El precio del poder (Scarface) – Brian De Palma (1983)

Todo se reduce a una cosa: no subestimes la avaricia del otro y no te coloques con lo que traficas. El precio del poder

Si El precio del poder puede ser definida con una sola palabra, esta es “exceso”; tanto por su duración, sus decorados imposibles y la música hortera (gracias a Giorgio Moroder), como por su manierismo visual, la orgía de tiros y violencia y por la propia interpretación desatada de Al Pacino.

No puede entenderse la adaptación y puesta al día de uno de los clásicos fundacionales del cine de gángsteres, Scarface, el terror del hampa (H. Hawks, 1932), si no tenemos en cuenta que su concepción, gestación y rodaje tuvo lugar en el contexto histórico del comienzo de los años de la abundancia, el boom económico y la exaltación del hipercapitalismo brutal que se desencadenó durante la presidencia del nefasto Ronald Reagan. Así, este film, que es más el resultado de la intervención de su productor, Martin Bregman, y de su guionista, Oliver Stone, que de su director (de hecho De Palma se incorporó al proyecto tras la salida de Sidney Lumet, descontento con el cariz hiperviolento que tomaba, ya bien avanzada la preproducción), en realidad, y siguiendo las pautas del relato clásico del ascenso, apogeo y decadencia de un personaje protagonista, muestra un afilado y descarnado retrato de la ambición y la obsesión por el dinero fácil y sin escrúpulos que marcaron aquellos años.

De nuevo es un inmigrante, Tony Montana/Al Pacino, esta vez un hispano (actualizando el origen del protagonista conforme a los nuevos tiempos, pues el Tony Camonte hawksiano era italiano), el que representa el ansia de triunfo, riqueza y éxito que configuran el sueño americano. Como ocurría en los orígenes del cine negro con las películas de gángsteres, son los criminales como Montana quienes con su audacia y tenacidad encarnan a la perfección el mensaje de éxito a toda costa que destila como subtexto el sistema económico en el que vivimos insertos. Esta idea se manifiesta en reiteradas ocasiones, e incluso se subraya a lo largo de la película cuando, como también ocurría en Scarface, se repite el lema que hace suyo Montana: El mundo es tuyo. Sin embargo, en este caso con la pequeña diferencia de que su tesón y emprendimiento están orientados al crimen, el tráfico de drogas y el asesinato. Debe ser que como Montana no es un WASP, permanece ajeno a la ética protestante del trabajo, la disciplina y el esfuerzo que supuestamente funda el capitalismo anglosajón. En realidad, a Montana, como le ocurre a la inmensa mayoría de los inmigrantes no cualificados, el único espacio que le tiene reservado, la única oportunidad laboral que le espera en el supuesto paraíso del mundo desarrollado es ocupar un puesto en lo más bajo de la escala social, como rápidamente tiene oportunidad de comprobar con el trabajo que le espera cuando sale del campo de refugiados cubanos: freganchín en un grasiento snack (irónicamente llamado El paraíso) que, como no puede ser de otra manera, para acentuar el carácter eminentemente dual y esencialmente injusto de nuestra sociedad, se encuentra frente a un despampanante club nocturno en el que el derroche, el lujo y el más puro hedonismo son la norma. En cualquier caso, queda bien patente que su actividad criminal no es más que una variante (bastarda, pero legítima -una más-) del sistema económico occidental puesto que, como se muestra en la película, el propio aparato estatal, p.e. a través de la CIA (así quedaría demostrado sin género de dudas años más tarde cuando se desveló el escándalo IránContra) y bancario no sólo lo tolera, sino que incluso lo promueve y se alimenta/lucra de sus actividades lícitas. En el fondo, Montana no es más que un aplicado emprendedor, pues se limita a poner en práctica (literalmente, sin contemplaciones, ni mayores escrúpulos morales) la pura doctrina capitalista, que resume su filosofía vital (y moral) en los dogmas de la libre competencia y la maximización del beneficio.

Tal es el nivel de interiorización (pura alienación en realidad) y empeño en conquistar el éxito por parte de Montana que todo lo que mira lo ve única y exclusivamente en términos de precio, poder y propiedad; incluso su relación con Elvira/Michelle Pfeiffer está basada en estos limitados parámetros. Por el contrario, su amigo Manny/Steven Bauer se mueve también en un nivel reduccionista, pero más primario y elemental, pues vive en una constante obsesión erótico-sexual; otra de las recompensas-instrumentos recurrentes del mundo occidental desarrollado (sexo/poder) y por la que finalmente pagará -como Montana- con la vida. De hecho, Elvira/Michelle Pfeiffer está contemplada por Montana desde una perspectiva cosificadora, como un simple objeto, caro y precioso, como un símbolo de estatus (la rubia americana frágil, sexy y sofisticada) en su carrera hacia el reconocimiento y la aceptación social; hacia el blanqueamiento de sus orígenes. Elvira, por tanto, se ve reducida a una doble faz simplista: procreación/madre potencial e imagen de prestigio social; aunque siempre dentro de la pura funcionalidad ornamental. Incluso así, un poco a su pesar y no sin ciertas reticencias (su adicción a la cocaína sería un síntoma y su abandono final la resolución de esa contradicción), parece asumirlo la propia Elvira cuando su amante (Robert Loggia) es asesinado por Montana, pues se limita a recoger sus pertenencias y a irse con él sin mayores cuestionamientos, como si fuera una simple mercancía, un hámster de lujo, que se lleva y se trae a discrección.

