Festival de cine de Las Palmas 2012: epílogo

Con el deseo de que la desastrosa situación económica actual, con la dedicación prioritaria de recursos públicos al pago de la deuda, no afecten a su viabilidad, o directamente a la existencia futura del Festival Internacional de cine de Las Palmas de Gran Canaria, concluimos la atención dedicada al mismo con un somero repaso por lo que tuvo de mayor interés en esta 13 edición marcada por la austeridad y los recortes.

Antes de entrar a valorar los contenidos se impone necesariamente una breve mención sobre los continentes. Aun con los perceptibles defectos técnicos que tienen las proyecciones en cine en el Teatro Guiniguada (y la rigidez de sus asientos), se agradece su incorporación a las sedes del Festival de este año. La silenciosa y concienzuda labor de la organización a la hora de buscar, encontrar y traer las películas programadas, de velar por el estado de las copias y la adecuación de formatos y subtítulos se ve rebatida y queda sin sentido cuando se toleran incómodas proyecciones en calurosas salas provistas de perturbadores churretes en las pantallas, desmereciendo todo el meticuloso cuidado prestado previamente. La controversia sobre la desafección del público de las salas de cine se carga de razones cuando las películas se exhiben en unas condiciones semejantes.

En cuanto a la disminución a casi la mitad del presupuesto sufrida con respecto a la anterior edición podemos sostener que no ha tenido mayor trascendencia, al menos de puertas para afuera, en lo que al espectador se refiere. La rebaja se ha traducido en la anunciada mengua de sesiones y también de películas (circunstancia que llega a agradecerse, ante lo inabarcable de la oferta y la desazón que provoca no ser humanamente posible contemplar en condiciones todo lo que se desearía), así como en la reducción de actos e invitados a lo estrictamente imprescindible (directores con películas). No obstante, si los actos de inauguración y clausura fueran a seguir teniendo el mismo cariz de (lamentable) acto autista y propagandístico político-social abogamos desde aquí por su supresión total o por su (re)incorporación a las respectivas proyecciones inicial y final. Así al menos las inevitables butacas reservadas para los representantes de la soberanía popular no se mantendrían completa e insultantemente vacías durante dichas sesiones.

Como la profusa oferta cinematográfica festivalera permite seguir itinerarios divergentes y por ello disfrutar de festivales diferentes durante los nueve días que dura, nosotros nos hemos ceñido -sin apenas cambios- al programa prediseñado antes de su comienzo. Esto nos ha permitido disfrutar de una perspectiva de conjunto, si bien nos obstaculiza, lógicamente, la necesaria visión profunda de todas y cada una de las secciones, ciclos y retrospectivas en danza.

A pesar de las consabidos reproches de crítica y público sobre su dificultad o exceso de dramatismo, por nuestra parte nos congratulamos de que, aunque no resulten premiadas, la Sección oficial acoja películas tan particulares, arriesgadas y sobresalientes como la británica Two years at sea, de Ben Rivers, o la hipnótica y elegiaca última obra de Andrés Duque, collage realizado a la muerte de su padre, Ensayo final para utopía. También porque nos permita disfrutar del esperadísimo e ingenioso dispositivo narrativo referencial de Miguel Gomes, Tabu, su segunda Harimaguada de plata. Y que cuente con otras obras, como la sutil y paseante The loneliest planet, de Julia Lotkev, una más que digna ganadora (una vez descartado cualquier atrevimiento, claro está), Nana, el sorprendente retrato campestre de una cría deliciosa ante la ausencia de su madre, dirigida por Valérie Massadian, o la película china premiada en Rotterdam Egg and stone (Jidan he shitou), ópera prima de Huang Ji.

La Sección informativa de esta edición del Festival resultó, como anticipábamos, el objeto principal de nuestra atención. Y aunque no pudiéramos ver todo lo que hubiéramos deseado, por ejemplo la integral herzogiana dedicada a los condenados a muerte, podemos afirmar que colmó completamente nuestras expectativas, de manera que nos proporcionó una muestra -diversa y significativa- de la pasada cosecha festivalera. Así, nos maravillamos con la ambivalente y estremecedora actualización del milagro cinematográfico que propone Bruno Dumont en Hors satan, las notas ‘autógrafas’ sobre un film imposible de Jafar Panahi en This is not a film, el ajuste de cuentas de Ross McElwee con su hijo y con su propio pasado en Photographic Memory las escalas narrativas de Hong Sang-soo en The day he arrives; amén de los cortos de Claire Denis y Jean Marie Straub que, sin la pieza de José Luis Guerin, componían el proyecto digital del Festival coreano de Jeonju 2011 y siguen la estela y los intereses de sus respectivas obras. Por su parte también resultaron de interés, aunque nos parecieran más irregulares, las obras de Chantal AkermanNaomi Kawase, Kim Ki-duk y Teresa Villaverde.

