Yo vigilo el camino (I walk the line) – John Frankenheimer (1970)

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Las noches de recogimiento y postración catarral permiten -de vez en cuando- encontrarse con agradables -por inesperadas- sorpresas televisivas; por supuesto, como no puede ser de otra manera en las televisiones generalistas, siempre a horas bien intempestivas. En este caso, una televisión autonómica peninsular, ha proyectado al menos dos películas del minusvalorado John Frankenheimer; las dos consecutivas, I walk the line (1970) y  Orgullo de estirpe (The horsemen, 1971). No son precisamente lo más interesante de su filmografía, pues la sombra de su “trilogía de la paranoia” –El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, 1962), Siete días de mayo (Seven Days in May, 1964) y Seconds (1966)- es muy alargada, pero, aun a pesar de estar a las puertas de su periodo más impersonal, Yo vigilo el camino reúne elementos suficientes para merecer un comentario.

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Como ya se apuntó aquí en la última entrada, Frankenheimer es junto con Sidney Lumet el más interesante de lo que se conoce como la “generación de la televisión”, es decir, aquellos directores (Arthur Penn, Martin Ritt, Franklin J. Schaffner, Robert Mulligan, Stuart Rosenberg y Delbert Mann, entre otros) que comenzaron su andadura profesional en el medio televisivo, generalmente en directo, sometidos a los corsés de la inmediatez y la austeridad, producto de la limitación de espacios, géneros y medios técnicos disponibles. Además, son ellos (Doce hombres sin piedad, Punto límite, El mensajero del miedo, Siete días de mayo) quienes, siguiendo los pasos de sus predecesores, desde Lang o Walsh a Ray o Fuller, Siegel o Aldrich, o el coetáneo Cassavetes, comienzan a mostrar (a desmontar) la pesadilla que en realidad esconde el sueño americano y por ende, el sueño occidental. A esta tarea también contribuyeron ilustres directores como Otto Preminguer (Tempestad sobre Washington, Advise and consent, 1962) o Kubrick, (¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, Dr. Strangelove or: How I learned to stop worrying and love the bomb, 1963); constituyendo la antesala para el desencanto total y el nihilismo político posterior que reflejan películas como The Parallax view (1974), La conversación (1974), Los tres días del cóndor (1975) o Blow out (1981).

Para el espectador desprevenido, el que I walk the line se abra con los acordes de la canción del mismo título interpretada por el legendario Johnny Cash, (el resto de la banda sonora también está a su cargo; suenan, entre otras, las magníficas Flesh and blood y This Side of the Law), ya generaría de por sí cierta curiosidad, si además le sumamos que los títulos de crédito se despliegan sobre unas imágenes documentales del paisanaje de Tennesse, donde se ambienta el film, en la línea con la fotografía de Walker Evans o de los habitantes de los Apalaches de la posterior Deliverance (J. Boorman, 1972), más un reparto compuesto por los sobresalientes Gregory Peck, Ralph Meeker, Estelle Parsons, Charles Durning y Tuesday Weld, y le añadimos la dirección de Frankenheimer, resulta que el film reúne a priori elementos más que suficientes para dedicarle nuestra atención, sin que resultemos defraudados.

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El drama del sheriff Tawne (G. Peck), basado en la novela “An exile” de Madison Jones, publicada en 1967, se plantea tras los títulos de crédito, cuando, tras seguir a un coche que circula peligrosamente, conoce a su encantadora conductora, la postadolescente Alma McCain (Tuesday Weld). En esta breve escena percibimos en el serio e imperturbable rostro de Peck la turbación que le ocasiona la presencia de la chica; pero somos verdaderamente conscientes del alcance del choque sufrido cuando, momentos después, conocemos su ordenada y monótona vida privada, observando primero a su familia: un padre anciano con la cabeza ida y una mujer e hija con las que el trato es tan impersonal como el del huésped en la pensión; y a continuación, sus penosas e insulsas tareas laborales (p.e. las rencillas vecinales que ocasionan la tala de un árbol).

