Moneyball – Bennett Miller (2011)

La soledad del mánager general

A pesar de la omnipresencia de un cada vez más afectado y desencajado Brad Pitt (quizás definitivamente poseido por su personaje en Malditos bastardos), nos decidimos a ver este film animados por las críticas y artículos que anunciaban que Moneyball trascendía lo meramente deportivo, en concreto el béisbol, para “conducirnos, poco a poco, hacia las interioridades del negocio deportivo”. Pero cual no sería nuestra sorpresa al comprobar que tras la presunta historia de superación y desafío personal, la sempiterna lucha de David contra Goliat, Moneyball esconde el enésimo supositorio ideológico confeccionado por el gran cinema. Este descarado ‘producto’ está manufacturado, sin sonrojo ni modestia alguna, para ensalzar a un ‘visionario’ enfrentado con las caducas estructuras sociales y las encorsetadas mentes que, ciega y reaccionariamente, gobiernan el mundo deportivo e impiden el progreso de la ‘luz de la razón y la técnica’.

La subversión del patrón aplicable a este tipo de películas ya anuncia la operación ideológico-propagandística que esconde, pues la novedad que aporta Moneyball reside en que el ‘héroe’ con el que está destinado a identificarse el espectador no es, como nos tienen acostumbrados, un dotado -mas inadaptado- deportista, o bien el sagaz entrenador de métodos heterodoxos, sino nada menos que el mánager general del equipo modesto de turno, Billy Beane/Brad Pitt. Pitt es el protagonista absoluto hasta el punto de que a duras penas podremos identificar a los jugadores que componen el equipo local. De hecho, el film, para no convertirse (más) en un soporífero one man show incorpora un fiel escudero, encarnado por el inefable Jonah Hill, en el papel de imprescindible acompañante y brillante cerebro útil en la ‘quijotesca cruzada’ emprendida por aquél. Los guionistas intercalan, suponemos que con la intención de dotar al robot, perdón, al personaje principal, de una dimensión humana y al argumento de cierto peso dramático, por un lado, flashbacks de su carrera deportiva activa finalmente fracasada y, por otro, una forzada y borrosa trama que concierne a su cantora hijita, que vive con su exmujer y su actual pareja. En realidad sendas excusas dramáticas innecesarias y superfluas.

Es cierto que Moneyball desnuda el mundo de los negocios deportivos, que exhibe la realidad del béisbol (y por ende de cualquier deporte profesional, y más en los EEUU), convertido en un espectacular engranaje movido -y destinado- única y exclusivamente a generar beneficios; pero esto no desvela nada que no supiéramos. La particularidad estriba en que la cruzada que emprende nuestro héroe, el mánager, consiste en imponer a su equipo contra viento y marea, cual si de un Adam Smith redivivo se tratara, un modelo económico-analítico. Billy Beane/Brad Pitt se convierte en el afanado e incomprendido adalid de la matemática pura y desapasionada, del cómputo de los beneficios y los costes aplicada al béisbol. Más allá de las manoseadas estadísticas, los pálpitos legendarios, los grandes presupuestos, los fichajes estrellas y del caprichoso desafuero económico, Billy Beane opta (obligado por las circunstancias pues es el único camino que le queda a los equipos modestos) por encabezar un sistemático e implacable plan de optimización de los recursos preexistentes: la revolución a través de la perfecta eficiencia y del destilado matemático de necesidades, costes e inversión.

Aunque el film esté ambientado en los primeros años dos mil supura actualidad, en realidad ha de leerse inserto dentro del actual discurso ideológico hegemónico sobre ‘la crisis económica mundial’; en la misma línea que el sufrimiento de las naciones europeas a propósito del intocable dogma del déficit cero y del pago de la deuda. De entrada propugna, como no puede ser de otra manera viniendo de donde viene, la doctrina incuestionable de que toda actividad empresarial (a nadie se le escapa que un club deportivo profesional lo es) debe reducirse a meros datos, números y estadísticas; así como la preponderancia del método y a la obtención de resultados/beneficios, prescindiendo de cualquier otra variable, nostalgia o sentimentalismo deportivo, por lo tanto sacrificando, lógica y esencialmente, el capital humano, que va y viene dócil e intercambiable.

