El tren (The train) – John Frankenheimer (1965)

Ambientada durante los últimos días de la ocupación nazi de París, El tren narra la obcecación del oficial alemán Von Waldheim, interpretado por Paul Scofield, por transportar en tren hacia Alemania los cuadros más valiosos de la colección del Jeu de Paume mientras la Resistencia francesa, alertada por la conservadora del museo, maniobra para evitarlo a la espera de la inminente entrada de las tropas aliadas en la capital.

Durante toda la película colisionan, como un choque de trenes, las voluntades de los dos protagonistas. De un lado, el citado Von Waldheim, empeñado en conducir hacia Alemania el producto de su expolio artístico y, de otro, Labiche, el ferroviario encargado de dirigir la locomotora y, a la sazón, cabecilla del grupo resistente encargado de impedirlo, intepretado por Burt Lancaster. Éste, a pesar de su tibieza inicial, pues es más partidario de centrarse en objetivos militares que de obstaculizar o impedir el tránsito de este tren, se mostrará -obligado por las circunstancias- cada vez más implicado en la tarea. Así, quizás de una manera inexplicable, los miembros de su grupo y él mismo terminan por comprometerse con el objetivo de frustrar el expolio de ‘la gloria de Francia’. Por esta razón la relación entre ambos protagonistas discurre entre un primer antagonismo ambivalente, lleno de astucia y desconfianza, y la encarnizada y sangrienta culminación, después de su entretenidísimo metraje, en la secuencia final. El desigual duelo que tiene lugar entre ambos en esta última escena cristaliza (y cancela) el enfrentamiento que ha vertebrado, con progresiva intesidad, toda la película, a la par que condensa visualmente una suerte de atractivas y paradójicas cuestiones.

Labiche consigue in extremis detener definitivamente el tren, si bien su obstinación también ha provocado involuntaria -pero previsiblemente- una verdadera carnicería entre civiles y resistentes. Una vez allí repara, al pie de la locomotora, en los cuerpos de los civiles usados por los alemanes como escudos humanos, que han sido asesinados por éstos en su huida. Cuando camina hacia ellos es interpelado por Von Waldheim, que se ha quedado para confrontarlo retóricamente por el propósito y la utilidad de su misión. Al ser en última instancia el responsable -y sobreviviente- de un montón de muertos, Labiche encarna una suerte de reverso -‘humano’ y ‘comprensible’- del frío e implacable Von Waldheim.

La cámara enfoca alternativamente a uno y a otro en sendos planos equidistantes que encuadran a Labiche a un lado entre la locomotora y el amasijo de cuerpos y a Von Waldheim entre los vagones del tren y las cajas con los cuadros, abandonadas en la desbandada alemana. Cuerpos inertes frente a mercancía empaquetada, todos yaciendo en primer plano desparramados por la cuneta. La metáfora es clara y desoladora: cada uno encuentra a su lado el producto o el malogrado resultado de su empecinamiento. El ‘juego’ del gato y el ratón, la frustración de la misión de uno y el éxito del otro ha provocado a cambio la pérdida de un montón de vidas humanas. Además, como ocurría en La gran ilusión (Jean Renoir, 1937), en esta escena también se pone de manifiesto una soterrada contienda entre dos clases sociales, una trabajadora y otra aristocrática. Labiche encarna al héroe popular, al pueblo en lucha, desconocedor no sólo del valor de las obras por las que combate sino de las propias obras, aunque sí de lo que representan, por tanto, colmado de razones y de pericia profesional, mientras que Von Waldheim es la quintaesencia de una arrogante élite en decadencia, soberbia propietaria del gusto y dueña tanto de la tierra y la industria como del arte. Representante, en definitiva, del perenne ‘enigma’ sobre la explicación del horror nazi en el seno de una de las sociedades europeas más cultas.

Mientras Labiche empuña su ametralladora y aparece ligeramente desplazado a la derecha, con un fondo más luminoso, de tal manera que el centro del cuadro permanece expedito y el punto de fuga abierto al horizonte claro y despejado, Von Waldheim, en cambio, desarmado, se muestra del lado de los sombríos vagones y termina enclaustrado en el centro de la imagen, en un ligero contrapicado. Esto proyecta una imagen crispada e inestable que lo muestra encajonado, entre las cajas y los vagones, sin posibilidad de escape, anticipando su funesto destino: ser arrasado por la mezcla de furia y silenciosa impotencia que proviene de las víctimas y que empuja el gatillo de Labiche.

Sin embargo, el impulso de Labiche es producto de la pura rabia, lo cual lo sitúa lejos de cualquier atisbo de heroísmo idealista a la antigua usanza. Este asesinato motivado por la venganza tampoco posee un efecto liberador o catártico, más allá del desahogo instantáneo, con lo que resulta un hito más en la inacabable cadena de muerte y destrucción que alimentan las guerras. Este escenario desolador y pesimista desarma (dentro de los márgenes del cine de acción industrial) el simplismo buenista que envolvía la representación bélica en el cine clásico y hace que El tren se integre en las coordenadas, amargas y desencantadas, sentadas por otras películas bélicas (o no) de la época (p.e. las de S. Fuller o N. Ray). Las últimas imágenes, acompañadas por el ronroneo de la locomotora, confrontan alternativamente los asesinados anónimos con las cajas rotuladas con los nombres de famosos pintores, dispuestas como verdaderos ataudes. El paralelismo muestra el resultado de la guerra, evidencia su sinsentido y simboliza la absoluta irracionalidad de cualesquiera (sin)razones históricas o estatales que pretenden comparar el valor de una vida humana, o justificar su sacrificio, con cualesquiera bienes, sean materiales o morales. Para culminar este desesperanzado ejercicio es necesario mencionar que, al menos vista hoy, resulta imposible no pensar en otras imágenes icónicas de otros trenes y otros millones de muertos anónimos. En realidad, el final a contrapelo y estas últimas imágenes funcionan como un bofetón, no hacen sino interpelar al propio espectador cuestionado el sentido del ‘disfrute’ del visionado precedente. Una bomba final que dinamita el habitual esquema del ‘relato edípico’.

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