Las noches de la luna llena (Les nuits de la pleine lune) – Éric Rohmer (1984)

Las noches de la luna llena es el cuarto largometraje de la serie de siete que realizó Rohmer tras finalizar los seis Cuentos morales y las dos películas de época inmediatamente posteriores –La marquesa de O (Die Marquise von O, 1976) y Perceval el galo (Perceval le Gallois, 1978)- bajo el epígrafe Comedias y proverbios. Este nuevo conjunto de películas inicialmente iba a estar compuesto por un número indeterminado de ellas, sin una unidad temática predefinida y organizado con la intención de interrogarse más sobre la realidad que sobre los motivos de los protagonistas, además de sobre el presupuesto de que fueran éstos, los propios personajes, quienes se mostraran y explicaran a sí mismos.

En esta ocasión, el film se inicia bajo la siguiente admonición de la Champaña, quien tiene dos mujeres pierde el alma; quien tiene dos casas pierde la razón, que sobrevuela amenazante durante toda la película (proporcionando alguna de sus claves) para situarnos de inmediato dentro del universo rohmeriano más reconocible: ambientación contemporánea, situaciones cotidianas, naturalismo cinematográfico, pocos movimientos de cámara, planos frontales, preeminencia de la palabra hablada y absoluta centralidad de las relaciones interpersonales sin desatender las de los sujetos con el medio que los circunda; aquí, sin embargo, plasmado con un tono más apagado, gris y, tal vez, más pesimista que en otras ocasiones. Para llevarlo a cabo Rohmer no sólo contó, tras el éxito de Pauline en la playa (Pauline á la plage, 1983), con un presupuesto más holgado, sino también con la participación en la fotografía de Renato Berta, colaborador de la pareja Straub-Huillet.

A lo largo de Las noches de la luna llena acompañamos durante los cuatro fríos y desapacibles meses que van de noviembre a febrero (que funcionan -anunciados por intertítulos- a modo de cuatro actos, si bien el primero ocupa más de un tercio del metraje) a la protagonista, Louise, en la evolución de su actitud y de su discurso con respecto a su pareja, Rémi. Durante este breve periodo de tiempo Louise (Pascale Ogier, fallecida poco después del estreno) transita desde la independencia y el desapego, de forma que se confunde con un hedonismo despreocupado o el puro y simple egoísmo y desinterés, hasta su extremo opuesto: la toma de conciencia, la revelación del amor y la necesidad de compañía del ser amado. Todo ello como consecuencia de encontrarse en ese lugar de la conciencia un poco pueril que consiste en no renunciar a nada y querer tenerlo todo o, quizás aquí, Louise más bien represente el sino caprichoso e imposiblemente omnipotente del ser contemporáneo. El film, como Rohmer nos tiene acostumbrados, apenas contiene acción drámatica y se articula en torno a una sucesión de largas y sustanciosas conversaciones entre Louise y su amigo Octave (Fabrice Luchini) y, en menor medida, entre Louise y Rémi o Camille, a través de las cuales conocemos el carácter encantadormente iluso y contradictorio de la menuda, frágil y enamorada del amor Louise, de forma que, si bien no cesa de manifiestarse explícita y reiteradamente enamorada de Rémi, sin embargo no para de demostrar, con sus actos y sus gestos, su fastidio ante aquel y de llevar a la práctica su manifiesto deseo de independencia, salir y bailar.

