El hombre invisible (The invisible man) – James Whale (1933)

Por Peeping Tom

 

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A principios de los años treinta, la producción cinematográfica estadounidense estaba en manos de un puñado de grandes estudios, como los cinco grandes (MGM, Paramount, Fox, Warner y RKO), que controlaban también la distribución y exhibición. En esos momentos, Universal ocupaba un peldaño inferior  y su situación financiera no era precisamente boyante, en gran medida como consecuencia de la grave crisis económica del país a raíz del crack de Wall Street en 1929. Sin embargo, el nombramiento del hijo del fundador del estudio, Carl Laemmle, como nuevo jefe de producción y la progresiva transición del cine mudo al sonoro significaron un progresivo afianzamiento de la compañía entre las majors, llegando incluso a ganar el Oscar con Sin novedad en el frente (All quiet on the western front, L. Milestone) en 1930. Uno de los grandes aciertos de Laemmle hijo fue la adaptación del “Drácula” de Bram Stoker a cargo de Tod Browning, una producción barata que generó elevadas sumas de beneficios y convenció al productor de que era una senda (“cuanto más terrorífico, mejor”) a seguir, compatibilizándola con otras producciones de mayor presupuesto y prestigio para el estudio. Pronto se puso en marcha un nuevo proyecto, la adaptación del “Frankenstein” de Mary W. Shelley, que recayó en un recién llegado llamado James Whale, quien se había ganado un cierto prestigio y respeto dentro de Universal por su capacidad de control y talento artístico. El estruendoso éxito motivó que Laemmle estuviera constantemente a la caza de nuevo material literario que alimentase su fábrica de monstruos.

 

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Herbert George Wells había publicado en 1897, primero por entregas en Pearson’s Weekly, y posteriormente en forma de novela, su clásico relato “El hombre invisible”. Wells pensaba que el cine iba a ser la forma artística más importante del siglo XX y sus agentes llevaban años llamando a las puertas de Hollywood. De hecho, en 1932 Paramount había adaptado “La isla del Dr. Moreau” con el título de “La isla de las almas perdidas”, para desagrado de Wells ante los ingentes y fundamentales modificaciones que había sufrido su obra. Así, cuando se empezó a hablar de la posibilidad de una adaptación de “El hombre invisible”, fueron muchas las dificultades que hubo que salvar. MGM rechazó la compra de los derechos de adaptación por sus innumerables dificultades técnicas, pero Universal veía con buenos ojos el material para continuar su racha de exitosas adaptaciones. Tras consultar con John P. Fulton, jefe de efectos especiales del estudio, y acordar que Wells tendría derecho a aprobar el guión definitivo, se negoció la venta de los derechos por 10.000 dólares.

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Tras numerosos borradores, aproximaciones más o menos infieles al texto original, y las aportaciones de gente del calibre de Preston Sturges o John Huston, la tarea de adaptar la novela recayó en las hábiles manos de R.C. Sherriff, quien decidió no despegarse demasiado de Wells, aunque sí estructurar la trama con la mirada puesta en el anterior éxito de “Frankenstein”. Así, el protagonista volvía a ser un científico que se aísla del mundo para realizar sus investigaciones, añadió los personajes de una novia atribulada y un mentor, potenció el rol de su socio-rival como antagonista y decidió hacer algo que había resultado imposible en el film precedente, prescindir del consabido final feliz. También prescindió de buena parte de los apuntes políticos de Wells (reconocido socialista, feminista y evolucionista), culpando de la megalomanía sanguinaria del protagonista a un fármaco, la monocaína, que quita el color a aquello que toca y conduce a la locura.

