Un dios salvaje (Carnage) – Roman Polanski (2011)

La última película de Polanski ha sido saludada de manera prácticamente unánime como un estupendo tour de force por trasponer la conocida obra de teatro del mismo título de Yasmina Reza (autora de la multipremiada Arte), de forma que no sólo logra conservar el punch original de ésta y mantener la atención del espectador durante la escasa hora y veinte que dura, sino también por el duelo interpretativo que libran sus cuatro actores protagonistas, o por componer una película en tiempo más o menos real (salvo el prólogo y el epílogo, rodados en exteriores en Nueva York). También ha sido ensalzada por suponer la última reactualización de las constantes de su director: desarrollar en un espacio claustrofóbico un conflicto humano inducido por la aparición de algún elemento extraño que altera el frágil y aparente equilibrio (p.e. El cuchillo en el agua, Repulsión, Cul de sac, etc).

Sin restarle importancia a los retos mencionados, aunque anteriormente otros hayan sabido resolverlos magistralmente -p.e. La soga (Rope, A. Hitchcock, 1948), Doce hombre sin piedad (Sidney Lumet, 1957) o My dinner with Andre (L. Malle, 1981)-, queremos aprovechar para tratar aquí de las viscosas dudas que nos surgen sobre un par de aspectos que consideramos muy cuestionables (aparte de, como señala Jaime Pena en Cahiers du cinema, su nula personalidad visual) sobre los que entendemos que se ha pasado de puntillas.

El núcleo dramático de Un dios salvaje narra la atropellada pérdida de papeles de dos civilizadas parejas que han logrado resolver amistosa y extrajudicialmente la agresión sufrida por el hijo de una de ellas a manos del de la otra. Es cierto que el film plasma la caída de las bienintencionadas máscaras, alcohol mediante (o in vino veritas), de sus muy acomodados y a priori políticamente correctos protagonistas, y que en ella Polanski -siguiendo a Reza– monta una sátira que insiste en la tesis de que bajo la apacible superficie de tranquilidad burguesa en realidad laten eternas e incontrolables pulsiones de violencia contenida, represión y toneladas de hipocresía (muy en la línea de la novela El señor de las moscas de William Golding o de la filmografía de Buñuel) prestas a salir a flote a las primeras de cambio. Pero también lo es más que, a partir del punto de inflexión que supone la virulenta entrada en escena (o salida) del vómito de Kate Winslet/Nancy Cowan, pretende demostrar como los puentes levadizos de la educación, la civilización y las buenas maneras se alzan presurosos en una suerte de exorcismo colectivo terapéutico que conduce a un progresivo rebajamiento moral del que, irónicamente, al final solo sale airoso el personaje caracterizado como implacable tiburón de los negocios.

Precisamente el abogado interpretado por Christoph Waltz/Alan Cowan es el único protagonista que desde el comienzo, con su carácter descreído, directo y ‘realista’, se comporta más o menos coherentemente, porque para él todos los planos de la vida (laboral, social y familiar) no son más que auténticos campos de batalla de una guerra darwinista por la supervivencia de los más fuertes y carentes de escrúpulos sobre todos los demás. Esto significa la victoria moral del adaptado superhombre capitalista para el que los seres humanos en modo alguno son fines en sí mismos y largos siglos de disquisiciones éticas quedan eclipsados ante el mero egoísmo personal y la maximización del beneficio. De esta manera, el relato en modo alguno se nos ofrece como una crítica del mecanismo social que engendra y favorece un personaje como este, sino todo lo contrario, Un dios salvaje parece regodearse en lo opuesto: en la rendición de las miserias del bienintencionado fingimiento occidental y en la penúltima ‘naturalización’ del acomodaticio adagio que sostiene que el hombre es un lobo para el hombre. Así, por un lado, la cínica sinceridad de Christoph Waltz aglutina las simpatías culpables del público, y por otro, por si no fuera suficiente, el resto de protagonistas terminan descubriéndose -voluntaria o involuntariamente- en sintonía con sus postulados, incluida su antagonista, Jodie Foster/Penelope Longstreet, el personaje encargado de representar la faceta más ‘liberal’; y el que peor parado resulta ya que, además de ser humillada y expuesta en sus contradicciones, se muestra como la mayor de las hipócritas: una neurótica castradora con mala conciencia y problemas de alcoholismo.

En síntesis, el directivo agresivo termina legitimado por partida doble pues en esta supuestamente ácida e ‘inteligente’ comedia al final todo se revela (en el epílogo con el hámster triscando alegremente por el parque y los hijos de ambos en alegre armonía) como una desorbitada disputa de salón de burgueses acomplejados, como una farsa inútil ante lo que no son más que simples ‘azares propios del decurso natural del inevitable orden de las cosas’.

No obstante, la película también puede intepretarse como una despiada crítica cargada de bilis contra la hipocresía rampante en el país que detuvo y confinó a Polanski durante casi un año pero, sobre todo, y aquí entra en juego la otra gran objeción, es posible contemplarla como una sibilina y destilada metáfora de la defensa de Polanski frente a su culpabilidad como autor de un delito de abusos sexuales sobre una menor que le impide entrar en los EEUU desde que huyó en 1978. Así, lejos de sus pretéritas formulaciones -minuciosas y radicales- de las neurosis, complejos y control social de la burguesía biempensante occidental, aquí Polanski articula un film que bajo una apariencia de frescura y sinceridad desprejuiciada ajusta cuentas, navaja en ristre, y esconde una, esta sí impúdica y descarnada, apoteosis de filosofía populista torrentiana, que se podría resumir en un ‘a pesar de las apariencias y de los discursos, todos somos iguales: unos crápulas, primitivos, viciosos y egoístas y quien diga lo contrario se engaña o miente descaradamente’. En definitiva, justifica su pasado descolgándose con el maniqueo sofisma que interpela: “¿qué otra cosa podía haber hecho?” o más bien, “¿qué hubieras hecho tu, hipócrita espectador, en mi lugar?”.