En consonancia con el presente panorama de crisis económica, y con la excusa de retratar una anecdótica ‘gesta deportiva’, Moneyball se convierte en solapado instrumento para filtrar y divulgar la renovada receta del capitalismo norteamericano, el paradigma económico para los próximos años: un racionalismo economicista desapasionado, basado en la aplicación de la apisonadora conceptual de ‘la fórmula’ más eficaz y eficiente. Después bastará simplemente con practicar ciegamente dicho método científico hasta sus últimas consecuencias, contra todo y contra todos. El film parece ser un publireportaje destinado a justificar a los tecnócratas gobernantes de los países PIGS, que solo ‘hacen lo que tienen que hacer’ y aplican la ‘única receta político-económica posible’. Esto queda de manifiesto cuando Brad Pitt cambia, vende o simplemente prescinde, sin más pesares, de jugadores anónimos o no, que por la razón que toque no encajan con el supremo ‘método’, incuestionable y sacrosanto. El ‘modelo’ analítico perfecto, la gestión eficaz de los recursos, lo justifican todo, está muy por encima de los seres humanos. No caben los escrúpulos ni los sentimentalismos y así se lo transmitirá y hará comprender Billy Beane a su aventajado Sancho Panza, que se aplicará a ello con ahínco.

No obstante, aunque con esta baza el mánager logra romper un histórico récord de victorias, el equipo no conseguirá alzarse con título alguno. La diferencia de presupuestos entre los equipos en danza sigue alzándose como una sima infranqueable. Por mucho modelo eficiente que se desee aplicar, aquel que cuente con los mayores recursos económicos obtendrá siempre los mejores resultados. Como buen dispositivo ideológico que es, el film se limita únicamente a mostrar la bondad del método científico; a demostrar que ‘la fórmula perfecta’ existe, funciona y consiste en la fría e indiferente optimización matemática de los recursos. Los rótulos finales se encargarán de informarnos de que la siguiente temporada un equipo mayor logró alzarse con el campeonato empleado el ‘método’ de Billy Beane/Brad Pitt. Nada se dice sobre la extrema desigualdad de partida del sistema en el que todo esto ocurre y que permite semejantes injusticias, simplemente se da por hecho.

En definitiva, la moralina que se cuela de contrabando en Moneyball sostiene que los números son puros e inocentes, los análisis imparciales, las fórmulas neutrales, que no hay engaño pues las matemáticas son asépticas, objetivas e impersonales. La metáfora es clara, un club (¿los países? ¿el mundo?) es una empresa y como tal ha de conducirse. Solo cabe doblegarse ante la evidencia de que todo lo real es racional y encomendarse a la dimensión redentora de la ciencia. La solución a los desafueros que provocaron la crisis financiera mundial que nos ofrece se limita a una simple corrección cosmética: basta aplicar ‘la fórmula’ y prescindir de los caprichos y los excesos irracionales propiciados por la abundancia del boom económico. Pero siempre dentro de las sacrosantas coordenadas de la oferta y la demanda y del mercado, que se dan por sentadas como a priori incuestionable.

Frente al último canto a la objetividad ciega de la técnica y la perenne tentativa de legitimar la razón instrumental que años ha denunciaran Adorno y Horkheimer, la única solución legítima o alternativa factible es llevar verdaderamente hasta sus últimas consecuencias lo que se atisba en la propia película. No basta con ser más inteligente, encontrar los puntos flacos y aprovecharse de ellos, es necesario romper definitivamente la lógica inhumana que nos circunda, cambiar las reglas del juego e imponer otras nuevas no viciadas; empezar de cero.

