Boogie – Radu Muntean (2008)

Entre los dos fotogramas que encuadran este párrafo discurre la penúltima película de Radu Muntean, uno de los cabecillas, junto a Cristi Puiu, Cristian Mungiu y Corneliu Porumboiu, del denominado ‘Nuevo cine rumano’, y como ocurría en su obra precedente, The paper will be blue (Hârtia va fi albastră, 2006), Boogie también transcurre durante el breve lapso temporal de una noche (con un prólogo y un epílogo diurnos). Si bien abunda en retratar personajes a ras de tierra, en esta ocasión lo hace aligerando el peso del contexto histórico de la primera (la ‘revolución rumana de 1989’), centrándose en la intrahistoria de una joven pareja con un hijo pequeño que disfruta del puente del primero de mayo en la costa del Mar Negro.

Protagonizado por Dragos Bucur, su actor fetiche, y Anamaria Marinca (la protagonista de 4 meses, 3 semanas y 2 días), y arropado por sus colaboradores habituales, Muntean perfila cámara en mano, con una fotografía paulatinamente más oscura y una puesta en escena naturalista, un comprimido drama generacional de resonancias universales que, de paso, no pierde la ocasión para realizar una sutil radiografía de su país de origen.

Las idílicas imágenes que abren y cierran el film transmiten erróneamente la apariencia de una familia feliz, o bien, en el caso de que tuviésemos nociones de su trama, de que la película concluirá con el oportuno y reconciliador final feliz. Sin embargo, a pesar de las apariencias, Boogie se cancela a contrapelo, en falso y con un regusto amargo: a engaño envuelto en un vaho de alcohol y sexo adúltero y mercenario. Entre las idealizadas imágenes de un padre jugando con su hijo al borde de la playa y la conjuntada estampa de la familia solazándose matutinamente en el lecho marital, Muntean intercala un largo episodio nocturno de sorda, a la par que doméstica, desazón existencial. El espectador ha acompañado a Bogdan, el Boogie del título, durante una mustia noche de juerga con dos amigos de su cercana juventud, Sorin/Mimi Branescu y Vali/Adrian Vancica, sorpresivamente reencontrados en la marchita ciudad balneario de Neptun, hasta que llega a su hotel de amanecida y resacado de acostarse con una prostituta.

En Boogie, Muntean explora -como también hace en Tuesday after Christmas, su última película- los intersticios abismales de una pareja en descomposición, deteniéndose en ambos casos en el perplejo universo del protagonista masculino. Boogie nos muestra un personaje que se encuentra incómodo tanto en la piel de padre, como de pareja e incluso de amigo: el largo plano secuencia inicial lo revela en realidad egoista e impaciente con su hijo, también luego con su mujer embarazada y, finalmente, con sus amigos. Bogdan se halla en una coyuntura en la que no parece encontrarse a gusto con nadie, ni con su actual presente familiar, ni con su reciente pasado juvenil, ni con el futuro borroso e impreciso que le aguarda. Lo cierto es que Bogdan aplica una economía emocional, levantando un muro invisible de distancia e incomodidad, frente al que chocan los deseos, las expectativas propias y ajenas y la posibilidad de entablar una relación verdadera y honesta de cualquier índole. De esta manera Muntean construye un personaje huidizo y hermético (¿tridimensional?) que, al margen de la justicia o injusticia (moralidad o inmoralidad) de sus acciones, con su indefinición e individualismo provoca una cotidianidad tóxica, preñada de pequeños desencuentros, de diminutas mentiras asfixiantes, que tienen como resultado el rencor, la frustración y el desencuentro personal y de pareja; en definitiva, el fracaso vital.

Por su aproximación al resbaladizo universo de la masculinidad y la amistad masculina en crisis, llena de disimulos, ostentación y apariencias, Boogie podría encuadrarse a la sombra de modelos fuertes y canónicos como Husbands (John Cassavetes, 1970), si bien su perfil evasivo y mucho menos estridente o visceral, alejado de los palpitantes desgarros de las generaciones precedentes, lo acercaría a propuestas tenues y difuminadas, propias del esquivo cenagal contemporáneo carente de asideros y referentes, como el más cercano Old joy (Kelly Reichardt, 2006).

Al contrario de lo que el cine al uso nos tiene acostumbrados, ni la vivencia nocturna (la noche siempre como territorio donde todo es posible), ni tampoco la bronca marital ni el deshogo amical y prostibular posterior, sirven de detonante para provocar transformación alguna en el protagonista, que continúa sin cauterizar una circunstancia vital para la que resulta emocionalmente minusválido. Ni siquiera el sexo, profesional, desapasionado y estajanovista, trasciende más allá de un exiguo alivio pasajero físico que se agota en sí mismo. Curiosamente, el único personaje que realiza una reflexión seria y pone de su parte para salir de la situación de atasco vital, evidenciando una vez más el fracaso del viaje exterior -de la acción-, es su mujer, Smaranda/Anamaria Marinca, pues el protagonista permanece empantanado en tierra de nadie, ni en una orilla, comprometido con su mujer y su hijo, ni en la otra, hermanado con sus malogrados amigos.

2 respuestas a Boogie – Radu Muntean (2008)

  1. Atlante7 dice:

    No he visto la película, pero tal y como describes al protagonista masculino… ¡¿Pobre hombre, no?!, parece que no se le ha concedido ni siquiera un resquicio de comprensión (ni remota esperanza) ante su aparente huida, su lánguido inmovilismo, “indefinición” e indefensión…, que no ha conseguido ni un diminuto destello, ni siquiera un fugaz espejismo de la perfección de otras vidas ejemplares de pareja o de amistad verdadera. Habrá que verla para interpretar su guión y sus planos secuencia.

    … Aunque no haya directa o evocada relación argumental, en otra dimensión quizás, esa desazón existencial que describes en Boogie, me ha recordado una película francesa de gran impacto emocional: Dejad de quererme (2008), dirigida por Jean Becker.

    Saludos.

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Muchas gracias por tu comentario y por la sugerencia/conexión fílmica que propones, no he visto la de Jean Becker.

      En cuanto al protagonista de Boogie, da la impresión de que su inmovilismo e indefinición es producto de la ausencia de acción y reflexión crítica, individual y social. Teniendo en su mano, en la medida de sus posibilidades, la opción de alterar las cosas en el sentido que sea, al menos con su pareja, parece más cómodo, le resulta más cómodo, dejarlas tal y como están. Boogie viene a ser la penúltima aproximación, esta vez en versión rumana, cámara en mano y levemente marchita y sórdida, del desastre emocional que supone el confuso, anonadado y ferozmente individualista hombre contemporáneo. La enfermedad del Bartleby peterpanesco o viceversa, del Peter Pan bartlebiano.

      Saludos.

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