13 respuestas a Un dios salvaje (Carnage) – Roman Polanski (2011)

  1. Sergio dice:

    Estoy muy de acuerdo con el fondo del análisis, el personaje de Jodie Foster no merece ese trato que se le da.

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Cierto, pero lo que me resulta más indigerible es que Christoph Waltz resulte, por honesto en su vileza, el ‘vencedor’ de esa mutua exposición de miserias y que no haya, a mi parecer, ninguna clase de distancia ni ironía ni critica que lo contextualice. Muchas gracias, Sergio, por tu comentario.

  2. Creo que Roman Polanski bajó muchísimo su propio listón a partir de Piratas (1.986), después de su última gran obra Tess (1.979); y que desde entonces es un director interesante pero no maestro. Una lástima, una gran pérdida.

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Pues tras Piratas ha seguido realizado grandes películas. A mi El pianista me parece estupenda. Muchas gracias por tu comentario, Xavier.

      • El pianista es la mejor de las cintas del último Polanski, un trabajo tan sincero y sólido como frío. Hay quien la considera una obra maestra,-no es mi caso-. Me explicaré:

        Tengo un problema con este tipo de películas: No me gustan ni la idiosincrasia de los judíos ni -por supuesto- la de los nazis. Y como todos los productores son judíos, la segunda guerra mundial siempre ha sido tratada en el cine desde su prisma maniqueo.

        Los judíos a lo largo de la historia de la humanidad han sido odiados, expulsados de todas partes y exterminados, nada nuevo sobre el horizonte.

        Me interesaría ver la Segunda Guerra Mundial desde otros ángulos.

        Un fuerte abrazo.

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Pues sí, y quizás también La muerte y la doncella y Óliver Twist. Algunos otros también incluyen entre sus últimas buenas películas incluso El escritor fantasma, cosa que, de momento, a falta de un nuevo visionado, no comparto.

  3. Gracias, buen trabajo, esperaré a C+ (ya sabes que soy más discos supporter que cines supporter…), pero me da su cosa verla, aunque por lo que leo también me da un poco de “miedillo” (¿honestidad en la vileza?)… De todas maneras, Jodie Foster es un gran reclamo en mi caso.

    No hace falta que contestes, mejor nos vemos un día de estos; y hablamos, porque vernos ya nos vimos… Yo estaba algo perjudicado-resacoso-derrotado.

    Un abrazo, me gustó leerte.
    KW

    Y El pianista me gustó (y me gusta) mucho y Lunas de hiel me da un poco de vergüenza ajena. La del escritor, mala; y La muerte y la doncella, pues… no la repito.

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Pues Polanski (o la obra de Reza) le dan al personaje de Jodie Foster (¿y tal vez a ella misma que lo representa?) un tremendo repaso como también, aprovechando la coincidencia, a Jane Fonda que, después de sus fotos en Hanoi y posteriores engagements, se convirtió en el tentetieso ‘progre’ norteamericano por antonomasia…

      Muchas gracias por tu comentario, KW.

      Un abrazo.

  4. Luis dice:

    Hola.

    Y digo yo: ¿Polanski fue de veras alguna vez “minucioso y radical”? Tengo para mí que sus películas valen lo que vale el texto previo -libro, guión o lo que sea. Y que las objeciones señaladas sobre esta última película obedecen al texto, es decir, a los diálogos y su diseño intencional (y este tipo de textos teatrales suelen basarse genéricamente en eso mismo: un dispositivo medido para desvelar contradicciones, empatías, antipatías, etc., mediante los diálogos).

    El trabajo de Polanski ha consistido en darles una habilidosa lectura “espacial”. Lectura cómplice sin más. Cada encuadre pone en escena las tensiones y a la vez un comentario irónico sobre las mismas, que ya viene implícito en los propios diálogos.

    Pero insisto: ¿de dónde sale el desmesurado prestigio que tuvo siempre este director…?

    Luis

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      El trabajo de Polanski en esta última película (dado que prácticamente en ella todo lo relevante es texto preexistente) me resulta, como se ha insistido, del todo opaco y rutinario.

      Sin embargo, más allá de los textos de partida, sí que creo que Polanski, al menos en sus inicios, fue un cineasta minucioso (no en la senda de Kubrick y Malick) y radical o si lo prefieres incómodo. De hecho, aunque sea un lugar común revisable, el absurdo, las formas de violencia cotidiana, social e interpersonal, y una pátina de humor negro le han reservado -aunque sea dentro del mainstream y durante un tiempo- el ‘privilegio’ de ser el representante de cierta malaise.

      El prestigio si es desmesurado supongo que debe atribuirse a la singular combinación entre una biografía bien azarosa, su transnacionalidad, un flair de qualité y a haber acertado con unas cuantas -por diferentes razones- películas reseñables.

      Abrazo

  5. Ángel dice:

    Para mí, simple espectador, y amante del séptimo arte, el Polansky interesante se quedó en los años setenta, incluyendo algunos de sus cortos. Luego todo me resulta demasiado evidente, aburrido y nada emotivo, perdiendo las dosis de originalidad estética, o al menos un sello peculiar, que sí tuvo hasta esos años setenta.
    Un saludo cinéfilo

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Hola Ángel, gracias por pasarte. Estoy de acuerdo contigo, quizás desde El inquilino Polanski sólo haya realizado obras de perfil e interés más bien bajo excepto, para mi gusto, El pianista.

      Un saludo.

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