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Paralelamente, Alma es interrogada por su padre sobre si el sheriff la tocó, y al responder que no, sobre si pensó en hacerlo; y se nos la caracteriza como la hija mayor del clan de los McCain, un trashumante propietario de una destilería clandestina (R. Meeker) recién instalado en el pueblo, para continuar junto con su familia sus actividades delictivas. Para complicar más las ya de por sí muy irregulares relaciones entre un maduro señor casado y una jovencita en el contexto hiperrural y encorsetado del ya de por sí rural sur profundo norteamericano, llega al pueblo un agente federal (ATF) que pretende hacer una batida en busca de distribuidores de alcohol ilegal, añadiendo tensión, un trasfondo de urgencia y fatalidad trágica y aún mayor confusión moral al ya aturdido y desconcertado sheriff, que se debate entre un amor ingenuo y arrebatador contrario a toda lógica y la lealtad a sus principios, su trabajo y su vida. En el segundo encuentro entre ambos, propiciado por la joven, que lo va a buscar al final de su jornada de trabajo, tras unos titubeos formales, las cosas en seguida pasan a mayores y el adulterio toma forma. A partir de ese momento el recto, pero gris Tawes, arrastrado por un amour fou cae en una espiral interior que, a través de la puerta abierta por Alma, le conduce a confrontar su vida mediocre y rutinaria, y le lanza al abismo de lo incontrolable; de tal forma que la vorágine engulle primero su integridad y sus principios, y con ellos, a su familia, su trabajo y su vida tal y como la conocía.

Lo cierto es que Tawes cae enseguida y completamente bajo el hechizo de la vital e ingenua muchacha con una pasión tan ciega e inexplicable, de tal intensidad, que es superior a sus fuerzas, a la cautela y a la razón, pues altera su comportamiento cotidiano, siendo prácticamente imposible disimularlo (en este sentido es antológica la escena del autocine con su familia y la posterior vuelta a casa mientras conduce detrás del coche de Alma observándola ensimismado) y su exposición frente a la propia familia de Alma, que tolera y acepta interesadamente la relación pecaminosa; para más inri, en el inframundo redneck del que proviene Alma, en algún momento llegamos a intuir el latido del incesto. Curiosamente, Tuesday Weld fue una de las candidatas barajadas para interpretar el personaje de Lolita (S. Kubrick, 1962).

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Entre tanto la película avanza hacia su (anti)clímax, conocemos el trauma sufrido por Tawes (y su padre) en el pasado, producto de la muerte accidental de su madre y hermanas (como un exorcismo, la pareja furtiva adopta como lugar de encuentro la vieja y abandonada casa familiar), asistimos a dos tremendas escenas protagonizadas por la mujer del Sheriff (la estupenda Estelle Parsons) que de forma intuitiva, inmediatamente se apercibe de su infidelidad y, a pesar de sus lecturas del Reader’s Digest y de los consultorios de las revistas, o precisamente por ello, se muestra conmovedoramente comprensiva, dándole a su marido la posibilidad de pasarlo por alto y mantener el matrimonio, llegando incluso para ello a humillarse mientras la cámara la sigue por toda la casa persiguiendo penosamente a Tawes en busca de una explicación; así como se nos muestra la represión, la asfixiante y mezquina realidad social y moral y el nulo horizonte vital del pueblo en el que habitan, que no tiene más diversiones que un billar, las reuniones cívicas y las misas dominicales. No debemos olvidar que la película está ambientada en el cambio de década entre los ilusos y luminosos sesenta y los incrédulos y desencantados setenta (en la casa del ayudante del sheriff vemos colgada una bandera de Vietnam del norte).

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El sheriff Tawes incapaz de seguir con la impostura un segundo más y obcecado con la idea de huir con Alma, dejándolo todo atrás, se corrompe y falta a sus deberes y a sus, para entonces, pocas convicciones. Con la intención de “quedarse a cambio” con Alma, avisa a la familia McCain de lo inminente de su caída en desgracia, e incluso les ayuda a deshacerse del cadáver de su ayudante (Charles Durning), asesinado por ellos cuando intentaba aprovecharse de Alma. Milagrosamente, Tawes logra escapar de semejantes desatinos, pero cuando va a reunirse con Alma se da cuenta de que ella ha huido con su familia, abandonándolo. Ofuscado y desesperado se lanza en su busca en una conducción enloquecida hasta que los alcanza. En plena carretera, desencajado, pretende que Alma se vuelva con él, pero ésta le rechaza manteniéndose fiel a su familia, e incluso, ya a las malas, (pues Tawnes -fuera de sí- recurre a la violencia, disparando contra su padre) responde hiriéndole en un hombro con un gancho. Finalmente, Tawes acaba postrado en la cuneta, herido, solo y abandonado, habiéndolo perdido todo, con la aterradora perspectiva de continuar su vida rodeado de “los rostros casi deformados, alienados, encallecidos y cansados de ese vecindario que” conforma su ya, por completo, lejana e imposible vida cotidiana.

