El nadador (The swimmer) – Frank Perry (1968)

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo,

lleno de peripecias, lleno de experiencias.

K. Kavafis

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Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan: “Anoche bebí demasiado, así comienza “El nadador”, el alegórico y turbador relato de John Cheever que sirve de base a la película del mismo título dirigida por Frank Perry. Por contra, el film introduce el elemento desasosegante desde el mismo principio, cuando, mientras se sobreimpresionan los títulos de crédito, se muestran planos de un campo oscuro y otoñal (las hojas caen, los árboles tienen las copas marrones y muestran sus ramas desnudas), varios animales (sucesivamente: un ciervo, un conejo, un búho y una bandada de aves) huyen al paso de una presencia que se nos esconde, pero de la que vemos, y oímos, signos del avance de sus pasos entre las tristes notas de la música compuesta por Marvin Hamlisch. Finalmente, la cámara se eleva y vemos aparecer, de espaldas, a un fornido Ned Merrill/Burt Lancaster ataviado con un escueto bañador. Seguimos al protagonista hasta que se abre el plano y nos adentramos en el soleado jardín con piscina de una casa en el campo en un magnífico día; Lancaster se tira a la piscina al tiempo que la cámara se posa en la rama de un árbol.

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Imbuido de un poderoso entusiasmo y de una energía envidiable, Merrill tiene la excéntrica ocurrencia -alocadamente absurda y genial para un hombre de su edad- de aprovechar el fantástico día para encaminarse -nadando- hacia su casa a través de las piscinas de sus amigos y vecinos, que viven en las afueras de Connecticut, surcando un río imaginario que denominará Lucinda, en honor a su mujer, e iniciando -como el Marlow que remonta el río Congo o un Ulises moderno- un verdadero periplo físico y espiritual.

En estas escenas iniciales entran en danza algunas de las constantes del film, tanto materiales: la relevancia del clima, del cielo y el paisaje, del agua y las piscinas (esas que, según O.Welles, fueron durante la Caza de brujas la causa de la traición de la izquierda estadounidense); como inmateriales: el halo de misterio que envuelve al protagonista (ha estado ausente una temporada y responde con evasivas a las preguntas que le formulan sus amigos), la melancolía respecto de un pasado mejor, más sano e ingenuo, unas amistades mundanas, endogámicas y decadentes, el constante ambiente de flirteo con las mujeres y la omnipresencia de la cháchara, el dinero y el alcohol (verdadero río subterráneo que -en forma de martini, ginebra o champán- no para de fluir a lo largo de todo el metraje).

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La película se articula de forma episódica en torno a los diferentes encuentros que experimenta el protagonista en su travesía hacia casa. En todos ellos, generalmente con personajes femeninos como contraparte, vamos descubriendo nuevos aspectos del pasado y de la personalidad del enigmático protagonista; la mayoría en abierta contradicción con su presente encantador, luminoso e inocente (en dos ocasiones recita frases del Cantar de los cantares/Cantar de Salomón y menciona su pasado como boy scout). Pronto se pone de manifiesto el contraste, el choque, entre un Lancaster puro e idealista (quizás por ello sus amigos le denominan con un infantil Neddy), desprovisto de toda posesión salvo su bañador (del que, por cierto, también se despoja en una ocasión), con una meta concreta en la vida (por peregrina que sea), y las artificiales e hipócritas existencias de sus acomodados y alcoholizados vecinos (“Los amigos no desgravan” dice uno de ellos), que parecen mantenerse en un estado de fiesta permanente, eternamente frívolos, sonrientes y socializantes. Sin embargo, al mismo tiempo, queda patente la reacción de extrañamiento que Merrill provoca en ellos, los gestos, las miradas significativas que levanta y las conversaciones truncadas a su paso; así como van aflorando claroscuros en su pasado, pero también en su presente (su actual personalidad arrolladora, su carácter soñador y la facilidad de empatizar contrastan con un individualismo feroz), y, simultáneamente, asistimos a una sutil y progresiva acumulación de sospechosas incoherencias (plantas que florecen fuera de estación, árboles pelados, piscinas vacías, casas en venta, promesas incumplidas).

