John Wayne como Rock (In harm’s way, Otto Preminger, 1965)

En las postrimerías de su etapa más boyante Otto Preminger rueda Primera victoria (In harm’s way, 1965), su única incursión en el género bélico (si no contamos Éxodo como tal). Para ello parte de una novela del mismo título, escrita por James Bassett, y dispone, como tenía entonces por costumbre, de un importante elenco actoral para realizar un drama bélico coral, al estilo de las grandes producciones bélicas de la época. Entre todos destaca la presencia de su protagonista principal: John Wayne. El personaje que encarna, Rock Torrey, constituye el hilo conductor de este fresco bélico que gira en torno al bombardeo de Pearl Harbour y a una trascendental batalla naval posterior. Pero la presencia de John Wayne desborda las conocidas convenciones del drama bélico, para convertir la película en un extraordinario catálogo, a mayor gloria del personaje cinematográfico John Wayne.

De hecho, al contemplar el film uno tiene la extraña impresión de estar asistiendo en realidad a una suerte de soterrado documental, entre interludios bélicos, elaborado con el objetivo de desentrañar e investigar las varias facetas de la figura ‘John Wayne’: el actor, el personaje, la persona y el mito cinematográfico. O más bien, quizás, la imposible indivisibilidad de todas ellas: la -por entonces- dificultosa tarea de desmitificar al mito. Tal vez esto explique la insistencia de Preminger por ofrecernos un exhaustivo muestrario de situaciones que tienen a Wayne como centro de gravedad, con una especial insistencia sobre su vertiente íntima, pues el número de actividades cotidianas que nos muestra Preminger resulta altamente sospechoso: bebiendo agua o una cola, afeitándose, comiendo, fumando un cigarrillo, escribiendo, tomando café…

Tanto abunda Preminger en este aspecto que aunque en Primera victoria veamos a John Wayne por tierra, mar y aire, lo cierto es que nunca alcanza a encontrarse en aquellas situaciones o actitudes heroicas a las que nos tenía acostumbrados. Muy al contrario, no sólo la participación de John Wayne inicia y concluye en los austeros camarotes que ocupa su personaje, sino que, a pesar del trascendente y tumultuoso telón de fondo bélico en el que se desarrolla el film, lo cierto es que Rock tiene tiempo para disfrutar de un romance otoñal con una enfermera (Patricia Neal), conoce, se gana el respeto y pierde tanto a amigos como a su desconocido hijo (Jere/Brandon De Wilde) y a su hijo putativo (Eddington/Kirk Douglas) mientras, por el camino, es bombardeado y resulta herido varias veces, pierde sus naves y finalmente también una pierna.

Por lo tanto, de forma nada inocente, en el curso de la película contemplamos a Rock Torrey sufrir numerosos reveses de toda índole: físicos, profesionales y vitales, sin embargo, Wayne apenas tuerce el gesto: aguanta los golpes de la vida con soberano estoicismo. In harm’s way se presenta como un fresco épico con ciertas dosis de crítica pero en realidad funciona como un relato de pérdida continua, y escarbando aún más, como un artefacto desmitificador. Así, el protagonista acepta su destino de una pieza, con una distancia inverosímil y cuasi-irónica, de manera que deviene un personaje irreal, en las lindes del cómic: John Wayne se interpreta a sí mismo o, mejor aún, interpreta al personaje cinematográfico ‘John Wayne‘. En este sentido habría que considerar sus constantes gestos, caras y muecas, así como su propia presencia escénica, a lo largo de todo el film.

Por otra parte, no podemos pasar por alto la desapasionada y profesional ‘mortificación’ que sufre Rock Torrey en las dos ocasiones en las que entra en combate. En ambas termina maltrecho aunque sobreviva. Los créditos finales nos proporcionan una pista acerca de su condición contradictoria cuando comprobamos que al personaje que Wayne interpreta se le identifica sin más como ‘Rock’: una roca. La metáfora perfecta para sintetizar la leyenda del impertérrito e irrepetible héroe norteamericano por antonomasia.

Por ello el film podría tomarse como un ejercicio o un homenaje crepuscular al personaje John Wayne, a la imbatibilidad del mito cinematográfico; al héroe fílmico que encarnó desde el comienzo de su carrera cinematográfica. Aquí sobrevuela, o navega, impávido por la película sufriendo todo tipo de pérdidas (su hijo, su hijo putativo, sus amigos, sus barcos, miembros de su cuerpo), pero aparte de una mueca de dolor sigue adelante como si nada, como una roca, puro granito emocional. Tan increíble resulta su comportamiento, y tan John Wayne, que el film se puede considerar una elegía funeraria. Toda la constelación de momentos privados de Rock Torrey no son más que el reverso (in)humano del mito, la (im)posibilidad de elaborar un retrato de un personaje, un actor, o una imagen, que funciona como tal dentro y fuera de la pantalla, incluso en sus escenas de vida íntima.

El film es un borroso homenaje -un canto- a John Wayne-el-héroe-del-cine, en la senda de The wings of eagles (John Ford, 1957) o El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962), pero realizada con la perspectiva que da un cine y una época en crisis, que ya no es heroica, que ya no es propicia para el mito, que ya no es la del mito. Al fin y al cabo la película se rueda con la perspectiva que dan los más de veinte años de distancia transcurridos desde los hechos que refleja. Este pathos al límite siempre de lo caricaturesco llega al punto culminante en la escena final, con un Rock postrado y malherido, victorioso pero alejado de triunfalismos, casi como un espectro, un ser que pertenece a otro mundo. Se nos muestra como una muerte figurada -metafórica- del personaje y del héroe cinematográfico. Sin embargo, como le ocurre al héroe mítico, aquí el héroe cinematográfico parece morir pero en este caso es el propio cine el que viene a su rescate, lo resucita y le permite disfrutar de una nueva vida.

2 respuestas a John Wayne como Rock (In harm’s way, Otto Preminger, 1965)

  1. El cazador de la noche dice:

    El que ha resucitado es Ángel Fernández-Santos… ¡para nuestro mayor gozo! — Bueno, digo lo de Ángel, porque a mi me gusta mucho -mucho, sí- el verbo de este hombre, casi cine puro; pero bueno, podría ser algún otro “escritor cinematográfico” (más que critico), hasta Boyero (jaja, mira si me atrevo, pero he de confesar que me acaba de sorprender con un escrito sobre Edward Hopper, muy hermoso, si. – -Pero Ángel es Ángel, eh? jaja). Por fortuna, nada se repite, todo ser es único, y es de agradecer.

    Placer infinito el de leer sobre cine en tu página, caballero.

  2. teo calderón dice:

    Probablemente, Otto Preminger se vio en esta ocasión nadando entre dos aguas: la realización del esperable ejercicio premingeriano moderadamente comprome­tido y la típica película al servicio de John Wayne. Hay un poco de todo, con buenas escenas intimistas y la dosis preceptiva de espectacularidad (con un inusitado abuso de evidentes maquetas). Asistimos, eso también, a la tercera entrega del martirologio de la premingeriana y angélica Jill Haworth.

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