La clase (Entre les murs) – Laurent Cantet (2008)

Por Luis Miranda

ENTRE LOS MUROS DEL LENGUAJE *

Marin es un joven profesor de Lengua en un instituto de enseñanza secundaria de algún distrito de París. Su clase está compuesta en gran parte por hijos de inmigrantes subsaharianos, magrebíes, antillanos o asiáticos. La lengua que imparte Marin a sus alumnos quinceañeros es por tanto la del antiguo imperio colonial. A fin de cuentas, el profesor representa a un poder, el de la institución educativa, que es la primera y más básica herramienta de unificación del Estado, y que dispone por eso mismo de un lenguaje propio. Pero ese lenguaje consiste básicamente en un inventario tácito de restricciones y supuestos que aprisionan al propio docente: debe enseñar tolerancia, pero también disciplina, pero también un sentido mesurado de la justicia, pero también entusiasmo por el saber, pero también capacidad de sacrificio, pero también respeto hacia uno mismo, pero también respeto a la autoridad, pero también respeto hacia el colectivo del que esa autoridad, en cualquier caso, no puede emanar… No puede extrañar que todas estas intenciones cívicas mantengan un equilibrio precario, cuando no se cancelan entre sí.

El título original de la película La clase, con la cual Laurent Cantet logró el premio principal de Cannes, es “Entre los muros”. A diferencia de otras películas célebres y más o menos recientes que tienen las aulas como escenario y el proceso educativo como tema, La clase no sale nunca hacia el exterior del recinto escolar. No obstante, los muros a los que se refiere el título no son tan sólo los que limitan el espacio físico, siempre un poco carcelario, del instituto, sino los de una institución cuya faceta más problemática es abstracta, puesto que corresponde al lenguaje. Uno de los precedentes más valiosos para el juego de las comparaciones podría ser la película de Bertrand Tavernier, Hoy empieza todo (Ça commence aujourd’hui, 1999), un film emocionante que, tal como sucede con La clase, representaba la interacción entre el profesor y los alumnos con métodos semi-documentales. En aquel caso las propias condiciones de la historia obligaban a ello: los escolares eran niños muy pequeños, así que era preciso descartar el fingimiento con ellos. De la puesta en escena de un aula de educación infantil en nada distinta de otra real, surgía una frescura intensa, sobrecogedora. Pero a diferencia del film de Cantet, Hoy empieza todo ofrecía un relato heroico. El maestro era un sujeto épico, un pesimista luchador pese a todo, que entendía su trabajo como una intervención en el medio social más allá, precisamente, de los muros de la escuela. Tavernier hizo con su película, de hecho, un film de lucha de clases. La escuela era la continuación del barrio, y viceversa.

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La clase tiene la virtud, sin embargo, de que su pesimismo no es abstracto, ni se sostiene sobre ideas previas en torno a la lucha de clases, ni hace del aula un lugar de resistencia utópica, sino por el contrario, el punto donde otras resistencias menos ideales chocan. El instituto es una fortaleza aislada del barrio, pero la relación entre centro y periferia, entre el Estado y sus hijos marginales, no necesita otra representación que este lugar cerrado donde emergen las contradicciones. La cámara observa las acciones y reacciones de un alumnado heterogéneo en cuanto a sus orígenes, pero homogéneo en su oposición automática y juvenil a la autoridad concreta de Marin y a la autoridad abstracta que representan el eje profesor/instituto/educación/Francia. El pesimismo de La clase procede de su observación empírica sobre la dificultad del diálogo, de un lenguaje común entre docente y alumnos. Ninguna secuencia hace un aparte para registrar el diálogo aislado entre los adolescentes. Para el film, el sujeto central es el adulto que intenta educar sin saber cómo hacerlo. A él se dirigen las interpelaciones de unos jóvenes cuya vida real es tan inaccesible para él como para nosotros en tanto que espectadores de la película. La sabiduría del film es, en este sentido, la de buena parte del mejor cine contemporáneo: cuanto más rigurosamente restringimos las condiciones de nuestra observación sobre lo real, más opaca y compleja aparece ésta. Antaño, explicar lo real implicaba adoptar todas las perspectivas posibles. Hoy, el reto es limitar la perspectiva y aguardar a que los acontecimientos expresen por sí mismos la complejidad que les es propia. Al reducir hasta el extremo el escenario, la película dibuja los perfiles de su objeto (el aula como lugar de conflicto), pone las bases de su estilo (el realismo “directo”), y construye su metáfora (entre los muros del edificio y del propio lenguaje, el Estado quiere hacer su labor, y fuera de ellos la vida sigue sus propias reglas).

