El quimérico inquilino (Le locataire) – Roman Polanski (1976)

En qué momento deja uno de ser quién es? (…)¿Qué derecho tiene mi cabeza a llamarse yo?. Trelkovski, El quimérico inquilino

El quimérico inquilino está basado en la primera novela, del mismo título, escrita por el francés de origen polaco Roland Topor que, junto a F. Arrabal y A. Jodorowsky, fundan bajo los auspicios del Dios Pan a principios de los años sesenta el Movimiento pánico. El film sigue fielmente -con algunas ligeras modificaciones- el argumento del libro y ahonda en las singularidades que, en líneas generales, inspiran dicho movimiento: el terror, el humor y el absurdo. Así, parte de un presupuesto extraño pero aparentemente inocente y realista como es la insistencia en alquilar, por parte de un apocado oficinista, un piso cuya anterior inquilina yace moribunda en un hospital tras tirarse por la ventana. Pero lo que, de entrada resulta bien simple y anodino, aunque ligeramente macabro, no lo es tanto: el piso posee una historia sórdida y ambigua que, poco a poco, va adueñándose de su nuevo inquilino hasta que se hace con él, de forma que terminará imbuido del espíritu de la arrendataria anterior, completamente enajenado y siguiendo sus mortales pasos.

Rodado después de su exitoso periplo norteamericano -antes de volver definitivamente a Europa escapando de la justicia- esta película es una excepción (por el regusto nostálgico de los films de su primera época) con respecto al tipo de proyectos en los que había estado envuelto hasta ese momento y de los que se encargaría a continuación (Tess, 1979, Piratas, 1986, Frenético, 1988). No puede resultar sorprendente que Polanski se sintiera perfectamente cómodo e incluso fascinado con un relato semejante puesto que el infinito poder de atracción del abismo y el extrañamiento fantástico que aquí se entremezclan sin pudor ni mayores explicaciones con lo cotidiano constituyen algunas de sus fijaciones personales más recurrentes. Pero no sólo, pues no olvidemos que Polanski también cuenta en su haber con otros dos films previos con un substrato muy parecido, Repulsión (Repulsion, 1965) y  La semilla del diablo (Rosemary’s baby, 1968), de tal forma que incluso conforman una trilogía dada en llamar “de los apartamentos”, o bien de las grandes metrópolis, pues estas dos películas están ambientados respectivamente en Londres y Nueva York (la que nos ocupa lo está en París). En ambas también un piso -el continente- acaba por enseñorearse sobre sus ocupantes (las dos cuentan con protagonistas femeninos: C. Deneuve y Mia Farrow) colonizando y enfermando su psique y su ser más íntimo, tomando las más variadas formas de la enajenación mental. Sin embargo, en el fondo, Polanski, maestro en crear ambientes enrarecidos y alucinados dentro de la más absoluta cotidianidad, jamás llega a disipar de forma concluyente y rotunda la duda que plantea su estilo cinematográfico naturalista: si hemos asistido a una mera proyección mental sobre la realidad de una psique patológicamente enferma o si estamos ante un verdadero fenómeno real, una conspiración de la masa, de la sociedad, contra los débiles, los otros y los diferentes; quizás esta sea la manera de explicar el carácter circular del relato (el final termina con el punto de vista invertido, a modo de contraplano esquizofrénico) y la superposición de imágenes entre Polanski y una mujer que por dos veces tiene lugar en los primeros compases del film, durante el largo y complicado plano secuencia que recorre el patio del edificio en cuestión que abre la película mientras se superponen los títulos de crédito.

En El quimérico inquilino el apoderamiento de Trelkovsky se manifiesta de una forma sutil y progresiva. El protagonista, interpretado para mayor inri por el propio Polanski, incialmente se nos presenta como un personaje amable pero de carácter débil, pusilánime y acomodaticio, casi un pelele en manos de los demás, que nunca opone resistencia cuando es confrontado, o contrariado aún en las más livianas situaciones de la vida. En definitiva, un ciudadano cualquiera, el grado cero del ser humano, el hombre masa, el hombre sin atributos musilesco. Por ello, no resulta sorprendente que, sin apenas transición, ni mayores reflexiones comience a adquirir -como el que no quiere la cosa- primero los hábitos (en el desayuno, el tabaco), luego las costumbres y finalmente los signos externos, la apariencia y la voz, de la inquilina precedente. Abundando en su turbación, sus inquietantes vecinos -todos talludos y malencarados- comienzan a atribuirle los comportamientos de aquélla, además, dado que ha fallecido con posterioridad a su entrada en el piso, aún se conservan en él todas sus pertenencias, pasan amigos a visitarla y recibe su correspondencia. En esta asfixiante comunidad Trelkovski es vigilado, controlado, reprendido y, dada su innata falta de asertividad, termina por ser coaccionado y sintiéndose forzado a hacer cosas que no quiere.

Para Trelkovski, el piso pasa así de constituir un motivo incial de orgullo íntimo y satisfacción personal (incluso hace una fiesta con sus compañeros de trabajo, que pronto es interrumpida por un vecino molesto) a significar un inconveniente (llega a rehuir dormir en su casa cuando tiene oportunidad de ir con Stella/Adjani) a, finalmente, convertirse en una genuina y ambigua obsesión, el mismo infierno, al que resulta estar fatalmente atado pues todos los caminos parecen conducirlo de vuelta a ella y al nefasto fin al que invariablemente parece estar abocado.

