantes, incluso en el plano sexual  (con la inevitable torpeza que sólo se da en la “vida real”), nos hurta su palabra, la posibilidad de saber qué dice; Rosales, con esta forzada privación sensorial, focaliza la atención única y exclusivamente en la imagen en movimiento.

 

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Y aquí está el quid de la cuestión: ¿Qué vemos?. Pues como hemos apuntado, algo de lo más ordinario y anodino. Durante una hora contemplamos la vida diaria de un desocupado cuarentón barbudo, canoso y algo fondón (Ion Arretxe); al que vemos quedar con una chica y su bebé en un parque, con un amigo a tomar cañas, que escucha un disco en un centro comercial, va a una fiesta en un piso, conoce una chica y se acuesta con ella en su casa, que desayuna cereales y que se reúne en un despacho con unos señores enchaquetados.. Un buen día le vemos montándose en un coche con otra chica y uno de sus amigos y les seguimos en su periplo automovilístico mientras cruzan la frontera con Francia y se instalan en la casa de un matrimonio que les está esperando. Allí, ya en el último tercio de esta breve película, y mientras los tres amigos se toman algo en una cafetería de carretera en un pueblo francés, el cuarentón clava un ojo ciclópeo en una pareja de chicos jóvenes que se sientan un poco más allá, el ojo cobra vida propia, se torna amenazante, diabólico, e insiste, vemos a Ion como no le habíamos conocido antes, el plano se repite y se mantiene. Los hombres se reconocen, y cuando la pareja de muchachos sale hacia el aparcamiento, Ion y su amigo les siguen portando una pistola en la mano, es ahí cuando atruenan las únicas y estremecedoras palabras que se escuchan en toda la película: “Txakurra!, Txakurra!”; tras cercar a los jóvenes en su coche, los asesinan a sangre fría y huyen.

 

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Con este fugaz y, para el espectador que no estuviera sobre aviso (e incluso para cualquiera), sorprendente estallido, la hora de extrema “normalidad” precedente salta por los aires y Rosales consigue con ello ilustrar aquello que sostuvo H. Arendt en su ensayo sobre el juicio a Eichmann, y que hoy es ya un tópico: la banalidad del mal. Así se explica que, cuando abandonan en el bosque a la conductora del vehículo que emplean en su huida, los asesinos le hagan un imperceptible -pero significativo- gesto de aliento, casi una caricia. El asesino, tal y como le hemos visto actuar, nunca deja de ser en realidad un ser humano. Ante la simple crueldad del asesinato, la ausencia de audio en los diálogos cobra sentido, las palabras, los argumentos, cualesquiera que fueran, resultan innecesarios, sobran. El asesinato sólo se puede contemplar, no se puede explicar con palabras. Por otra parte, la ausencia de diálogos no deja de ser una sonora metáfora de la vacuidad de los argumentos que aún hoy emplea la banda terrorista para justificarse, y en un sentido más extenso, ese silencio es el correlato del autismo de las sociedades española y vasca, que sólo escuchan los exabruptos y los tiros.

 

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Más allá de los fuegos de artificio formales, que los tiene, mientras algunos han acusado al film de ser “una irreflexiva frivolidad” y otros han hecho hincapié en su “sospechosa” tibieza, por no ser lo suficientemente contundente en sus conclusiones (hay personas que sólo ven el mundo en blanco y negro y disfrutan con las consignas); lo cierto es que el film materializa magníficamente -y de una manera descarnada- la frase de Castellio que cita Juan Goytisolo en Notre musique (J.L. Godard, 2004): “Matar a un hombre por defender una idea, no es defender una idea, es matar a un hombre”. Razón suficiente por la que el film resulta pertinente e imprescindible.

3 respuestas a Tiro en la cabeza – Jaime Rosales (2008)

  1. M. dice:

    Excelente crítica, aunque creo que destripas demasiado la película para los que lean tu comentario antes de verla.

    Me alegra notar que te “mojas” algo más en los últimos artículos.

  2. Salitre dice:

    Pues yo tomo nota para intentar verla en cuanto esté por España. Y sí, dejo definitivamente Uruguay que vine por un año y ya toca regresar.
    Saludos

  3. FFito dice:

    TZATZO TÍOOO: veo que no paras, y con un nivel encomiable. Un fuerte abrazo!

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