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El profesor Marin se ve obligado a medir con exactitud cualquier frase, cualquier réplica: la institución educativa le obliga a ello, para evitar connotaciones ideológicas indeseadas, ya sean racistas, sexistas o de cualquier otro tipo. Debe estimular pero también debe encontrar las palabras justas con las que imponer orden. Debe conocer y dominar el lenguaje de los jóvenes, para lograr que sepan hallar los matices, las connotaciones, los deslizamientos que se expresan sin que lo queramos en todo acto de habla, incluido el silencio. Marin tiene dificultades para mostrar (o para ocultar) cómo las palabras contienen siempre una ideología. Los alumnos lo intuyen, sospechan del habla del profesor, pero no del habla propia. Marin es posiblemente homosexual, pero cuando un alumno se atreve a preguntárselo delante de los demás, el profesor vacila, da un paso atrás y, sin perder las formas, lo niega. Lo contrario, seguramente, hubiera ocasionado demasiados problemas. Para los jóvenes, las palabras son un arma inmediata, o una ocasión para inventar agravios, o una máscara simple y divertida.

La clase no es un documental, sino una ficción construida sobre situaciones desencadenantes que no pueden ajustarse a los diálogos previos de un guión cerrado. El trabajo del film ha sido entonces explorar esas reacciones programadas pero no escritas. El rostro del profesor es el saco de arena que recibe los golpes, oscilando en busca del pensamiento que le permita dar la réplica adecuada ante cada exabrupto del alumnado. La paradoja que expone el film es la impotencia que aparece en las delicadezas del lenguaje del profesor. Los alumnos, por su parte, responden con automatismos y con la (relativa) garantía de hallar protección en la masa. Negado o inhabilitado para acceder a los matices, el joven utiliza las palabras del profesor para volverlas en su contra ante la aprobación de los compañeros. Hasta el punto de que un desliz verbal de Marin provoca una cadena de acontecimientos que termina con un consejo disciplinario contra Suleyman, un alumno díscolo pero inteligente que es expulsado y que, tal vez, deba regresar sin desearlo a su país de origen, Malí. Víctima y victimario intercambian papeles, pero finalmente es el hijo del emigrante quien sale despedido del sistema, a pesar de la defensa activa –y también culpable- de su tutor.

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Ignoro cuáles han sido las lecturas políticas que pueda haber originado esta película en Francia, aunque sí puedo afirmar que la respuesta de la crítica en Cannes fue, en general, entusiasta. Me pregunto hasta qué punto un film como La clase podría ser interpretado como una enmienda a la totalidad de los modelos educativos en las democracias modernas. En realidad lo es, pero en absoluto desde una perspectiva conservadora, a no ser que el pesimismo se juzgue como reaccionario de por sí. El optimismo progresista presupone la universalidad de una determinada educación democrática, al tiempo que silencia el hecho de que dominar un lenguaje culto es naturalizar el habla de la cultura dominante. Nos ronda entonces la sospecha irritante de que ningún sistema educativo pueda ser otra cosa que conservador. Más allá de que los alumnos perciban la enseñanza recibida como un fardo de cosas inútiles, es el propio lenguaje lo que no aceptan. Les es por completo ajeno, pero resistirse a él les convierte en analfabetos funcionales, es decir, políticos. La clase es una lección magistral sobre el inevitable pesimismo de la izquierda contemporánea más lúcida: entre los muros del lenguaje institucional y del lenguaje inmaduro de los jóvenes, el profesor se encuentra enmudecido. Uno y otro están hechos de automatismos y cansancio, y la libertad real sólo se alcanza mediante el matiz, el habla creativa, el discernimiento interminable. Mientras tanto, ¿qué han aprendido los alumnos al final de curso? No han aprendido nada.

* Este artículo fue publicado en el diario CANARIAS 7, el 21 de enero de 2009.

8 respuestas a La clase (Entre les murs) – Laurent Cantet (2008)

  1. J. dice:

    Magnífico comentario.
    La película plasma el gran desencuentro de la educación hoy, más en un país como Francia, dónde la escuela pública ha contado tradicionalmente con ser la gran vehiculadora de los valores laicos, ciudadanos y republicanos.
    Entre esos muros amenazantes -el punto de vista desde el que se muestra el patio del instituto parece tomado desde la torreta de una prisión- conviven dos esterilidades, la de enseñar y la de aprender, frente a la frustración de los profesores corre pareja la de los alumnos. Además, la película refleja perfectamente el burocratismo, y a veces el sinsentido, que rodea el hecho de educar hoy y la implacable máquina de poder estatal que está detrás de ello.
    En este sentido, los planos finales con el aula vacía creo que materializan perfectamente ese pesimismo, es el agujero negro que el curso que viene se tragará a la siguiente generación de alumnos que venga a rellenarla. La única esperanza es la posibilidad de que más adelante quizás brote algo de lo que allí se haya dicho.

  2. Jorge Pavez Jimenez dice:

    A mi me parecen de un gran optimismo las últimas imágenes de la pelicula. El aula vacía muestra, a mi juicio, que lo que tiene valor no es la clase como espacio donde recibir información, sino el recreo, en donde se encuentran alumnos y profesores libres para aprender y crecer.

    La película muestra una institución obsoleta en donde el sentido de educar se ha perdido. Se ha vuelto un ejercicio vacío, un gesto aparentemente bien intencionado, se muestra como una formalidad inútil, al igual que el de la democracia cuando los maestros tienen que votar por una decisión ya tomada de antemano.