Al principio Trelkovski se siente coartado, luego amenazado y perseguido por sus vecinos, también por la policía (que como los anteriores, insiste en cuestionar su nacionalidad a pesar de ser ciudadano francés, contribuyendo a la sensación de acoso y, de paso, a poner en duda su identidad). Todo y todos dan la impresión de ponerse en su contra, sólo parece encontrar ayuda y agradecimiento en aquellos de sus semejantes que se encuentran en una situación semejante de desamparo (como la vecina a la que la comunidad pretende echar, si bien luego le pondrá en un nuevo aprieto), pero, continuando con la nociva dinámica social, se muestra violento con sus inferiores (en su caso, un niño, el único al que puede avasallar). Simultáneamente, comienza a tener unas extrañas e inexplicables visiones, primero a través de la ventana de su cuarto que, al correr de los días y de la magnitud de su despeñamiento mental, derivan en alucinaciones consigo mismo como objeto. Esta situación, que principia cuando -como vemos en un plano subjetivo- siente que es estrangulado por una vecina (mientras, alternativamente, desvelando su psicosis, contemplamos como son sus propias manos las que rodean su cuello), configura el rubicón sin retorno de la patología que desde ese momento -irremediablemente- sólo irá a más. Durante un acceso de fiebre posterior termina por escindirse completamente, de modo que se observa a sí mismo del otro lado del patio. Tras ello, culmina el tránsito hacia la demencia, con ocasionales raptos de (in)sensatez, concluyendo por transformarse físicamente en una mujer, en la inquilina fallecida, procediendo consecuentemente a terminar con su vida de la misma manera, como considera que desean los vecinos, y no una, sino dos veces. En este tránsito de la comedia a la tragedia, de la luz a la oscuridad y de la cordura a la locura en el que acompañamos tanto al Polanski director como al actor, observamos una clara metáfora de la alienación, así como un desenmascaramiento del funcionamiento de los mecanismos de control y represión social.

En el fondo, como de alguna manera no se cansa en poner de relieve el film (el suceso en el periódico, el despótico comportamiento del compañero de trabajo de Trelkovski con su propio vecino), toda convivencia se sustenta convencionalmente sobre un siempre frágil y muy precario equilibrio de voluntades. Aunque sea en su mínima expresión, como pueda ser la coexistencia vecinal (que en el film podría interpretarse como un trasunto de la sociedad), exige la imposición/el respeto de unas normas mínimas de educación, urbanidad y entendimiento que no siempre es posible ni funciona y que, en cualquier caso, pueden llegar a configurarse -paradójicamente- como un verdadero infierno -al igual, o en el mismo sentido que los otros sartrianos o lo que ocurría en La semilla del diablo– que terminen por sufrir los más débiles, entre otros, los pobres, los indefensos y los enfermos.

4 respuestas a El quimérico inquilino (Le locataire) – Roman Polanski (1976)

  1. Hans Lucas dice:

    Cómo me gusta esta peli !

    El quimérico inquilino y Repulsión me impactaron muchísimo la primera vez que las vi. Creo que nunca me cansaría de verlas. Me gusta este lado medio-perverso que tiene el Polanski, je.

    Imagino que este año estrenarán The ghost, ¿verdad?

    Otra de mis favoritas: El cuchillo en el agua.

    Un abrazo! : )

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Hola Hans,

      Una magnífica selección de pelis polanskianas, buen gusto. Creo que estrenan The ghost en breve, en Berlín. Veremos.

      Abrazo

  2. […] Repulsión es el primer film de la llamada trilogía de los apartamentos y en él Polanski apunta las líneas maestras que reproducirá en los siguientes: la presencia de una vivienda que se va tornando físicamente amenazante, la permanente sensación de inquietud y claustrofobia, la relevancia turbadora de los objetos cotidianos (el teléfono, las patatas, el conejo, las paredes), la configuración del otro como motivo de desasosiego e incluso, en ocasiones, encarnación de lo maligno (los vecinos) y el imprescindible elemento de extrañeza (o de lo inexplicable) en un marco naturalista con un clima enrarecido, tóxico y progresivamente desquiciado. A ello contribuye el que todas sus películas comienzan con una mirada objetiva que paulatinamente se va contaminando de la insania (con ella también la del espectador) y que esa mirada alcanza todo lo que la rodea, de tal forma que se extiende sobre la propia ciudad, aquí Londres (con similitudes a la visión que  Antonioni ofrecerá de ella poco después en Blowup, 1966). Así, el piso de Carol linda con un extraño asilo, por la calle circulan unos músicos peculiares, vemos un accidente silencioso, la grieta en el suelo, las bizarras clientas de su trabajo, los incómodos vecinos (que guardan un asombroso parecido con los de El quimérico inquilino). […]

  3. David D. dice:

    Excelente post, y los otros que tienes de Polanski. He rescatado esta película hace poco y en verdad, qué diferente me ha resultado verla casi veinte años después, sólo guardaba de ella el recuerdo de las ventanas, que por otro lado me han perseguido todo este tiempo y la sensación de desasosiego general del film. Así es que la he visto como si fuera la primera vez, y me ha vuelto a impactar, hallando, lógicamente, por el tiempo transcurrido y por mi existencia, más códigos. escondrijos y pesadumbres que la vez anterior, y he disfrutado muchas otras cosas, como la fotografía del maestro Sven Nykvist o la belleza de Adjani (por cierto ¿es su voz la que se oye en la peli?, pocas veces he escuchado algo tan dulce). Lo dicho, gracias por traernos estos artículos.

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