Festival de cine de Las Palmas – Jia Zhang-ke

Jia Zhang Ke: El chino corriente encuentra su defensor

Por Miguel Ángel Pérez Quintero

China se debate entre una voraz carrera sin retorno hacia el capitalismo y su ancestral devoción por la tradición y el inmovilismo. Tras permanecer encerrada en sí misma durante un buen puñado de décadas, intentó con los últimos Juegos Olímpicos de Pekín vender al mundo la idea de que ya no es aquel país arcaico sometido al dictamen de un grupo de viejos burócratas con espíritu de dictador. Pero no está tan claro que esto sea del todo cierto.

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En ese gigante asiático, como ocurre con cualquier país sometido a una dictadura, los efluvios de libertad individual fueron tan severamente reprimidos que en menos de lo que tarda una generación en dar paso a la siguiente se asumió como inmutable una peculiar forma de entender el pensamiento único. Los artistas e intelectuales, siempre viviendo en el complicado alambre de lo libertario, fueron los primeros que en China sufrieron los efectos de lo que eufemísticamente se denominó “Reeducación”. Se desperdiciaron toneladas de talento en forma de jóvenes cineastas que fueron expulsados de las grandes ciudades y obligados a pudrirse en aldeas remotas. Sin embargo, el cine chino ha sido capaz de generar artistas incluso cuando peor color tenían las nubes y así, en las últimas décadas, ha sido muy habitual contar en el palmarés de los más prestigiosos festivales internacionales con algún representante de las nuevas camadas de realizadores chinos, cuyo mérito no sólo ha radicado en ser capaces de construir un discurso estilístico propio, sino también en sortear con habilidad las trabas de la censura.

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Uno de esos realizadores es Jia Zhangke (Fenyang, Shauxi, China, 1970). Adorado por los circuitos de festivales y desconocido para el gran público, cada una de sus propuestas parece más arriesgada que la precedente, como si tuviese la necesidad de reinventarse en cada película, enhebrando saltos cada vez más difíciles hacia no se sabe qué vacío. Este cineasta chino acudió al Festival de Cine de Las Palmas de Gran Canaria a recoger un premio especial que festeja los primeros diez años de vida de dicho evento. Es este un festival pequeño pero que quiere ser consistente, y con una valiosa virtud, la de la anticipación: en 2006, y por primera vez en España, decidió dedicarle una retrospectiva a este realizador sólo unos meses antes de que el Festival de Venecia le encumbrara con un León de Oro por la que quizás es su obra más redonda, Naturaleza muerta (Still life).

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En persona Zhangke parece mucho más joven de lo que dice su pasaporte. A pesar de las veintidós horas de vuelo acudió a la cita con los medios de comunicación con ganas de hablar y mostrándose enormemente feliz por ser reconocido en un lugar tan alejado de su China natal. “La verdad es que es un gran honor. Sinceramente, estoy muy emocionado por recibir este premio precisamente aquí. Sé que este festival hace una gran labor para dar a conocer mi cine en España, y me resulta muy curioso y emotivo que hayan decidido darme un premio especial por su décimo aniversario el mismo año en que yo también cumplo una década como director”.

Quien haya podido degustar alguna de sus películas llegará con facilidad a la conclusión de que siente una enorme preocupación por la profunda transformación que está viviendo la sociedad china en los últimos años. De hecho, sus personajes están llenos de melancolía, como si no les quedase otra cosa que la resignación ante un país que quizás está cambiando demasiado rápidamente. “Es cierto. Desde que empecé a hacer cine hablo de esa constante, de la transformación rápida de la sociedad china y de cómo eso afecta a los individuos. Lo que de verdad me importa, lo que siempre intento mostrar son las dificultades que se encuentran día a día los individuos en su vida cotidiana. Por supuesto que intento analizar y comprender la situación de mi país ante las grandes transformaciones que está viviendo. En los medios de comunicación chinos  se habla a diario de los grandes logros derivados de ese desarrollo económico, pero no puedo mirar hacia otro lado cuando me doy cuenta de que esas mejoras están provocando duras pérdidas en la vida del chino corriente”.

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Alejándose frontalmente de cualquier vinculación con el rol de director del régimen, Zhangke no se contenta con mostrar en su cine una mirada crítica hacia su sociedad, sino que no se esfuerza por escurrir el bulto ante la insistente curiosidad al respecto por parte de la prensa occidental: “Uno de los mayores problemas de nuestro camino hacia el capitalismo es la rapidez con que se está produciendo y que termina por generar graves desfases entre unas regiones y otras. Es un desfase no solo económico sino también social.  Ese desarrollo ha terminado por beneficiar a unos pocos a costa de que la gran mayoría de chinos, trabajadores corrientes, tengan que pagar la factura de la transformación. Sufren jornadas de trabajo exageradamente amplias y pierden cuotas de protección social. Ellos no han ganado nada con el cambio”.

No obstante, esa nueva China le está permitiendo a Zhangke que su gente conozca sus primeros trabajos, reducidos en su momento como tantos otros a ser carne de festival ante la imposibilidad de sortear a la infranqueable censura china. Una vez que esos aires de capitalismo feroz refrescaron las ideas  de los gobernantes, éstos se dieron cuenta del enorme potencial comercial del cine. Comenzaron por facilitar las coproducciones y continuaron con ciertas concesiones a la hora de que se tratasen ciertos temas hasta entonces malditos. Sin embargo, parece que queda todavía mucho camino por recorrer. De hecho, el propio cineasta reconoce que “ahora mismo no podría hacer en China cualquier película que se me ocurriese hacer. Todavía hay censura, sobre todo frente a determinados temas prohibidos, como pueden ser la Revolución Cultural o la matanza de Tiananmen, pero también hay que felicitarse por el hecho de que incluso estos temas hayan podido tocarse de forma tangencial en algunas películas recientes. Al menos es un primer paso. Un necesario primer paso”.

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