Veredicto final (The verdict) – Sidney Lumet (1982)

Por Error Flynn

 

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Sólo un año después de rodar El príncipe de la ciudad (1981), que continúa siendo una de las más realistas y acertadas películas de su filmografía, Sidney Lumet realizó Veredicto final. Con guión del reputado dramaturgo, y luego también director cinematográfico, David Mamet, a primera vista, el film aparecía como uno más, entre tantos otros, del siempre efectivo género del thriller judicial en el que Lumet había inscrito ya un clásico como Doce hombres sin piedad (1957). Así, el proceso judicial, desde sus inicios, con las negociaciones y las expectativas de los litigantes, hasta el desenlace, con el pronunciamiento del jurado, es narrado por Lumet con el pulso tenso que requiere la dialéctica, muchas veces explosiva -la declaración del testigo inesperado, el enfrentamiento entre abogado y juez-, inherente a este tipo de secuencias. Sin embargo, lo que late en el fondo del relato, y lo que realmente quiere crear el interés del espectador, es la historia personal de una redención, la de Frank Galvin, el abogado que protagoniza Paul Newman. Asistimos de esta manera a un film más espiritual que de acción “judicial”. 

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Más comedido que casi siempre, sin los tics en los que solía incurrir, Newman está soberbio; transmite ese pasado turbulento que lleva a rastras y que puede intuirse en su mirada. Pero aparte del gran papel de Newman, otros elementos contribuyen decisivamente a la representación del dolor interior del personaje. Así, el frío y la oscuridad se erigen en circunstancias que circundan la vivencia de cada escena en el camino a la redención de este abogado (humano, demasiado humano, Nietzsche dixit), como si Mamet/Lumet quisieran acreditar hasta qué punto puede llegar a ser pedregosa esa ruta. Aquí debemos reseñar la sombría fotografía de Andrjei Bartkowiak, un habitual del director, que consigue ampliar con su tono el significado de la narración. Casi no hay escenas de día, ni en las que el vaho que expiran los protagonistas no envuelva sus diálogos. Como apuntaba Gilles Deleuze a propósito del cine de Lumet -inserto en el capítulo dedicado a la crisis de lo que el filósofo francés llamaba cine-acción-, se trata de “la idea de una sola y misma miseria, interior y exterior, del mundo y de la conciencia… es preciso que la miseria haya ganado el interior de las conciencias, y que lo de dentro sea como lo de fuera”. Esto es, la apología del ideal romántico, la identificación mundo-individuo, objeto-sujeto, de tal forma que ese frío tan vívido se configura aquí como condición sine qua non del desenvolvimiento del personaje, al tiempo que del desarrollo de la propia película.

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No es un film perfecto, pero entre sus aciertos hay que destacar el quehacer del reparto, tanto James Mason -el abogado contrario-, Charlotte Rampling -la chica que repentinamente irrumpe en la vida de Galvin-, como Jack Warden -el abogado colega del protagonista-, transmiten igualmente esa humanidad rota en la expresión de sus rostros. Y es que el maniqueo enfrentamiento buenos/malos, el apego de las instituciones de la Iglesia al poder económico tampoco resultan extremos relevantes. El alegato final de Galvin resalta por su brevedad y abstracción. Sin nombrar un solo detalle de lo ocurrido durante el juicio, pese a las acreditadas evidencias relativas a la culpa de los médicos, el abogado acaba apelando al jurado: “actúa como si tuvieras fe y la fe te será dada… Creo que tenemos fe en nuestros corazones…”. El abogado ha interiorizado la situación hasta ese punto. Pero ahí colegimos una obvia falla en la evolución del personaje, o mejor dicho, en la falta de evolución del personaje. Ciertamente, el juicio da un vuelco con la aparición de la testigo de cargo, pero Galvin, antes perdido, parece no haber experimentado cambios reales en su vida. Aquí se encuentra el punto débil del relato. La ambigua historia de amor con el personaje de Rampling no se ve crecer, por lo que tampoco creemos que haya sido lo que ha modificado su creencia. Después de la escena en que Mickey le cuenta quién es ella realmente, tan pronto lo sabe, el juicio acaba, y no hay tiempo dramático para que veamos cuál es verdaderamente su reacción. Por ello, el mencionado discurso final cojea, en definitiva demasiado grandilocuente de lo que cabría esperar. Evidentemente, el que habla no es Galvin, sino el propio Lumet -o quizá sólo Mamet-.

 

 

En cualquier caso, resulta curioso observar películas de los años setenta y principios de los ochenta, como Veredicto final, cuando la narración cinematográfica clásica se encontraba agonizando. Como en tantos films de esa época, podemos sentir cómo la vida parece notablemente diferente a la actual; cómo era la cándida precariedad en la que vivíamos. Y no se trata sólo de la historia que nos cuentan, del cómo viven los personajes que conforman la trama. Igualmente, la forma de construir una película se nos aparece radicalmente distinta, mucho más simple, pero a la vez sugerente; la constatación de que el arte de cada tiempo se imbrica con la realidad que constituye su fondo, con mayor implicación de la que puede pensarse. Sólo hay que ver la escena en que Galvin acude por segunda vez a ver a la víctima, a la que vemos por única vez en todo el metraje en una foto instantánea que va formando la imagen poco a poco con la misma lentitud con la que el abogado asume la grave consciencia del asunto; o aquella secuencia en que Galvin busca al perito que tenía que testificar a su favor para probar la negligencia, al tiempo que Mickey, en una escena paralela, explica cuál es el origen de Frank Galvin, su cruz -la de todos-, y en la siguiente imagen volvemos a ver al abogado decayendo progresivamente en su aciaga búsqueda.

 

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3 respuestas a Veredicto final (The verdict) – Sidney Lumet (1982)

  1. Daniel dice:

    Aunque tus colaboradores no lo hacen nada mal, se echa de menos tu buen hacer en los “post” más a menudo, Misterioso.

    Un saludo.

  2. Atlante7 dice:

    Excelente película, una inolvidable magnífica interpretación de Paul Newman.

    Hace años que la vi, pero siempre he recordado la gran interpretación de aquel abogado, su drama personal, sus vivencias, y como bien has expresado: la representación de su “dolor interior”.

    Enhorabuena por esta crítica.

    Saludos.

  3. […] ya se apuntó aquí en la última entrada, Frankenheimer es junto con Sidney Lumet el más interesante de lo que se conoce como la […]

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