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El doloroso descenso a los infiernos del sheriff Tawes y la traición a sus principios viene lógicamente acompañada de su correlato fílmico. Así, la película está trufada de planos crispados (Peck aparece en picados y contrapicados), de rostros y de panorámicas. El empleo de lentes que permiten enfocar varios personajes en distintos planos con la cara de uno de ellos en un primerísimo plano (inefable marca de estilo de Frankenheimer) aumenta la sensación de desasosiego físico y patetismo. Asimismo, es notable la interpretación de Peck que, de un hombre taciturno y desapasionado, sin apenas cambiar el gesto, logra componer el fiel retrato de una pasión sorda, ilusa e irrefrenable. Por otra parte, teniendo en cuenta que Gregory Peck encarna desde su papel como Atticus Finch en Matar a un ruiseñor (To kill a mockinbird, R. Mulligan, 1962), junto a Gary Cooper, la esencia de la dignidad y los valores norteamericanos eternos; no puede sino sorprender el cambio de registro que muestra en este film -en la línea de su interpretación del maléfico y obseso capitán Achab en Moby dick (J. Huston, 1956) o como Mengele en la posterior, Los niños del Brasil (Franklin J. Schaffner, 1978)- y la subversión que ello implica. La película está rodada sobre el terreno, en exteriores de Tennesse, lo que, por un lado, le confiere un gran naturalismo y verosimilitud, y, por otro, da la oportunidad a la fotografía de reflejar un entorno incómodo, hostil, ofreciendo la imagen de una naturaleza amenazadora (los bosques, la lluvia, el río, el pantano, el agua onmipresente), reflejando casi siempre unos cielos grises y acción nocturna; tal es así, que ciertas escenas finales recuerdan algunos de los cuadros pintados por el inquietante pintor realista norteamericano Andrew Wyeth. Tampoco debemos olvidar los acordes premonitorios, y las letras, de la música de Cash.

Además, I walk the line implica un cierto cambio, en dos sentidos, dentro de la filmografía de Frankenheimer. Si hasta entonces su universo estaba más bien centrado exclusivamente en el mundo masculino, con una presencia femenina tangencial, aquí, y antes en Los temerarios del aire (The gipsy moths, 1969), comienza a introducir personajes femeninos de cierta relevancia y profundidad (Deborah Kerr en ésta, Estelle Parsons y, en menor medida, Tuesday Weld en aquélla, son los más humanos de todo el relato); también sorprende su giro hacia el drama atormentado, cuando su carrera se había desarrollado principalmente sobre “la acción”, si bien a este respecto no debemos olvidar el antecedente que supuso Su propio infierno (All fall down, 1962).

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En definitiva, el film pese su aparente frialdad y una primera lectura moralista, más allá de la evidente crisis del hombre de mediana edad, trata un tema universal, casi de eterna actualidad, al menos en occidente: el vértigo ante el vacío interior producido por una vida insustancial, desperdiciada, carente de alicientes -alienada-, la innata pulsión vital del hombre, el amor -en realidad una obsesión-, como imparable válvula de escape, la soledad, la inherente fragilidad de las convicciones.. Además, es radicalmente pesimista, casi devastadora, carente de condescendencia o salvación alguna para con su neurótico protagonista, respecto del cual, quizás por el hecho de estar encarnado por Gregory Peck, -como ocurre con J. Wayne en Centauros del desierto (1956) o J. Stewart en Vértigo (1958)- salve del ridículo y nos permita identificarnos con él y su catártica odisea personal hacia donde no se vuelve. Como el pecado original, el mal es un hecho principal en nuestra existencia, podemos ser perdonados, pero ninguno podemos escapar a él.

4 respuestas a Yo vigilo el camino (I walk the line) – John Frankenheimer (1970)

  1. sadovaya dice:

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  2. misteriosoobjetoalmediodía dice:

    A todos los que asidua o esporádicamente se pasan por aquí, e incluso a los que ni eso, les deseo un estupendo año, gracias!

  3. Peeping Tom dice:

    Frankenheimer es uno de mis directores de cabecera. Infravalorado casi siempre, acusado de comercial, excesivamente prolífico o desmañado por sus detractores, lo cierto es que recorrer su filmografía es asistir en primera fila al turbulento desarrollo del cine norteamericano desde los años 50 hasta nuestros días, con sus contradicciones, tropezones y modas pasajeras. En todo caso, uno de los mejores realizadores de la Generación de la TV (aprovecho para meter una cuña, a la que los vertiginosos dedicaremos próximamente un ciclo), un superviviente nato con cimas y abismos, pero siempre más interesante o apasionante que el 90% de sus contemporáneos.

  4. misteriosoobjetoalmediodía dice:

    Ya lo he dicho, pero lo repito, a mi es de los que más me gustan de su “generación”, respecto de la que, por cierto, sin premeditación, se han comentado aquí ya tres películas.

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