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En uno de esos encuentros Ned tropieza con Julie Ann/Janet Landgard, una adolescente, antigua niñera de sus hijas (junto con el posterior con su ex amante, dirigido por S. Pollack, es uno de los fragmentos más ilustrativos), que se suma a su aventura, acompañándolo parte del trayecto, como un escudero entusiasta, espejo de su ingenuidad. A la par, resulta el báculo perfecto e inmaculado para su masculinidad herida y contumaz. No debemos olvidar que a lo largo del film se repiten de forma poco sutil -casi sonrojante- las comparaciones ecuestres (desde la aparición de un semental en las ensoñaciones de Merrill -con el que llega a medirse, corriendo junto a él-; a, incluso, imitar a un caballo haciendo un recorrido por una pista de saltos). Precisamente, tras lesionarse en ésta y aprovechando la confesión de Julie sobre su enamoramiento infantil, Merrill despliega un desmedido y latente afán que, en pleno delirio protector, se traduce en un brusco intento de besarla; a lo que ella responde huyendo desbocada. Este episodio es determinante, pues marca el comienzo de su particular via crucis penitencial hacia una redención imposible y se convierte en la prueba evidente de su desconexión física y mental con el mundo que le rodea.

No obstante, Merrill -obcecado a pesar de los malos presagios- continúa su singladura de forma más pausada, pero cada vez más penosa  y accidentada. Así, renqueante, sube a un coche conducido por el único negro que aparece en todo el film, un chófer al que -en el colmo del rancio tópico wasp– confunde con su predecesor (abundando en el paternalismo condescendiente, Merrill resalta que aquel destrozaba el inglés, alaba su voz y coincide -sin percatarse de la hiriente ironía- en que tenía “un innato sentido del ritmo”). En la siguiente piscina ya no se lanza de cabeza, sino de pie, y nada de espaldas mientras los propietarios mencionan: “ha vuelto en sus cabales”. El sol se va poniendo, las sombras se alargan, tiene frío, tirita, nada en una piscina vacía, los encuentros se vuelven cada vez más irreales, hirientes e incluso violentos, hasta que es agredido y humillado por el último vecino (un nuevo rico al que despreciaba) antes de llegar a la casa de su ex amante; que también le golpea en varias ocasiones, una de ellas mientras trata de besarle los pies (un truco que, sin embargo, al comienzo del film era celebrado con coquetería, como también ocurre con su brindis entusiasta la primera vez que lo utiliza).

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Para ese momento el viaje se ha tornado pesadilla: ya no brilla el sol, el camino está plagado de sapos, hojas marchitas y de charcos enfangados. Incluso el agua parece haber perdido toda cualidad redentora y vigorizante para convertirse en un medio turbio y hostil; ni siquiera puede volver a nadar como solía. Arrastrándose como un fantasma, Merrill/Lancaster es confrontado por Shirley/Janice Rule como el hombre que le arruinó la vida debido a su hipocresía, su falta de escrúpulos y su cinismo de perfecto padre (de unas hijas que en realidad le desprecian) y esposo (de una mujer castradora a la que no amaba, pero que tiene todas las propiedades a su nombre). A pesar de manifestar su arrepentimiento, de pedir perdón y de insistirle en que se vaya con él, Merrill no consigue quebrantar la voluntad de Shirley. Tampoco puede conservar la dignidad e insiste en saber quién es su amante actual y si es mejor que él en la cama. Así, imposibilitado para escapar de su sino de Don Juan de los suburbios, intenta seducirla sin éxito hasta el último momento. Durante este episodio también nos apercibimos de que Lancaster ha estado ausente durante al menos tres años.

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El último obstáculo antes de alcanzar su objetivo (llegar a la gran casa familiar, con piscina y pista de tenis: la propiedad inmobiliaria paradigma del sueño burgués por antonomasia) pasa por un baño de multitudes populares en una hipermasificada piscina pública de pesadilla (una verdadera sopa de fideos humanos, un auténtico aquelarre), la antítesis de las despejadas piscinas de aguas claras y ultrafiltradas de sus adinerados amigos. Allí, todavía le espera un último rechazo, o una cadena de ellos, (tiene que rogar para poder entrar, al igual que para que le paguen la entrada, es obligado a ducharse y a lavarse los pies una y otra vez (mostrando los dedos de los pies como si fuera un colegial) y, nuevamente, es confrontado y humillado por su pasado, por aquellos que unos años antes le atendían con respeto y servicialidad); y una última imposibilidad (apenas puede dar una brazada sin ser pisado, empujado y sentirse ahogado en semejante lodazal calentorro, contaminado y claustrofóbico). Las fuentes del “río Lucinda” no resultan ser las aguas claras que podría haberse esperado al inicio de la aventura, como ni Merrill, ni la propia Lucinda, son lo que parecían al comienzo del film. De hecho, la esposa, Lucinda, resulta más que el objeto de su amor, una idea desconectada de la realidad, un simple mantra, un lugar común, una cáscara vacía que Lancaster emplea a conveniencia (p.e. como excusa para eludir una invitación a cenar).