Entre los ciclos y retrospectivas que completaban la oferta de esta edición se confirmó el relieve y la envergadura del denominado Los modernos. Una oportunidad irrepetible para acercarnos en pantalla grande al arte cinematográfico de vanguardia anterior a la implantación del sonoro. Una apabullante selección de hitos del cine mudo entre los que resultaba muy difícil escoger si bien destacaron la fascinante Limite (1931), del brasieño Mario Peixoto, L’Argent, de Marcel L’Herbier o la oportunidad de contemplar La tierra de Alexander Dovzhenko (Zemlya, 1930) o Orizuru osen (1935), de Kenji Mizoguchi.

Las otras dos retrospectivas resultaron, a su manera, más que satisfactorias sorpresas. Por un lado, la producción documental de Sergei Loznitsa nos arrancó de nuestro acomodaticio error, al tenerlo por el director de un estimulante primer film de ficción y documentalista ‘de apropiación, con las obras que habíamos tenido la ocasión de contemplar (Revue y Blokada) anteriormente. Destacando con el resto de su filmografía como un insistente y minucioso retratista de momentos y personajes intemporales, lindando con la videocreación y el videoarte. Por otro, el canadiense Bernard Émond logró concitar el interés del devoto y numerosísimo público asistente a sus proyecciones con sus combativas presentaciones y coloquios. El ecléctico ciclo escogido por la revista norteamericana Film Comment también terminó por vencer nuestra inicial reticencia. Además de la imprescindible Carretera asfaltada en dos direcciones (Monte Hellman, 1971), incluyó un cúmulo de títulos norteamericanos de los años setenta caracterizados por ofrecer una sombría y desmoralizante panorámica de la realidad y la historia del país. Despuntando entre ellos las desconocidas Dusty and Sweet McGee (Floyd Mutrux, 1971), Play it as it lays (Frank Perry, 1972), The private files of J.Edgar Hoover (Larry Cohen, 1977) o el western de Robert Mulligan La noche de los gigantes (The stalking moon, 1968).

Por último, y como viene siendo habitual, no sabemos si por la cercanía de sus autores y las consiguientes suspicacias, o bien por el espacio subalterno que –a pesar de las declaraciones– se les reserva, y el interés limitado que se les presta, pero el Foro Canario reunió los únicos contratiempos serios acontecidos durante el transcurso del Festival, así como recibió las mayores críticas. Lo cierto es que, en contra de lo que venía siendo habitual, los cortos resultaron agrupados injustificadamente en una única y maratoniana sesión doble, y los largometrajes, salvo el de Nayra y Javier Sanz Fuentes, incluido en la Sección informativa, solo disfrutaron de un único pase.

En definitiva, a pesar de que la edición de este año haya estado atravesada por las dificultades financieras, y de que sobre su continuidad penda la espada de Damocles, debemos reconocer que el Festival ha sabido adaptarse a las estrecheces. Ha logrado acomodarse a un formato más discreto y adecuado, en consonancia con su perfil editorial y con este lejano e insular lugar donde se celebra, terminando por resultar abarcable, sostenible y, como siempre, provechoso. Si bien las censuras, reproches e incomprensiones que recibe sean cíclicas y repetitivas como mantras desgastados, aunque algunas no dejen de llevar razón, los contenidos se han escogido y mantenido fieles e imperturbables. Por ello, y reconociendo la buena cosecha de la que ha sabido aprovecharse (lo que le ha provisto de una nota media alta), Las Palmas sigue conservando su prurito de foco a tener en cuenta en el panorama nacional (tal vez a la sombra alargada de Gijón y sin olvidar la inestimable labor pedagógica que cumplen sus ciclos y retrospectivas), a la hora de pulsar el estado de la cuestión y de acercar y descubrirnos las caprichosas derivas del cine contemporáneo.

2 respuestas a Festival de cine de Las Palmas 2012: epílogo

  1. raquel dice:

    Tu sí que te lo curras…:)

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