    El optimismo está en el hecho de creer que es posible algo distinto, otro lenguaje que los niños y los adultos lentamente están comprendiendo, más rápido los niños que los adultos, por lo visto.

  3. Jorge O. dice:

    Ayer, después de mucho tiempo, fui al cine a ver “Entre los muros” o “La clase”, del director francés Laurent Cantet. No me quiero referir al argumento, a sus premios o a las críticas favorables que ya se han escrito. Quiero escribir sobre las reflexiones que me ha producido.
    Soy un docente maduro, de Mar del Plata, Argentina y desde hace varios años trabajo en el sistema educativo oficial. Quiero escribir sobre el múltiple fenómeno socializante de la educación.
    La educación pública en la historia cercana de mi país tuvo distintos períodos, con distintos objetivos desde el gobierno de turno:
    – 1870 – 1940: Se buscó extender la enseñanza elemental para conseguir una uniformación de la población ante el fenómeno de la inmigración europea. Saber leer era una habilidad envidiada. Cultura del folletín, el libro, el diario. Los gobiernos creyeron que necesitaban ciudadanos ilustrados y buscaron aumentar el capital humano.
    – 1940 – 1990: El mundo estaba dividido entre “los buenos” y “los malos”. En la escuela el maestro era el portador de los saberes, que eran entregados como herramientas a los alumnos para que estos se labraran un seguro porvenir, dependiendo de su sola voluntad. El progreso y el ascenso social eran posibles y aún seguros para los más capaces. Las actividades sociales eran múltiples y los clubes sociales y deportivos tenían mucha concurrencia, se hacían desfiles y reuniones públicas. Los gobiernos perdieron de vista a la educación como prioridad en los gastos.
    – 1990 – 2009: En el mundo cayeron el comunismo y el neoliberalismo. La globalización termina con las seguridades de fuentes de trabajo y los trabajadores cambian fácilmente de lugar de trabajo. Aumenta la informalidad y el trabajo “en negro”. La institución familiar se desmorona, por separación y/o divorcio de los padres, etc. En la escuela se busca teóricamente hacer posible el diálogo maestro – alumno. El aislamiento social de jóvenes y adultos está fomentado por el uso autista de la televisión, los juegos electrónicos, la informática y la decadencia de los servicios sociales de clubes y otros centros. Auge de las adicciones.
    Los gobiernos caen en la cuenta que cuando más ignorante y empobrecido es el pueblo, más fácilmente se lo maneja. No existe un modelo buscado de país.
    El sistema de formación de docentes está muy desactualizado.
    La Universidad pública no forma profesores adecuados para la función que les espera.
    Para afrontar la mayoría de las problemáticas actuales el docente argentino debe ser formado también como:
    – Tutor, asesor, escucha y confidente de sus alumnos.
    – Conocedor de la realidad social de cada familia.
    – Agente de prevención sanitaria.
    – Animador sociocultural.
    – Mediador en conflictos.
    A pesar de la crisis económica mundial actual, si el gobierno argentino quisiera mejorar la tarea educativa, debería:
    – Asumir la necesidad de la protección, formación y diálogo con los niños y adolescentes.
    – Reconocer la función socializadora de la escuela, que reemplaza y/o cubre múltiples carencias institucionales (familiares, sanitarias y sociales).
    – Aprovechar, potenciar, capacitar y favorecer la tarea de los maestros y las escuelas.
    – “Adoctrinar” y formar amplia y profundamente a los directivos de las escuelas según el modelo de alumno y de país que se busca conseguir.

  4. Queridos amigos: Os invito a compartir un vídeo, que fue filmado en mi intervención en el encuentro de educadores que tuvo lugar en Barcelona, con motivo de los talleres dirigidos por Noemi Paymal sobre Pedagogía 3000. Su título es “Educar más allá de las creencias: liberando al corazón”. A ver qué os parece…
    La dirección para acceder a él es: 

      Felices encuentros. Un cordial abrazo
                                          Carlos González
     P.D  Temática del vídeo:
    ¿Cómo puede un maestro empoderar a sus alumnos? O lo que es lo mismo:
    ¿Dónde está nuestro poder para cambiar las cosas que no nos gustan, para cumplir nuestros sueños….? ¿Por qué no podemos aplicar todo lo que hemos aprendido en seminarios y talleres? ¿Qué nos impide como educadores enseñar de otra manera? ¿Qué pasa con nuestro valor…? ¿A qué tememos y por qué…?
    No existe la cobardía, sino los obstáculos al valor
    Esos obstáculos están en nuestras creencias, muchas veces invisibles para nosotros mismos. Reconocerlas y saber jugar con ellas es la clave para ceder el poder al corazón, y conseguir el empoderamiento de nuestros alumnos o hijos.
    Para más información:
     ladanzadelavida12.blogspot.com

  5. mariana dice:

    Para ser una pelicula con tantas problemáticas cuáles podrían ser y por qué?

  6. malvina dice:

    Quiénes son los personajes principales de la película? Y cuáles son sus roles?

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