La imagen: Los límites del control (The limits of control, Jim Jarmusch, 2009)

El violín, Juan Gris (1916)

Desnudo, Roberto Fernández Balbuena (1922)

Madrid desde Capitán Haya, Antonio López (1994)

Gran sábana, Antoni Tàpies (1968)

Para saber hay que imaginar, con esta maravillosa frase, lapidaria y sugerente, abre Didi-Huberman su imprescindible Imágenes pese a todo, y con ella como guía sería posible conducirse por Los límites del control, la última película del coronado como arquetipo del cineasta independiente Jim Jarmusch. De nuevo, como en Dead man, Ghost dog o Flores rotas, Jarmusch nos introduce en un viaje estático y contemplativo, esta vez el de un asesino circunspecto y reservado en pos de su objetivo; y, como hiciera en Dead man con el western, aquí también contraviene de una u otra manera -en esta ocasión con A quemarropa (Point blank, J. Boorman, 1967) por explícito modelo- las convenciones o las expectativas del film noir; aunque curiosamente no ha podido -o no ha querido- sustraerse a la de la femme fatale.

De nuevo nos encontramos ante un itinerario personal que en realidad resulta un artilugio cinematográfico, una construcción sobresaturada, un inagotable catálogo -explícito e implícito- de guiños, referencias y homenajes cinéfilos, artísticos y literarios (Rimbaud, W.S. Burroughs, Hitchcock, Ray, Fuller, Kaurismaki..) asentada sobre la reiterada posposición del ignorado (anti)clímax, una estructura repetitiva y circular (algunos la tildan de minimalista) y una sucesión de diálogos (en realidad monólogos, o más bien aforismos) que inciden sobre la ambivalencia de la realidad y la ficción y, de forma simultánea, sobre varios ámbitos de la creación humana (la música, el cine, la ciencia, la “bohemia”).

Con el pretexto del carácter introvertido y observador del protagonista, y gracias a la labor de Christopher Doyle, se nos ofrecen los que a nuestro entender son los dos mayores atractivos que posee el film, por un lado, la innegable y fascinante cualidad plástica de sus imágenes, cuya cristalización vendría dada tanto por los cuatro cuadros que aparecen a lo largo de la película (que podemos contemplar más arriba), así como por los paisajes que se reencuadran a través de las ventanillas durante el viaje en el tren, o los que se conforman a través de la mirada del Hombre solitario y, por otro, Los límites del control ofrece al espectador la posibilidad de asistir a la pintoresca visión (comparémosla con la Barcelona de Woody Allen) de los escenarios urbanos (Madrid y Sevilla) y rurales (Almería) de España a través de los ojos de Jim Jarmusch.

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