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La situación financiera del estudio era tan crítica que su política habitual era deshacerse de los actores a medida que su fama y exigencias económicas crecían y reemplazarlos por otros menos costosos. Éste fue el caso de Boris Karloff, primer candidato a interpretar al protagonista. Tras barajar otros nombres como Colin Clive, que también había coprotagonizado “Frankenstein”, Whale se acordó de un actor al que conocía de su etapa teatral y que acababa de rodar una prueba para Doble sacrificio (A bill of divorcement, G. Cukor, 1932), el film de Katharine Hepburn, Claude Rains. Reins se había trasladado desde el Reino Unido a EE.UU. y llevaba algunos años protagonizando montajes en Broadway, pero era un absoluto neófito en la gran pantalla (si exceptuamos un papel secundario en una película muda inglesa). Sin embargo, su voz (con una inimitable entonación ronca consecuencia de una parálisis de las cuerdas vocales durante la I Guerra Mundial) fue la que definitivamente decantaría la balanza, a pesar de ser, en palabras de Rains, “la audición más nefasta de la historia del cine”.  Su desconocimiento del medio era tal que apenas había visto media docena de películas como espectador, algo que Whale intentó solucionar obligándole a ver hasta tres films diarios para asimilar las claves de la interpretación cinematográfica. Aún así, se presentó en el rodaje sin haberse leído la novela y, consiguientemente, desconociendo que su personaje se pasaría la práctica totalidad del metraje con el rostro cubierto, lo que admitía como una merecida cura de humildad. El resto del reparto fue completándose mayoritariamente con actores irlandeses e ingleses, destacando la presencia de Gloria Stuart, casi 65 años antes de sobrevivir a Titanic (íd, J. Cameron, 1997), la histriónica Una O’Connor, el afable Henry Travers en uno de sus primeros roles cinematográficos, y fugaces apariciones de Walter Brennan, John Carradine o Dwight Frye, más conocido por haber interpretado a Renfield y Fritz con anterioridad para la compañía.

Las soluciones técnicas aportadas por el gran John Fulton y el director de fotografía Arthur Edeson siguen causando admiración. Envolviendo al actor en terciopelo negro, rodando y sobreimpresionando la imagen en un fondo también de terciopelo negro, con un sistema de máscaras denominado travelling matte, y unas miniaturas extremadamente convincentes que reaparecerían en multitud de películas de serie B posteriores, además de trucajes mecánicos, un complejo sistema de hilos invisibles a la cámara y demás argucias, consiguieron la proeza, adelantada a su tiempo, de convencer a los espectadores de la verosimilitud de la invisibilidad, reportando de paso pingües beneficios a Universal, quien proseguiría explotando el filón de sus monstruos de plantilla con títulos posteriores hasta la náusea, con presupuestos cada vez menores y una orientación familiar que restarían buena parte del mito a la serie, hasta alcanzar la decadencia absoluta como meros comparsas de cómicos como Abbott y Costello. Sin embargo, el terror sigue siendo el género que más se asocia al estudio (como el cine de gángsters con WB o los musicales con MGM), lo que demuestra una vez más su pervivencia.

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5 respuestas a El hombre invisible (The invisible man) – James Whale (1933)

  1. G. K. Dexter dice:

    Sabedor de la prolijidad de datos y apuntes que suelen rodear sus posts dejé para cuando dispusiera de bastante tiempo la lectura. La verdad es que tras la espera no me sentí defraudado. Aunque hace ya muchísimos años (bueno, quizás exagere) que no tengo el gusto de visionar este clásico ha conseguido que sus imágenes vuelvan a fluir por mi mente.
    Hasta su próximo post.

    Un saludo cinéfilo.

  2. Peeping Tom dice:

    Normalmente los textos complementan la proyección de las películas, con lo cual suelo prescindir de valoraciones más o menos subjetivas (eso ya lo dejo para el posterior coloquio) y centrarme en el anecdotario o los datos relacionados con su génesis. “El hombre invisible” es, afortunadamente, un clásico por derecho propio, cuyas virtudes permanecen casi incólumes transcurridos tres cuartos de siglo. Notablemente entretenida, muy divertida por momentos, y sorprendentemente ágil de realización, si tenemos en cuenta que el sonido apenas llevaba un lustro, con todas sus limitaciones iniciales. Agradezco su apreciación y le invito a seguir consumiendo buen cine.

    Un abrazo

  3. misteriosoobjetoalmediodía dice:

    Ya ha hablado el autor del comentario, con lo que a mi sólo me queda darle las gracias por pasarse por aquí y agradecerle su comentario.
    Abrazo

  4. wenda dice:

    todo esoribre

  5. flow dice:

    El hombre invisible un muy buen libro.

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