Este tipo de incoherencias entre lo que se dice y lo que se hace constituyen una de las carácterísticas más reseñables de los personajes que pueblan los films de Rohmer que, como están constantemente hablando con otros de cómo ven el mundo y, sobre todo, de sí mismos, afirman externamente un discurso sobre sí, persisten verbalmente en proporcionar una imagen de lo que son, o piensan que son, que luego sus actos se empeñan -tercos- en desmontar; incluso, a veces, como aquí ocurre, podemos atisbar que esos comportamientos discordantes llegan a sorprenderlos a ellos mismos. Pero son justamente esos momentos, esas caídas, las que les confieren esa cualidad tan deliciosamente humana, lo que los convierte en seres creíbles, cercanos, de carne y hueso. Así, dentro del aparato teórico-justificativo que Louise despliega para su beneficio (pero con la excusa de armonizar las contradicciones y diferencias de intereses con su pareja) acondiciona el apartamento de su propiedad en el centro de París (radicalmente distinto -por sus colores, tamaño y decoración- a la casa que comparte con Rémi), de forma que pueda usarlo para sus fines y poder pasar sola y a su aire al menos parte del fin de semana sin tener que desplazarse a altas horas de la madrugada de vuelta a las afueras. Precisamente, cuando Louise pasa por primera vez la noche en su apartamento, durante el mes de diciembre, la contemplamos por primera vez en toda su desarmante y contradictoria fragilidad, encerrada como un pajarillo en una jaula de cristal. Si bien no ha cesado de manifestar su deseo de estar sola, desde el mismo momento en que lo está se dedica a llamar, metódicamente, agenda en mano, a todas sus amistades para encontrar a alguien con quien salir esa noche y sólo cuando se percata de que la empresa va a resultar imposible es cuando se resigna a pasar sola la velada. No olvidemos que Louise, como reconoce ella misma, ha vivido toda su vida de una u otra forma siempre querida y acompañada. Por ello, no resulta en absoluto gratuito que, tras este episodio de soledad forzada  asistamos al primer síntoma de cambio en la conducta de Louise con respecto a Rémi, que se materializa cuando al día siguiente ésta compra y le regala una tetera nueva.

Sin embargo, a pesar de lo que pudiera esperarse, no todo son charlas y conversaciones. Una de las sorpresas que ofrece Las noches, además de su carácter predominantemente interior y nocturno, es la presencia de dos largas secuencias de baile en el primer y en el último episodio. Significativamente, en la primera de ellas, entre los requiebros del baile y la fiesta, asistimos -a modo de obertura- a la reunión y variaciones entre todos los personajes que luego serán determinantes a lo largo del film. Otro de los elementos discordantes que llaman nuestra atención son los varios estallidos de una cierta brusquedad (o incluso violencia física) que en él se suscitan. Por parte de Rémi hacia Louise, o más bien hacia sí mismo (como podría presumirse en consonancia con su carácter algo tosco y primario), pero también entre Louise y Octave, cuando éste insiste varias veces, recalcitrante, en besarla y manosearla.

Con su comportamiento animalesco Octave, el epítome del urbanita impenitente y cultivado, incurre en sus propias contradicciones, puesto que, por un lado, está constantemente recalcando las enormes diferencias que existen entre él y Rémi, que Rohmer anteriormente se ha ocupado en subrayar al mostrarnos el físico de uno y otro (pero también la casa y los intereses o trabajos de uno y otro), así como manifestando su desprecio y superioridad sobre la animalidad primitiva de aquél; y, por otro, al loar su amistad con Louise, que en realidad esconde un muy poco disimulado interés sexual que sale a relucir en cuanto se encuentran a solas en casa de uno u otro y que se transforma en celos atávicos cuando ella muestra interés por otro hombre. En definitiva, con sus aparentes diferencias y viviendo sólidamente ambos el uno en el centro y el otro en la periferia, sus comportamientos no resultan en absoluto lejanos, sino más bien al contrario. A través de Octave sale a relucir otra de las constantes rohmerianas, la difícil relación entre hombres y mujeres, la amistad nunca verdaderamente pura, siempre teñida por el hombre -por muy civilizado que parezca- de interés sexual.

