Entre copas (Sideways) – Alexander Payne (2004)

Pues que experimento un regocijo inmenso cuando caigo / En el gaznate de un hombre consumido por su labor, / Y su cálido pecho es una dulce tumba / En la cual me siento mucho mejor que en mis frías bodegas. Ch. Baudelaire, Las flores del mal

 

Entre copas fue la película “independiente” revelación del año 2005, nada extraño si nos percatamos de que detrás del proyecto se encuentra Fox Searchlight. Esta filial de 20Th Century Fox es la productora/distribuidora responsable de casi todos los últimos éxitos de ese sector de la industria del cine que se estrena -real o pretendidamente- bajo la etiqueta de indie: desde las recientes Slumdog millionaire (Boyle, 2008) y The Wrestler (Aranofsky, 2008) a Juno (Reitman, 2007), Once (Carney, 2006) o Pequeña Miss Sunshine (Dayton/Faris, 2006) en pasadas temporadas.

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Sin entrar a valorar qué pueda ser hoy, o qué se puede entender por cine independiente nortemericano (si es que tal cosa fuera remotamente posible surgiendo del mismo seno de su industria cinematográfica), lo cierto es que, por un lado, constituye el cajón de sastre estratégico organizado por esa misma industria hollywoodiense para colar supuestas películas “serias” de bajo presupuesto y, por otro, se ha convertido en una marca de lo más rentable puesto que, frente a las grandes apuestas/productos diseñadas por las majors para cada temporada (que en caso de fracasar ocasionan un descalabro económico de grandes proporciones para sus respectivas cuentas de resultados anuales), las películas indies suelen ser apuestas/productos infinitamente más beneficiosos y seguros.

 

Resultaría demasiado sencillo comentar Entre copas explotando el elemento enológico como línea conductora, incluso empleando las metáforas oportunas, calificándola como un vaso de buen vino, ácido en boca, pero con cuerpo y un regusto final afrutado. Lo cierto es que la película no constituye un hito, ni una revelación cinéfila, pero sería absurdo -e injusto- exigirle semejante cosa; pues, hoy en día, qué película comercial lo es. Además, en ningún sitio está escrito que todo film deba implicar una innovación artística o deba suponer un reto para el espectador; puede que incluso resulte saludable que no sea así.

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Sin embargo, a pesar de que Entre copas carece de lo que Barthes calificaba en La cámara lúcida como punctum, al menos sí goza de cierto studium. Si quiera sea porque su director es de los pocos que conservan el derecho al montaje final, por la elección de un reparto de -entonces- desconocidos (gracias a él Giamatti ha transitado hacia proyectos de categoría A) o porque se trata de una película de guión, de personajes, retratando a algunos con cierta densidad, lo cual siempre es de agradecer. El caso es que Entre copas es un film construido a la manera tradicional, tanto en su forma (una dirección nada marcada, provista de un lenguaje/montaje invisible; salvo la peculiaridad injustificada de la pantalla partida), como en la estructura (un viaje lineal, iniciático, con personajes que evolucionan a lo largo de la película) y un tema igualmente tópico: el amor, la dificultad de las relaciones interpersonales, sexuales y amistosas, entre hombres y mujeres y de todos entre sí, y la consabida crisis de los cuarenta del hombre occidental que, desde mediados del siglo XX, viene reiterándose en sí misma, o como telón de fondo, en infinidad de películas. Pero, quizás lo más interesante del film sea que está recorrido subterránea y sutilmente por un elemento distorsionador que puede pasar desapercibido: la mentira.

 

La película tiene una construcción circular, se abre y se cierra -desde y hacia la oscuridad, respectivamente- con sendos fundidos en negro frente a una puerta; si bien en la primera el protagonista aguarda pasivo en el interior de su casa, mientras que al final, ese mismo personaje, se ha puesto en movimiento para ir a tocar a una puerta ajena. En esta elipsis asimétrica se resume perfectamente la evolución vital sufrida por el personaje principal a lo largo del film. Acto seguido entra en escena la mentira: Miles se excusa telefónicamente, encubriéndose tras ella, por llegar tarde a una cita. Si para Miles la mentira tiene una utilidad limitada o funcional, para mantener el tipo en lo social (a pesar de que se las dispensa a su propia madre, a la que además sisa), en el caso de su amigo Jack es orgánico, fisiológico. Jack es un verdadero profesional de la mentira, no olvidemos que es actor (si bien en horas bajas), con lo que su vida es pura farsa, resulta imposible saber hasta qué punto su discurso y la expresión de sus sentimientos (sobre todo cuando tiene público, y más cuando éste es femenino) son sinceros o pura impostura. Por lo tanto, a través de Jack la mentira se hace carne de forma cuasi-perfecta. Tal es así que, aunque se va a casar en menos de una semana, concibe el viaje vinícola, en realidad, como fachada para encubrir la última posibilidad de disfrutar de algún escarceo sexual antes del matrimonio. En consecuencia y, con el fin de alcanzar su objetivo, Jack se encargará de ocultar y hacer ocultar este dato significativo.

