Rendez-vous de juillet – Jacques Becker (1949)

Aunque Jacques Becker resulte más conocido, o haya pasado a la historia del cine, principalmente por dos de sus obras, dos excelentes films noir: Touchez pas au grisbi (1954) y La evasión (Le trou, 1960), a los que también se les podría unir, si bien en menor medida, las populares Casque d’or (1952) y su biografía del pintor Amedeo Modigliani, Los amantes de Montparnasse (Montparnasse 19, 1958), lo cierto es que la breve filmografía de este director francés -apenas trece largometrajes realizados entre 1943 y 1960- se reparten por igual, casi por mitad, entre títulos inscribibles dentro del género policiaco y de la comedia. Tampoco podemos obviar el dato de que Jacques Becker antes de lanzarse a la dirección fue desde La nuit du carrefour (1931) hasta La marsellaise (1938) el asistente de dirección de la mayoría de los films realizados durante este periodo por Jean Renoir. Así, después de haber pertenecido a la “compañía” de Renoir, no es difícil rastrear en la obra de Becker muchas de las virtudes del cine de aquel; si bien, aunque esto sea posible y además se rodeara de varios de los colaboradores de Jean Renoir (como Claude y Marguerite Renoir), no sería justo reducir a Becker a la condición de mero epígono aventajado bajo la sombra alargada de Renoir, pues si en sus obras se puede disfrutar de un renoiriano humanismo lírico reconocible y de la maestría de aquel a la hora de conducir relatos corales o retratar de manera realista e indeleble a sus personajes, posee una sequedad propia, una fluidez y una concisión que componen su inconfundible sello de estilo.

Precisamente, es en este registro más liviano y más desconocido de la comedia en el que, entre 1945 y 1953, Becker realiza una serie de cinco películas –Falbalas (1945), Antoine et Antoinette (1947), Rendez-vous de juillet (1949), Édouard et Caroline (1951) y Rue de l’Estrapade (1953)- que conforman un mosaico preciso y variado sobre la juventud francesa que deja atrás la oscuridad del régimen de Vichy, de la ocupación y de los rigores de la guerra. En ellas se aprecia en casi todo su esplendor la emergencia, la pujanza y la rebeldía de una generación vigorosa y energética, así como, simultáneamente, refleja el cambio social, de mentalidad y de costumbres que se está gestando en la sociedad francesa tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Todo ello en perfecta sincronía con lo que está ocurriendo en ese preciso momento en muchas otras sociedades occidentales. Tan acertado es el pulso de Becker que es de los pocos cineastas de su tiempo -aquellos del tan denostado cinemá de qualité– que escapa a las invectivas de los jóvenes turcos, hasta el punto de contar con su beneplácito.

De entre ese ramillete de películas destacamos Rendez-vous de juillet por varias razones. Principalmente porque en ella Becker anticipa varios de los rasgos por los que no sólo se caracterizará a la juventud de la posguerra sino que terminarán por convertirse en el santo y seña, lugar común, de la condición juvenil por antonomasia: el espíritu rebelde y contestatario, la música y el baile, el frenesí y la liviandad, el hedonismo, la exploración, cierto idealismo y el sentimiento grupal… Todas estas tensiones se muestran perfectamente condensadas en el prólogo del film, en el que, ante una de las ceremonias más encorsetadas de la familia burguesa más tradicional (la del protagonista, Lucien Bonnard/Daniel Gélin) como es el almuerzo familiar, Lucien -el hijo menor- no comparece en la mesa a la hora señalada, pues está entretenido en su cuarto -adornado de mapas, máscaras y objetos africanos- tocando el sanza (un instrumento congolés) y cuando finalmente, después de ser requerido para ello, se sienta a la mesa será para chocar con su padre de manera total e irreversible. A partir de este inicial desencuentro generacional, social e idiosincrático apenas volverán a aparecer en escena “los mayores”. A continuación cada uno de los cuatro protagonistas principales -y también los secundarios- nos será presentado a través de una sucesión de conversaciones telefónicas, que ya por aquel entonces constituía el nódulo central de las comunicaciones juveniles, hasta convertirse hoy en día, con el móvil, en el epicentro de la vida y del ocio cotidiano de cualquiera. De esta manera tan ingeniosa como funcional, mientras tiene lugar el rito del almuerzo familiar, observamos tanto a cada uno de los protagonistas como sus respectivos y variados contextos familiares y sociales, ya que el film se mueve en una panoplia de ambientes burgueses, desde el más rigorista y convencional de Lucien, a los más laxos de su novia, Christine/Nicole Courcel.