El infructuoso viaje de Merrill/Lancaster hacia la abandonada casa familiar donde no le espera nadie (sino la lluvia -el agua en su nueva faceta impura- que, de nuevo, todo lo enfanga) le reduce a la desesperación, al llanto, a la condición de bebé desamparado. Por ello, al finalizar el film hemos asistido al metafórico -e imposible- regreso de un hombre a la seguridad del seno materno. Merrill ha completado un recorrido vital inverso al habitual. De la seguridad y la plenitud que -a veces- se alcanza con la madurez (o la vejez) con la que se muestra al principio, a la inseguridad y el llanto desesperado del bebé al ser expulsado del vientre materno que muestran las desesperanzadas y sorprendentes (pero coherentes) escenas finales; pasando por sucesivas etapas de juventud, adolescencia y niñez. Un viaje simbólico hacia el vientre materno ancestral que, como no puede ser de otra manera, se realiza a través de un elemento como el agua, trasunto del líquido amniótico que nos retrotrae al seno universal, y que no puede sino resultar en vano, siempre truncado. No hay redención posible, la vida es cruel, no concede segundas oportunidades.

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No podemos terminar sin resaltar la excepcional composición de “el hombre en crisis” que un omnipresente Burt Lancaster, espléndido y crepuscular (progresivamente más desorientado y vulnerable), personifica a través de su rostro, pero también de su cuerpo y de su piel. Un rol que tiene sus antecedentes en su personaje del Príncipe Salina en El gatopardo (Il gatopardo, L.Visconti, 1963) y que volverá a retomar en Confidencias (Gruppo di famiglia in un interno, L.Visconti, 1975) o Atlantic city (L.Malle, 1980). No olvidemos que Lancaster está instalado para siempre en el imaginario colectivo como paradigma de la fisicidad masculina, atlética y acrobática en films como El halcón y la flecha (The flame and the arrow, J. Tourneur, 1950) o El temible burlón (The crimson pirate, R. Siodmak, 1952), junto a su inseparable y silencioso compañero Nick Cravat, o pura y simple fisicidad animalesca, como en la escena de la playa con Deborah Kerr en De aquí a la eternidad (From here to eternity, F. Zinnemann, 1953), donde también aparece ataviado con un bañador.

En definitiva, el film, a pesar de contar con una dirección más bien rutinaria (Perry fue despedido antes de terminarla) y de ser en ocasiones demasiado pedestre en el empleo de los símbolos y metáforas, cargante con los sfumatos en los momentos oníricos y repetitivo en los paseos/transiciones por los bosques, constituye un magnífico ejemplo, por un lado, de la crisis del hombre blanco suburbial norteamericano, un retrato del macho narcisista en pleno crack vital e incluso histórico; y, por otro, fiel reflejo del cuestionamiento del modelo social, económico y cultural que, con respecto al sueño americano, se estaba produciendo a finales de los sesenta debido a los cambios políticos, sociales, sexuales, etc. Así, podemos emparentar El nadador con films como El compromiso (The arrangment, E. Kazan, 1969), Conocimiento carnal (Carnal knowledge, M. Nichols, 1971), La tormenta de hielo (The ice storm, A. Lee, 1997), Lejos del cielo (Far from heaven, T. Haynes, 2002) o, más recientemente, Revolutionary Road (S. Mendes, 2007).

29 respuestas a El nadador (The swimmer) – Frank Perry (1968)

  1. mario dice:

    Muy bueno el análisis, aunque nunca entendí si Lucinda y las hijas ya no estaban o lo habían abandonado. Gracias

  2. misteriosoobjetoalmediodia dice:

    Gracias a ti, Mario, por el comentario.
    Entiendo que en el momento en que transcurre la acción Lucinda y sus hijas ya lo han abandonado, de ahí la crisis del protagonista.

