Forty guns – Samuel Fuller (1957)

LA CONSTRUCCIÓN DE LA MUJER
Por Beatriz González

Uno de los motivos más elementales por los que la gente ha consumido ficción desde los orígenes de la tragedia y la epopeya es el goce de identificarse con personajes con los que experimentar todo tipo de lances, emociones y peripecias. Pero para que pueda darse dicha identificación es necesario reconocer o entender como posible aquello que vemos; de lo contrario, no se puede efectuar la magia de la ficción, no sucede el trance que conduce en última instancia al temblor de la catarsis y, en lugar de viajar, de pronto nos vemos reflexionando sobre los autores, los actores, la realidad y la mímesis.

La mímesis, construcción de lo verosímil, está íntimamente ligada al proceso de comunicación. Dependiendo de quién sea el emisor de la obra y de cómo sea su representación -visión- de la realidad, la recepción de la misma será más o menos universal. El emisor-receptor universal es el hombre blanco heterosexual. Luego están  los individuos a los que no les ha sido dado identificarse con los héroes o los personajes de las ficciones que han visto desde su más tierna infancia, aunque éstas se presentan como universales. Sin embargo, también ellos como receptores marginales son productores de significado. Igual que Edward Said arremete en Orientalismo contra el eurocentrismo que ha dado lugar a una representación de Oriente en el cine y la literatura,  fruto de fantasía, los mitos y los miedos del hombre blanco, se puede denunciar el falogocentrismo de la construcción de la mujer a la medida del hombre en el western, con una gran onda expansiva detectable en otros géneros, especialmente en el cine de acción.

Cuarenta pistolas, escrita, dirigida y producida por Sam Fuller, es la película metáfora que ejemplifica  la construcción de la mujer en el género del western. En ella se parte de una hipótesis viable y atractiva de lo que podría haber sido una mujer cualquiera en un universo diferente, para desmontarla poco a poco hasta llegar a lo que en realidad es la mujer en el western: un peón más a la sombra de la todopoderosa funcionalidad del logos masculino.

Al comienzo de la película, Jessica Drummond (Barbara Stanwyck), una persona empoderada, terrateniente del condado de Cochise, cabalga con decisión y brío, ataviada con unos pantalones, camisa y sombrero negros, seguida por los 40 hombres que trabajan para ella. Al final de la película la vemos sola, ya no persona em-poderada sino mujer en-amorada, gritando el nombre de un hombre detrás del que corre a ras del suelo con un vestido blanco. El argumento restante no podría ser otro que una serie de lances que la llevan a renunciar a su poder y quedar convertida en el mito de la Mujer por obra y gracia del amor, anunciado desde el principio con una cancioncilla, interpretada por el hombre-coro (Jidge Carroll), en la que el determinismo biológico de “no ser más que una mujer, al fin y al cabo” se podría equiparar (si no fuera demasiado cómico) al fatum o destino trágico e inevitable de los grandes héroes de las tragedias griegas:

Es una  gran amazona con un látigo/ es una mujer que todos los hombres desean. /Pero no hay hombre que pueda domarla / por eso la llaman la gran amazona con un látigo./ Ella ordena y ellos obedecen. / Son masilla en sus manos, eso dicen. / Cuando cabalga con el viento agitando sus cabellos / sus ojos están llenos de vida, llenos de fuego. / Pero si alguien pudiera vencerla y arrebatarle el látigo / alguien grande, alguien fuerte, alguien alto / descubrirías que la mujer del látigo / no es más que una mujer al fin y al cabo.

Pero, así como Aristóteles señala en la Poética que en la trama de las tragedias hay un paso de la felicidad a la desdicha, aquí asistimos a un paso del ser al no ser desde una óptica personal y política, ante lo cual, el coro no es más que el portador de un repetitivo regodeo lírico que no parece encontrar ninguna gravedad en el periplo de la anti-heroína hacia el vacío.

La trama tiene un ensamblaje algo frágil, donde las acciones se yuxtaponen con cierta torpeza, de tal manera que lo único que parece tejerse a conciencia de principio a fin es el proceso de degradación de Jessica Drummond, a la que la vida, como condicionamiento del eterno femenino, ha convertido en madre/cuidadora de su hermano Brookie (John Ericson), un vándalo sin cabeza y sin escrúpulos que la llevará a la ruina. Pero lo que la convierte en una Mujer no es tanto la acción destructora de su hermano y su debilidad protectora hacia éste, sino más bien su relación con el Hombre -Griff Bonnell- y su voluntad de renuncia después de intimar con él.

