Los abrazos rotos – Pedro Almodóvar (2009)

Por Amaury Santana

Los regresos de Almodóvar

Qué difícil debe de ser para un autor presentar una obra con un nivel tan alto de expectativas como el generado en todo nuevo trabajo de Almodóvar. Lo mismo debe de pensar Penélope Cruz volviendo a las pantallas sin apenas haberle dado tiempo a colocar el Oscar en la estantería. ¿Por qué iban a estar menos ansiosos los habitantes de Lanzarote ante el hecho de poder ver inmortalizados sus volcánicos paisajes?.

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Todo este cúmulo de esperas se salda con una película sumamente atractiva en su individualidad y de menor intensidad en el conjunto de las obras almodovarianas. Los abrazos rotos arranca fría y con una larga presentación de los personajes. Sólo después de los primeros quince minutos es cuando el espectador comienza a encontrar elementos que le introduzcan en la historia. Para ese entonces ya tenemos a Penólope Cruz en el papel de una secretaria que se prostituye para mantener a sus padres.

Pero en esta ocasión no se trata de una comedia, su registro es muy distinto a la de aquella Raimunda en Volver (2006). El tono dramático de su papel se mantiene comedido y sin demasiados matices psicológicos. El peso de su personaje consiste en ser objeto de deseo entre dos hombres.

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El deseo, auténtica constante del director manchego, comparte importancia en la historia con otra de sus pasiones: las imágenes. Casi desde un punto psicoanalítico, la imagen adquiere toda su fuerza como testigo de una verdad oculta. Son las fotografías y, en último término, una película inacabada, lo que ayuda al protagonista a reconciliarse consigo mismo y a asumir la pérdida de la mujer amada. También son unos vídeos lo que le permite descubrir al empresario, amante de Penélope Cruz, su pasión por otro hombre. Es mediante la grabación de esos vídeos como se reconstruye el accidente de la actriz y el cineasta. La posterior ceguera del director que ha perdido a su amante supone una de las metáforas más sugerentes del filme y un nuevo guiño con el que Almodóvar nos declara su pasión por el cine.

 

Algo más alejado de su habitual retrato del personaje femenino, son los hombres los que cobran mayor pulso narrativo. El papel de lo masculino en el filme se mueve entre las sombras del desconocimiento y la obsesión por saber. Su figura aparece debilitada por sus pasiones y necesitada de la presencia de la mujer alrededor para su cuidado. El personaje de Blanca Portillo se convierte en los ojos del director ciego y es la que conoce secretos del pasado que él ignora.

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La galería almodovariana de personajes excéntricos regresa dotando a la historia de puntos cómicos en situaciones secundarias que son sello inconfundible de su director. También su moral. Personajes que aunque exagerados y marginales no representan una ruptura social. Su diferencia provoca sufrimiento pero nunca la exclusión total. Nuevamente, el amor aparece como el elemento que les une y les integra al resto de la sociedad.

En definitiva, un poco de todo de lo Almodóvar que, en el caso de los maestros, ya es más que suficiente.

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