Las conversaciones se suceden entre los chicos y chicas protagonistas a un ritmo frenético, asisten a clases, a ensayos, se desplazan juntos de un lado al otro, y aquí aparece otra de las claves definitorias de la juventud de todas las épocas, la necesidad y la omnipresencia del coche. Que en los Rendez-vous de juillet no sólo sirve para convocar, unir y transportar a los protagonistas, sino que, además, reafirma la diferencia que separa a los jóvenes protagonistas del resto de la sociedad, pues el suyo es un adornado vehículo anfibio que, para asombro de los viandantes, se desliza tanto por las calles de París como por el Sena. Pero, el film progresa hasta casi la mitad de su metraje y aún no se nos ha revelado cual es -si la tiene- la trama o el motor del mismo, y ahí reside otra de sus bazas: la levedad de su excusa argumental. Ésta no es otra que las andanzas de Lucien encaminadas a materializar su deseo de conseguir financiar y organizar una expedición a África con sus amigos con el fin de rodar un documental etnográfico. Sin embargo, como decíamos, esto en el fondo no es más que un simple pretexto destinado a mostrarnos las calles de París en verano, las caras de unos jovencísimos actores (casi todos en la veintena), sus costumbres, su música y sus bailes, los garitos de jazz por donde se mueven y, sobre todo, su transitar incansable y desenfrenado de uno a otro lado y sus encuentros y desencuentros amorosos.

En definitiva, bajo el manto leve del verano, de la música y de los enredos, en los Rendez-vous de juillet se esconde y se expone la perenne encrucijada vital, el momento capital en la vida de todo joven que ha de decidir si sigue las directrices establecidas, la voz de la razón y la cabal autoridad paterna, y entonces acabar devorado por la sociedad, o bien toma las riendas y se lanza en pos de sus sueños, aunque sean locos o disparatados, como los del protagonista; y Becker aquí apuesta decididamente por la osadía y la vitalidad. También, a un nivel más profundo, se desvela el inefable reverso oscuro de la dicha y la juvenil alegría de vivir, esto es, la pérdida de la virginidad, real y metafórica, el desengaño que de alguna manera siempre hay que pagar por asumir riesgos, que no es otra cosa que entrar en el mundo de los adultos. Finalmente, otro de los perversos encantos de Rendez-vous de juillet es que en ella no podemos dejar de ver la ciudad, “los sueños, las intrigas, las ambiciones y las esperanzas de aquellos que un día constituirían la Nouvelle vague“, trazar un paralelismo entre Lucien, el protagonista, y Jean Rouch, que por aquellos años comenzaba su carrera como director con el documental Au pays des mages noirs (1947), imaginarnos el ambiente de las caves de jazz de Saint Germain-des-prés donde tocaba Boris Vian, o simplemente contemplar la primera aparición de un rozagante Maurice Ronet, luego atormentado protagonista de Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l’echafaud, L. Malle, 1958) o Fuego fatuo (Feu follet, L. Malle, 1963).

4 respuestas a Rendez-vous de juillet – Jacques Becker (1949)

  1. ¡Que gratos recuerdos me trae este film! Lo ví cuando tenía 15 años y deseé tener veinte para poder hacer una vida como la de estos veinteañeros que salen en él. No sabía ni el título. Gracias por recordarmelo.

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Hola Xavier. Pues para mi era la primera vez que la veía y me capturó el entusiasmo pre-Nouvelle vague; quise volver tener veinte años. Un saludo.

  2. Fayçal dice:

    Gran admirador de Becker, y de esa maravilla llamada Le trou (La evasión) [film que, junto a Un condamné à mort s’est échappé, de Bresson, me parece lo más brillante que se ha filmado sobre el deseo de libertad que engendra un encierro], muy agradecido por este artículo sobre un film que no conozco y que ya me he puesto a buscar. Infinitas gracias.

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Hola Fayçal, gracias a ti por pasarte por aquí.Yo también soy un admirador de Becker, a pesar de su corta obra y de estar, o por haber estado, a la sombra de Renoir. Desde luego que Le trou es apasionante y que la cercanía con Bresson en general y con Un condamné en particular es prodigioso. Saludos

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