Cabe añadir que Griff Bonnell (Barry Sullivan) es en realidad otra construcción: el ideal de dureza masculino llevado a un paroxismo que raya en lo ridículo. El tipo duro hecho y derecho que siempre dice lo correcto, sabe lo que hay que hacer en todas las situaciones y apenas parpadea o sonríe porque va por la vida con una asombrosa economía emocional: el logos del oeste. Su única particularidad es que él mismo es consciente de estar en vías de extinción, pero no como Hombre, sino como pistolero.

La primera parada en la involución de Jessica hacia la “feminidad” es, pues, su encuentro con Griff Bonnell, el Hombre del que queda prendada al instante. Es difícil no entender la primera conversación que sostienen, uno de los mejores momentos de la película, en clave irónica-alegórica, más si tenemos en cuenta que la misma pistola de la que hablan será determinante en la futura relación de ambos:

JESS: No estoy interesada en usted, Mr. Bonnell, sino en su pistola. ¿Puedo tocarla?
GRIFF: No.
JESS: Pura curiosidad.
GRIFF: Podría estallarle en la cara.
JESS:  Me arriesgaré.

No obstante, el verdadero lance patético, giro que en el sistema aristotélico cambia el sentido de la acción y precipita lo inevitable por medio de alguna muerte o catástrofe, aquí viene con las fuerzas de la naturaleza. Mientras Jessica y Griff cabalgan juntos se levanta una terrible tormenta de arena en medio de la cual ella se cae de su caballo y es arrastrada por la bestia, confrontada con su debilidad física y salvada por el grande, el fuerte, el alto Griff. De alta carga simbólica, la tormenta funciona como borrado ontológico sobre el que se reescribirá su papel como Mujer. De hecho, la consecuencia inmediata es el contacto físico y la intimidad. Sin embargo, ella todavía no se ha dado cuenta de su destino e intenta conciliar el amor con el poder:

JESS: Yo necesito un hombre fuerte que ejecute mis órdenes.
GRIFF: Y un hombre débil para aceptarlas.


Habiendo perdido su fortuna por culpa de su hermano y renunciando ella misma a reconducir la situación para mantenerse en el poder, el último lance es la humillación violenta: el hombre al que se ha entregado la tira al suelo de un disparo con una bala que la atraviesa para matar a su hermano, que la usaba como escudo para escapar sin pagar por sus crímenes. Allí queda Jessica Drummond tocada y hundida finalmente por la pistola de Griff Bonnell, que ni siquiera se acerca a ella a asistirla o interesarse por su estado, sino que pasa de largo diciendo, más duro que nunca: “Llamen a un médico, vivirá”.

Después de ser físicamente penetrada y derribada por un bala suya, de ser dejada tirada y no asistida, de no ser visitada ni recibir ninguna explicación o disculpa, Jessica Drummond experimenta la anagnórisis amorosa. Su anagnórisis (al contrario que la de los héroes trágicos) no nos mueve a la catarsis sino a la náusea o, en el peor de los casos, a la alienación: consiste en cobrar conciencia, por medio del amor al Hombre, de que ella es una Mujer. Su anagnórisis es una caída en el cubo de la basura en el que se sitúan prácticamente todas las mujeres del western y viene simbolizada por su caída del caballo en el que tan orgullosamente cabalgaba ella al principio.

Cuarenta pistolas podría haber sido una tragedia más o menos lograda: la tragedia del des-agenciamiento del sujeto femenino del orden social y político. Sin embargo, la obra no ha sido concebida en esos términos trágicos, porque no hay grandeza ni temblor en la involución de la protagonista, tan sólo caída libre. Pero es en el proceso de recepción de la obra donde se vuelve a construir el significado y entonces los tintes trágicos se desplazan del arte a la vida: la espectadora de Forty Guns no puede experimentar un proceso de identificación, ya que la supuesta heroína de la película pasa por una degradación ontológica que consiste en transformarse de persona en Mujer. Esta imposibilidad de la identificación del sujeto femenino receptor que cae en un agujero negro a-catártico resume perfectamente el sino de la mujer ante la contemplación de innumerables producciones culturales y artísticas, ante la Historia e incluso ante su propia lengua.

Tal vez con relatos tan radicales como éste que Fuller nos brinda de Jessica Drummond (también podríamos deconstruir la metonimia de la mujer kimono -amante-amiga-esclava- de House of Bamboo, 1955), se entienda mejor la devastadora certeza de algunas de las llamadas feministas radicales de los años 70 al manifestar que la verdadera revolución sólo podría tener lugar cuando todas las mujeres se hicieran lesbianas; es decir, nunca.

10 respuestas a Forty guns – Samuel Fuller (1957)

  1. Daniel Barreto dice:

    Enhorabuena por el texto, es muy bueno. El western como aristotelismo neomoderno… ¿frente a?