  3. Carlos Javier dice:

    Gracias por el análisis, me ha aclarado muchas cosas. Siempre me fascinó la poesía de esta película y sabía que escondía un hondo significado. Por cierto, que existe un anuncio de “Levis” años 90 claramente inspirado en esta película.

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Hola Carlos Javier, muchas gracias por pasarte por aquí y por tus palabras, me alegro de que el artículo te haya resultado de utilidad para disfrutar mejor de la película. Y respecto a lo de Levi’s, es cierto, hace tiempo realizó un spot basado en El nadador.

  4. Antonio dice:

    Hola, gracias por aportar tantos matices. Sólo una cosa, dices que su objetivo es alcanzar la gran casa familiar con piscina y pista de tenis. Pero ateniéndome a la conversación con el matrimonio de la piscina del filtro 99,99%, creo entender que él no tiene piscina. De hecho, a partir de este detalle, pienso en el valor añadido que le puede dar a lanzarse en estas piscinas que él no posee. No sé, tal vez estoy totalmente equivocado. Por otra parte, y aunque tal vez no sea significativo y la obra nada aporte sobre estos detalles, pero, por si se me ha escapado, me gustaría saber de dónde puede aparecer después de tres años y con tan sólo un traje de baño; quién es el hombre superior que actuó tan despreciablemente contra él (un nuevo marido para su mujer)? Muchas gracias.

  5. Misterioso objeto al mediodía dice:

    Hola Antonio, muchas gracias por compartir tus apreciaciones. Tanto la película como el relato dejan en suspenso la explicación de dónde, por qué y cómo surge el protagonista en bañador. Este dar por sentado semejante apriorismo contribuye a formular una lectura más bien metafórica del film en el que el motivo de la ausencia sólo puede ser intuido: quizás el divorcio, una posible enfermedad mental…
    Un saludo.

  6. […] alguna curiosidad, al igual que la otra oferta propuesta por Film Comment, un film del director de The swimmer, Frank Perry, el drama sobre una actriz (Tuesday Weld) que deambula perdida en los márgenes de la […]

  7. Rafael dice:

    Acabo de ver esta pelicula, extraña, enigmática e insospechada. Brutal interpretación de Burt Lancaster y, aunque pueda haber sido caótica en la realización y dirigida de modo mediocre, parece que este mismo hecho ha coincidido con la esencia de la historia: deslabazada, decadente y derrotista. El mérito parece estar en el autor de la novela original, (John Cheever) que posee esa lucidez de los mejores autores americanos, que retratan con cortante fidelidad la realidad de su tiempo. Y el pretexto, un diez: un tipo que va nadándose su historia por las piscinas de su vida de lujo, mentira y fracaso.

    Bravo tambien por la detenida y profunda reseña de este blog.

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Hola Rafael. Muchas gracias por tu comentario y tus palabras. No he leído el cuento de Cheever, pero tienes razón en lo que concierne a su lucidez y derrotismo.

      Un saludo.

  8. Kaplan dice:

    El cine es así. Hay películas que no tienen expliación coherente, ni la necesitan. Tienen vida propia, encanto inexplicable, poesía, intensidad, magia. Lo de Burt Lancaster es impresionante, un señor de 55 años, con una carrera asentada y llena de éxitos, arriesgándose a un “experimento” como este, actuando desnudo (nunca mejor dicho) durante dos horas, mostrando todo tipo de matices, virilidad, ternura, desamparo. Por último, a destacar la banda sonora de Marvin Hamlisch, llena de matices y perfectamente adaptada a esa sensación decadente y onírica que la película nos transmite.

  9. Hola, k tal, llegue aca xk estaba buscando bajarme la peli, ya k es algo k me kedo de chico, hoy 41, y aprovecho para comentar k es muy interesante el analisis. Lo k me impacto en su momento fue el final, el llegar y no encontrar a nadie. Me kedo grabado de chico. Por eso la curiosidad y luego tambien el desprecio, cosas k recuerdo tmb me pasaron y seguramente algo normal xra mas de uno. Esto es digno de mas de una charla con el psicologo. bue. Felicitaciones x esta pagina. Salu2.