Con respecto a la mirada, como es sabido una de las grandes obsesiones temáticas de De Palma, en realidad más concretamente el dispositivo voyeurista, (y también los homenajes hitchcocktianos -y por extensión cinéfilos-), la película es un continuo catálogo de ellas. Desde las deseantes de Manny a las mujeres, a las incestuosas de Montana a su hermana. Además el film recoge otras tantas miradas oblicuas, y otros tantos objetos de miradas: espejos, ventanas, televisiones, hasta alcanzar el colmo del paroxismo visual -en consonancia con la paranoia del propio Montana- con su sistema de vigilancia con circuito cerrado. En este sentido, si hay una imagen que tras su visionado resuena en la memoria, además de las dos escenas de violencia máxima (en el motel de Miami Beach con la sierra eléctrica y la balacera desatada en la matanza final), y que simbolice el desafuero paroxístico que supone el film son los ojos de Tony Montana en su mansión, su mirada extraviada, rodeado de montañas obscenas de cocaína, mientras asiste alucinado a la desintegración física de su sueño. Montana termina siendo devorado (eso sí, a sangre y fuego) por el mismo entramado, por la espiral, que lo ha ensalzado y que él mismo ha contribuido insistentemente a sostener y alimentar; cae inmolado a los pies del tótem del capitalismo.

El film guarda numerosas semejanzas tanto argumentales como formales (la cicatriz caponiana, la obsesión con la seguridad, los trajes, el lujo) con el original, si bien contiene varios elementos sólo esbozados anteriormente que aquí cobran un mayor protagonismo, sobre todo los que tienen que ver con la psique y las obsesiones de Montana, como su incestuosa relación con su hermana y su posible homosexualidad. No obstante, quizás lo mejor resulte su lúcida reflexión -una vez instalado en la cúspide- sobre lo vano y efímero del triunfo, perfectamente representado en la diatriba alcohólica –in vino veritas– que vomita en el suntuoso restaurante donde se desatan las contradicciones que anticipan el descalabro final.

Si bien en los años veinte y treinta se consideró una necesidad por parte de la industria y de las mentes biempensantes poner coto a la exaltación y fascinación que en el imaginario popular podía ejercer la representación cinematográfica del mundo del crimen (mediante intertítulos, mensajes educativos al principio o el final de las películas y finales edificantes en los que el gangster moría arrepentido), en El precio del poder es la muestra de la megalomanía, el afán autodestructivo y su desnudo nihilismo (no cabe otra salida, no hay futuro, es el reino de la ley de la selva, o comes o te comen, nunca dudar y nunca bajar la guardia) el que atrapa y fascina. Sin embargo, no por ello, o quizás precisamente por ello, esta película se ha constituido en el paradigma de la representación total de la ascensión y caída, de lo efímero del éxito y, por tanto, en fascinante referente para jóvenes generaciones, como se han encargado de plasmar numerosos films, entre ellos La carnaza (L’appat, B. Tavernier, 1994) o Gomorra (M. Garrone, 2008) entre muchos otros.

11 respuestas a El precio del poder (Scarface) – Brian De Palma (1983)

  1. Birdie Num-Num dice:

    ¿Es cierto todo eso que se cuenta por ahí sobre De Palma?

  2. Misterioso objeto al mediodía dice:

    Hola Birdie,
    Gracias por tu comentario.
    Como no sé exactamente a qué te refieres por “todo eso”, no te puedo responder. Pero para salir de dudas te sugeriría dos libros: “Moteros tranquilos, toros salvajes” de Peter Biskind, editado en Anagrama y “Brian de Palma por Brian de Palma”, de Samuel Blumenfeld y Laurent Vachaud y editado en Alba.

  3. jose dice:

    La mejor película que he visto……… Logré sacar unas frases para realizarlas en mi vida… Eso que dice, ‘el mundo es tuyo’, es cierto, solo tenenos que empezar a verlo de una manera diferente. Y lo podemos lograr..

  4. Fuckfuckingfuck dice:

    Por qué decis que Tony Montana posiblemente era homosexual?? Por qué decis eso??

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Porque la relación de amistad/posesión que tiene Tony con Manny es de una naturaleza equívoca. En todo caso la posible homosexualidad de su personaje sería de tipo latente o reprimida. No olvidemos que Montana es un ser primitivo y excesivo (no hay más que ver su comportamiento, en concreto con las mujeres: su hermana y su mujer) y nunca lo admitiría. Sería interesante leer un análisis psicoanalítico del personaje.
      Saludos

      • Fuckfuckingfuck dice:

        Sí, pero esa es una hipótesis que sacaste vos, pero hay que ver cómo es la cosa. Nada confirma que es así, el único que puede dar esa respuesta es Oliver Stone, el guionista de la película.

        • Misterioso objeto al mediodía dice:

          Las películas no son piezas cerradas. Como ocurre con los libros, los poemas, la pintura, la música y cualquier otra obra de creación humana, una vez que se ofrecen al público están ahí para reflexionar sobre ellas, para ser pensadas; y siempre (o casi) vuelan más allá del propósito de su creador. Por esa razón, apelar a la intención del guionista sería empequeñecerlas. Pero es que además, conociendo la vida, obra y milagros de Oliver Stone, lo de la homosexualidad latente de Montana no es una posibilidad nada descabellada.

  5. Fuckfuckingfuck dice:

    Quizás seas el culpable de arruinarme la infancia, me encanta Tony Montana como personaje y no me gustaría enterarme de que es homosexual, se me caería un ídolo, ya que lo veo muy hombre y rudo.

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Pues como Montana no es precisamente un modelo de vida muy recomendable no creo que vayas a perder mucho con ello. La pena es que tus mitos se derrumben por algo tan trivial como una ‘posible homosexualidad’.
      Saludos

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