    • Beatriz dice:

      Muchas gracias, Daniel.

      Frente a no sé qué. ¿Alguna idea al respecto? Usé ese marco aristotélico porque los conceptos de la Poética me resultan muy útiles y bonitos. La película me parece una tragedia fallida muy curiosa puesto que lo trágico, como ya digo, no está en la trama ni se asoma en la intención del emisor, sino que se construye en su recepción. Si algo aporta el cero identificativo a-catártico es precisamente el análisis frío del género. La espectadora no alienada se convierte en pistolera del meta-western.

      Saludos

  2. David D. dice:

    Interesantísimo post, agudo. Recomiendo leer, para complementarlo (que no mejorarlo), un texto relacionado con el deseo y la construcción de la mujer en el cine: “Placer visual y cine narrativo” de Laura Mulvey.

    Salud

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Al hilo de tu referencia al artículo de Mulvey y de lo que se dice aquí sobre el western, merece la pena recordar la cita de Budd Boetticher que recoge en él: Lo que cuenta es lo que la heroína provoca o, mejor aún, lo que representa. Es ella, o más bien el amor o el miedo que inspira al héroe, o quizá la preocupación que él experimenta por ella, lo que le lleva a actuar como lo hace. Por sí misma, la mujer no tiene ni la más mínima importancia.

  3. Beatriz dice:

    Muchas gracias, David. Conozco el texto que recomiendas; es muy interesante.

    Saludos

  4. amaury dice:

    Muy interesante tu análisis Beatriz. Felicidades. Creo que describes muy bien el papel de la mujer en el western hecho para los ojos de un hombre. Al fin y al cabo ¿qué es género western sino un género destinado a un público masculino que fantasea con dominar a la mujer? Otra imagen de la mujer sería, sencillamente, perder público en la sala.

    En cualquier caso, ¿qué te parece The Naked Kiss del mismo autor? ¿No te parece que aquí Fuller cambia esa imagen y la libera de la opresión masculina?

    Mis admiraciones a este director y gracias a la filmoteca por el ciclo que proyectó el pasado año. Pelis como A bayoneta calada o Callejón sin salida resultan difíciles de olvidar.

    Saludos

  5. Beatriz dice:

    Gracias, Amaury.

    Hombre, hay muchas formas de opresión. Posiblemente una de las mayores (y más sutiles) sea la de quitarle a alguien la posibilidad de ser sujeto.

    Si pensamos que el personaje de Kelly en The Naked Kiss se redime de la prostitución convirtiéndose en amorosa y dulce enfermera de niños discapacitados, pues creo que estamos ante una visión masculina y estereotipada de la mujer, sin grisuras humanas. ¿No crees que se trata de la representación masculina de la eterna polaridad femenina MAMÁ/PUTA?
    Saludos

  6. Misterioso objeto al mediodía dice:

    Más que a fantasear con dominar a la mujer, si por algo se caracteriza el western es porque representa mejor que ningún otro género cinematográfico el destilado quintaesencial de la mitología fundacional de los EEUU: la conquista del Oeste, la frontera, la libertad y la lucha por la supervivencia, la naturaleza…

    Por supuesto, ya sabemos que esta visión es una entelequia producida por el hombre blanco, el conquistador; pero, de alguna manera, el propio género supo reinventarse/transformarse con el sentir de los tiempos, de forma que -mal que bien- ha sobrevivido hasta la actualidad, de manera que sigue acogiendo en su seno excelentes obras, desde Sin perdón (Unforgiven, 1992) a The assassination of Jesse James by the coward Robert Ford (2007) o la misma serie de televisión Deadwood.

    Por otra parte, tampoco comparto la idea de que ofrecer en el western otra imagen de la mujer pudiera tener como contrapartida la pérdida de público, ahí tenemos, entre otras, la misma Forty guns, Johnny Guitar, Rancho Notorius, Duelo al sol, The cattle queen of Montana, The Gunslinger.. Hasta, si me apuras, Bad girls, Rápida y mortal o -ejem- Bandidas. En cualquier caso, lo cierto es que la imagen de la mujer que se ofrece en el cine (tanto en el western como en tantos otros géneros) se sigue moviendo casi siempre -como buen aparato ideológico que es- dentro de los mismos patrones que acertadamente desvela Beatriz aquí.

  7. amaury dice:

    Hola a todos:

    Antes de nada quiero aclarar algo porque veo que no me expresé bien en mi comentario. Cuando dije que el western fantasea con la idea de dominar a la mujer no me refería a que todo el género se basara en esto. Lo que quería decir es que ese era el objetivo que yo veía en esta película. Es decir, en Forty Guns yo sí creo que se pone en juego esa fantasía puramente masculina: la del hombre que, además de conquistador y aventurero del oeste, desea dominar a la mujer (aunque en un principio se excite viéndose dominado por ella).