  10. omar seijas dice:

    Excelente análisis de una película que particularmente me resultó conmovedora, la síntesis del éxito con el fracaso.

  11. joe dice:

    Hay una parte que no comentas en tu artículo que me parece interesante y me gustaría conocer tu opinión sobre ella. Es la escena en la que nada como un niño en una piscina sin agua, y en la que luego vuelve a la piscina pensando que el niño se puede matar ¿es una imagen de un posible intento de suicidio previo del protagonista?
    Gracias por el artículo

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      No lo sé, creo que, por un lado, la piscina vacía forma parte de los obstáculos que progresivamente van dificultando su ‘misión natatoria’ y, por otro, representa un encuentro con lo ingenuo e infantil, con el agua imaginaria…
      Gracias a ti por el comentario.

  12. Carlos Eduardo Rossito dice:

    Mil gracias por sus comentarios. Hoy en dia mi edad es 63. Vi la película cuando tenía 20 y empezaba a manifestarse en mi la angustia existencial. Me causó un gran impacto y por supuesto, no la comprendí, dejándome grandes dudas e inquietudes. Ayer por casualidad escuché la música del film y traje a la memoria su mensaje a la luz de mi experiencia actual, que sumado a los comentarios de ustedes, finalmente la he comprendido. Para mi gusto una de las mejores películas norteamericanas de todos los tiempos. Muchas gracias.

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Gracias a usted por participar y por su comentario. Me alegro de que le haya servido lo que se ha publicado aquí.
      Saludos

  13. Santi dice:

    Ayer pasaron la película por TCM y me atrajo por tres elementos: la actuación de Burt Lancaster, el tema de la natación -yo tampoco tengo piscina y me gusta ir a la de los amigos- y el año de la película, ya que nací un año después.

    Me sorprendió no haberla visto antes y, es curioso, mi padre se dió cuenta mucho antes que yo de que el protagonista pasaba por una situación de dificultad económica, que por cierto no deja de negar cada vez que surge el tema. El análisis que haces me ha ayudado a clarificar algunos porqués. Un saludo

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Me alegro, Santi, de que te haya gustado la peli, creo que es más apreciada ahora que tiene una cierta vida televisiva, que entonces, y que el comentario te haya servido para apreciarla.
      Saludos

  14. jaume dice:

    Acabo de per la película, creo que Frank Perry realiza un trabajo excepcional, obra maestra. La actuación perfecta.

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Desde luego que esta película, tal vez por su aliento metafórico, es la más relevante, o la que más vuelo tiene, de la filmografía de su director.
      Saludos.

  15. Rafel dice:

    Excelente análisis de una muy interesante película. Desasosegante, filosófica, ácida y de una modernidad absoluta. Fascinante la interpretación de Burt Lancaster.

  16. José Pérez dice:

    En el fondo todos queremos nadar, correr al lado del caballo, tener el tipo de Lancaster (insuperable actuación) y cortejar a las mujeres.
    Magnífica película. No estoy de acuerdo en que la dirección sea mediocre. Esto es puro cine con mayúsculas…cine, cine, cine… más cine por favor….
    La ví a los diecisiete años y me inquietó. Ahora con cincuenta y siete me ha encantado.
    Estas películas de culto hay que saborearlas lentamente como “Tasio” o “El desencanto”. No hay nada evidente, qué maravilla de lenguaje no verbal.
    Buen análisis el de la página. Enhorabuena.

  17. Aurelia dice:

    Vi tres veces esta pelîcula y no comprendí nada de nada, pero gracias a los comentarios que leí tranquilamente podré verla una vez màs y comprender mejor el aspecto psicolôgico del rol del artista e interpretar cada acto y detalle, esperemos.

  18. Darío dice:

    No sé si lo notaron, pero el autor del cuento, John Cheever, hace un cameo en el film, muy breve por cierto. Es al comienzo, luego de que Ned comienza a pasearse por las piscinas de sus amigos junto a Julie Ann.

    Saludos! Gran blog.

  19. Rufus dice:

    Excelente pelicula y excelente analisis, creo haberla visto la primera vez a los trece o catorce y de verdad me dejo impactado, se siente esa especie de tristeza que va en ascenso, de hecho en mi ingenuidad de aquel entonces me preguntaba por que no se habia devuelto a la primera piscina, y te felicito por el analisis muuy bueno de verdad.

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