Los personajes masculinos no sólo están contrapuestos entre sí (el uno -Miles- es pequeño, feo, inseguro y raro, el otro -Jack- alto, atractivo, seguro y desenvuelto), sino que también se mienten entre sí (aunque sin consecuencias, tal vez porque en lo masculino la mentira se dé por hecho, esté institucionalizada). A lo largo de la película observamos cómo la mentira se convierte en un muro -un obstáculo- que separa a los seres humanos y les impide establecer -sobre todo entre géneros- relaciones verdaderas, únicamente puros simulacros. Miles sólo habla sinceramente cuando lo hace sobre el vino. Resulta curioso como la falsedad, la excusa o la coartada, se construye hasta un punto de perfección técnica que exige, en pro de su verosimilitud, acomodar a ella la propia realidad, llevándola hasta sus últimas consecuencias; incluso realizando sacrificios personales o materiales (como ocurre con el falso accidente del coche de Miles).

 

La antítesis de la mentira en torno a la cual la pareja protagonista organiza su vida está representada, si bien con un carácter secundario y subordinado (también intolerablemente reduccionista y unívoco o paternalista), por los personajes femeninos (Maya y Stephanie), incluidos aquellos con menos peso (la madre de Miles, su ex mujer y Christine). Por regla general (no olvidemos que Maya luce un falso anillo de casada mientras trabaja), todas ellas establecen relaciones francas, directas y sinceras; p.e. Stephanie reconoce la poca calidad del Cabernet franc elaborado por la bodega en la que trabaja, en la primera cita les invita a su casa y no esconde que tiene una hija; su ex mujer, la causa de su depresión, le confiesa en cuanto se ven que está embarazada de su nuevo marido; incluso, la camarera que se ha acostado con Jack le confiesa a su pareja esta circunstancia. Tal es su compromiso con la palabra que Stephanie, cuando se entera de que Jack se va a casar (Maya no le oculta este dato a pesar del dolor que pueda causarle), le confronta con un “me dijiste que me querías”, mientras le golpea con un casco salvajemente (la escena tiene un aire cómico que, irónicamente, sería imposible si quiera imaginar a la inversa).

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La institución de la falsedad como instrumento social de uso común lo impregna todo, desde el estado, los gobernantes y la práctica pública, hasta los medios de comunicación y la práctica privada, como una telaraña, o un cáncer crónico, tolerado e imposible de curar. En la sociedad actual parece que los grandes discursos, las grandes ideas, ya no tienen cabida, carecen de atractivo alguno; así, en cierta escena se escucha de fondo una poderosa secuencia de Las uvas de la ira (J.Ford, 1940) y la única reacción que genera en los protagonistas es la indiferencia (y ganas de comer). Significativamente, en otro momento del film, la televisión muestra imágenes de un documental dónde aparece Hitler, paradigma histórico del mal, la mentira y la manipulación de la palabra, y en otro, aparecen dos de los más grandes y nefastos embusteros de la historia reciente, G.W. Bush y D. Rumsfeld. Sin embargo, en una solución pesimista y posmoderna, coherente con esa telaraña insoslayable, la película no condena la mentira pues, a pesar de todo, Jack (que en el fondo no deja de ser un personaje simpático, hijo de los tiempos, esclavo de sus instintos) continúa viviendo en ella su vida sin sobresaltos. La única salida es un cambio individual, como el de Miles, si bien resulta previsible y elemental (al fin y al cabo sigue siendo un hombre de la palabra, casi un “pre moderno” para los cánones norteamericanos -profesor de literatura, escribe, cita a Bukowski, no tiene móvil y conduce un coche europeo-) y excesivamente simplista, pues está provocado por factores exógenos, por un tercero, nada menos que por el amor; perenne Deus ex machina humano (pero no por ello menos poderoso o auténtico).

2 respuestas a Entre copas (Sideways) – Alexander Payne (2004)

  1. Miguel dice:

    Esperaba ansioso este “post” pues, si bien la película no me dejó demasiada huella (ni positiva ni negativa), estaba seguro de que, gracias a tu comentario, sería capaz de valorarla de nuevo. Y, de apreciarla mejor.

    No deja de sorprederme tu facilidad para desgranar cada detalle, cada idea, cada mensaje…

    Enhorabuena, misterioso.

    P.s.: Espero que algún día sí entres en materia sobre el cine “independiente”.

  2. J. dice:

    A mi me pasó lo mismo cuando la vi en el cine. Me resultó curiosa por la insistencia vinícola (las ventas de la variedad pinot noir se incrementaron muchísimo en los EEUU) pero la encontré más bien simple.
    La película no deja de ser una road movie de redención, o salida del pozo sentimental, gracias al vino (aunque sea indirectamente); bastante condescendiente, por cierto. Si bien resulta curiosa la relación con la mentira y su contraposición con el dicho “in vino veritas” que la recorre. En este sentido, es significativo que Jack -una vez que ha sido descubierto por Stephanie- se revele como bebedor de cerveza. También que (en esa misma escena) la única vez que no se nos muestren las imágenes que emite la televisión sea el discurso final de Las uvas de la ira; tal vez porque la televisión lo mezcla y lo contamina todo.

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