Las noches es un film plagado de dualidades, oposiciones y contradicciones (centro y extrarradio, la pareja y la soledad, entre lo físico y lo etéreo, el deseo y el desinterés, el sexo y el amor, lo tradicional y lo moderno, el día y la noche) tan irresolubles como las que padece su protagonista, pues en el centro de todas ellas se encuentra Louise. Este conjunto de antagonismos y el progresivo proceso de desvelamiento y cambio que en ella se produce está perfectamente retratado a través de un ramillete de secuencias que plasman su naturaleza dual y caprichosa, pues Louise se debate entre el amor de Rémi y vivir junto a él en Marne-La-Vallée, la independencia, pero también la soledad de vivir en París junto a su amigo Octave, y entre ambos y el resto de personajes. Pues, además de insistir en vivir en el centro, Louise parece poseer una concepción alejada de la pareja tradicional como la que muestran los demás personajes (Rémi, su propia amiga, Camille y la compañera de piso de ésta, no por azar todos ellos habitantes de los suburbios), salvo su único aliado, Octave (deudor del personaje de Musset y, a su vez, del Octave representado por Renoir en La regla del juego (La règle du jeu, 1939), con la que Las noches también posee muchas similitudes), aunque éste, como vimos, en el fondo esconda intenciones lúbricas.

No obstante, su proceso de cambio no obedece en modo alguno a una reflexión interior sino que aparece condicionado o en paralelo al progresivo alejamiento de Rémi de su lado y a la aparición de serias dudas con respecto a su fidelidad. Así, en perfecta sintonía con su incapacidad para decidirse y para quererlo todo, asistimos a su errático recorrido físico y mental de las afueras al centro, y vuelta, para, tras acostarse una noche con el saxofonista bailarín (una noche de luna llena -como le recalca el ilustrador- que confiere a todo una pátina fantástica o irracional), lo que, paradójicamente, le abre los ojos y la conduce a los brazos de Rémi, se produzca el lógico desencuentro final (encontronazo fatal y definitivo) entre sus deseos y los de los demás. En este caso los de Rémi, que no se ha quedado impertérrito, pasivo, esperando a que Louise se decidiera, como ella esperaba o hubiera deseado, habiendo de volver de nuevo al centro, pero esta vez sola.

Aunque, como es habitual en Rohmer, el final no constituya más que un punto y seguido (ahí tenemos la llamada a Octave), estamos nada más (y nada menos) ante un simple episodio en la vida de Louise. Sin embargo, lo cierto es que la película posee -como la vida- una clara estructura circular, pues comienza y termina con una panorámica que, si al principio recorre el paraje gris y desolado que ofrece una urbanización clónica y a medio hacer del extrarradio de París hasta detenerse ante la puerta de un edificio, finaliza con la misma panorámica pero en sentido inverso, de la puerta de la vivienda al páramo de Marne-la-Vallée, esta vez siguiendo a la protagonista -Louise- que abandona su domicilio para no volver nunca más. Un abandono que, de nuevo producto de la dualidad, si bien parece una derrota, o una condena (¿el sino?) de aquel que no sabe lo que quiere, simultánemanente abre un nuevo universo de posibilidades.

3 respuestas a Las noches de la luna llena (Les nuits de la pleine lune) – Éric Rohmer (1984)

  1. pentente dice:

    Soy banal y arquitecto: diré que me encanta la lámpara de la tercera foto. Diré también que es cierto que pocos como Rohmer obtienen de lo cotidiano una duda.

  2. pentente dice:

    Miento: no es de lo cotidiano, sino de su representación. Rohmer nunca habla de la realidad directa, sino tergiversada por la visión de un personaje. De ahí la voz off que muchos detestan en los cuentos morales, y que fue perdiendo al mismo tiempo que una desesperanza iba tomando su cine. Es duro, comparar El signo del león o La panadera de monceau con El romance de Astrea y Celeadón, porque entre medias queda un desengaño absoluto.

  3. Misterioso objeto al mediodía dice:

    Cierto, las primera películas de Rohmer están siempre contaminadas por la mirada de su protagonista, a quien Rohmer termina por presentarnos casi siempre de forma humana y benevolente, por muy cargante o cretino que pueda ser (como ocurre en La coleccionista).

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