5 respuestas a Moneyball – Bennett Miller (2011)

  1. un membrillo al sol dice:

    (Si me permite la risueña ligereza,) de vez en cuando lanza usted un “ultimo-párrafo” que da gusto… Como si el final fuese una suerte de comienzo… (Gracias)

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Muchas gracias a usted, un membrillo al sol, por sus cordiales y risueñas palabras. Me alegro de que le guste alguno de los “últimos-párrafos”. Aunque más bien termine siendo lo opuesto, a veces da la impresión de que estemos viviendo un ‘momentum’ que podría conducirnos a otra cosa…

  2. un membrillo al sol dice:

    ‘Aunque más bien termine siendo lo opuesto’ — dice Vd. No estoy seguro de ello, estimado Misterioso, la vida nos suele deparar más de una sorpresa. Saber mantener la llama encendida es, justamente, poder confiar en la incertidumbre, en esa apertura que promueve y, por consiguiente, poder participar de ella, abrise a ella (y con ella).

    “El único conocimiento que vale es aquel que se nutre de incertidumbre y el único pensamiento que vive es aquel que se mantiene a la temperatura de su propia destrucción”.

    Edgar Morin, Los siete saberes (1999).

    “Cualquier sistema se inventa un principio de equilibrio, de intercambio y de valor, de causalidad y de finalidad, que actúa sobre oposiciones establecidas: las del bien y el mal, lo verdadero y lo falso, el signo y su referente, el sujeto y el objeto; es decir: todo el espacio de la diferencia y de la regulación a través de la diferencia que, mientras funciona, garantiza la estabilidad y el movimiento dialéctico del conjunto. Hasta aquí, todo va bien. Cuando deja de funcionar esta relación bipolar, cuando el propio sistema entra en cortocircuito, engendra su propia masa crítica y se abre a una desviación exponencial. Cuando ya no queda sistema de referencia interno, ni equivalencia ‘natural’, ni finalidad por la que canjearse (como ocurre entre la producción y la riqueza social, entre la información y el acontecimiento real), entonces entramos en una fase exponencial y en el desorden especulativo.

    La ilusión de lo económico es haber pretendido fundamentar un principio de realidad y de racionalidad en el olvido de esta realidad definitiva del intercambio imposible. Ahora bien, este principio sólo es válido en el interior de una esfera artificialmente circunscrita; fuera de este ámbito todo es incertidumbre radical, y esta misma incertidumbre, exiliada, prescrita, se infiltra en los sistemas y se contenta con la ilusión de lo económico, la ilusión de lo político, etc. Este mismo desconocimiento los empuja a la incoherencia, a la hipertrofia, y de algún modo los lleva a la aniquilación. Porque precisamente desde el interior, por su propio exceso, los sistemas queman sus propios postulados y se desploman sobre sus cimientos”.

    Jean Baudrillard, El intercambio imposible (1999).

    Y tal vez, consecuencia de todo ello, estemos entrando en una fase en la que los sujetos se vean abocados a deshacerse de la modelización que se cierne sobre ellos, de esa malograda objetivización instrumental a la que parecen estar abocadas nuestras vidas. En ello, tal vez, consistiría lo que Baudrillard llama ‘la revancha del pueblo de los espejos’ (ver enlace, http://es.scribd.com/doc/72854022/20/LA-REVANCHA-DEL-PUEBLO-DE-LOS-ESPEJOS). Algo que, desde mi humilde punto de vista, viene a explicitar la filmografía de dos directores de cine contemporáneos: Michael Haneke y Abbas Kiarostami.

    Todo queda abierto, pues. Un saludo

    • Misterioso objeto al mediodía dice:

      Tienes razón, la vida nos proporciona muchas sorpresas y no podemos darla por descontada. Resignarse a ello sería someterse a la dictadura de ‘lo real’, o como confiar ciegamente en el progreso eterno. Hace falta vivir con la eterna actualidad presente del acontecimiento redentor.

      No conocía estos textos ni este libro de Baudrillard. La revancha del pueblo de los espejos es muy bueno, y la cita de Borges estupenda. Muchas gracias!

  3. Rosa dice:

    Buen, pues parece que la realidad confirma tantos las palabras de tu escrito, como también lo que sugieren vuestros comentarios… A ver dónde nos lleva toda esta payasada de nuestros políticos y banqueros ! Que la fuerza nos acompañe…

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