    Lo que sí que me cuesta pensar es en Forty Guns en términos de un público que no sea fundamentalmente masculino. ¿Acaso nuestro protagonista es otro sino ese pistolero que termina domando a la mujer rebelde? Nada extraño, por otro lado, y esto está documentado así, el género nace para ser consumido por hombres. Claro que el género se va transformando pero no necesariamente porque una mujer salga empuñando una pistola. La mujer pistolera puede continuar representado deseos y fantasías puramente masculinas (como creo que sucede en Forty Guns). Lo que sí que pudo atraer a otro tipo de público fue el ir introduciendo elementos más “literarios” en un territorio básicamente marcado por la acción y, sobre todo, introducir dimensiones psicológicas a sus personajes.

    Por eso, me parece un poco aventurado establecer que es la misma imagen que trabajan el resto de géneros y por eso me gustó la puntualización que hace el artículo al principio: el western y el de acción. Los dos géneros masculinos por excelencia.

    Por último y en cuanto a The Naked Kiss, estoy de acuerdo con esa interpretación que haces Beatriz. En realidad me parece una imagen de la mujer un tanto paradójica. Por otro lado, el agente de la corrupción se coloca en el personaje masculino. Es lo masculino quien la oprime brutalmente al principio de la película (intuimos que obligándola a ejercer la prostitución) y es lo masculino lo que amenaza a su objeto de redención: los niños. En realidad ella se enfrenta al hombre pervertido, lo mata y la exculpan pero abandona la ciudad. En este sentido ¿no leerías también la mujer como víctima de la perversidad masculina?

    Saludos.

    • error flynn dice:

      Con Forty Guns, como con todas las grandes películas, caben muchas interpretaciones. Pero no diría que es fallida porque mi perspectiva sobre la realidad no coincide con mi interpretación de lo narrado.

      No siendo muy sutil ni, seguro, políticamente correcto, diré que la mujer/”matriarca” es un componente esencial para el género cinematográfico estadounidense por excelencia. Sin el personaje de “la chica” o, en menor medida, de “la madre”, no podría entenderse un solo western del periodo clásico. Siempre está presente. Sin la motivación que produce la mujer en el “Hombre del Oeste”, no cabría todo el proceso presuntamente civilizador que fundamenta el expansionismo socio-económico anglo-sajón del siglo XIX en Norteamérica: la pareja, el hogar, la colonia, la ciudad… son núcleos culturales progresivos que cimentaron la historia de ese país. El western se convierte así en el meta-género de la naturaleza de una nación violenta, machista, superficialmente democrática, vengativa…

      Sobre la interpretación de la “re-construcción hacia atrás” de la mujer; esa forma de tirarla, al final, contra la “realidad natural”; la mujer definitivamente adocenada en un mundo de y para los hombres; la Drummond/Stanwick, como la Joan Crawford de Johnny Guitar, o la Dietrich de Rancho Notorious desbordaron personalidad y diferencia, una extraña luz más allá de cualquier interpretación, sobre todo, teniendo en cuenta que ello se hacía dentro de unos códigos narrativos tan escrupulosamente codificados hasta entonces (mediados de los 50’s) como los del western.

      Fuller, como el Nicholas Ray de Bitter Victory (1957, igual que 40 Guns), o el Fleischer de Compulsion, intentaban dar una última vuelta de tuerca a la condición “género cinematográfico” (sobre todo, sus predilectos: western, noir, bélico), consiguiendo una expresividad visual, que, en los tres casos citados, a través del scope en blanco y negro, no tuvieron precedentes ni sucesores en la historia del cine.

      Ese periodo de los años 50’s, cuando la caza de brujas aun latía, Hollywood y el sistema de estudios agonizaban y la televisión arrasaba, dio lugar a una serie de films de lo más variopinto y original, en cuyas imágenes crepita la lucha contra las circunstancias, de tal manera que sus obras son producto de esa dialéctica, de esa pelea contra una especie de nueva, “segunda naturaleza” (que diría Adorno) enemiga del estilo y en definitiva y del director como autor -antes incluso de que este concepto fuera creado-.

      No es casual que tanto Ray como Fuller tuvieran que terminar buscando, fuera de EE.UU., financiación para sus proyectos. Ese cine imprevisible, desaforado, herético, implosivo, pasional, rebosante de vida marcó para siempre sus películas. Como dijo Woody Allen de Buñuel, imposible de imitar.

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