Manila en la gran ciudad (Maynila sa mga kuko ng liwanag) – Lino Brocka (1975)

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Maynila: Sa mga kuko ng liwanag es una de las películas más importantes de la ‘segunda época dorada’ del cine filipino y quizás la más reconocida en la filmografía de su director, Lino Brocka. El film, deudor del serial original, escrito por Edgardo M. Reyes en 1966, se estructura como un episódico viaje al fondo de las fauces de la gran metrópolis, salteado por las desgracias que asaltan a su protagonista.

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Como ocurre con todo relato sobre el éxodo del campo a la urbe y el choque entre formas de vida tradicionales y mercantiles, aquí la ciudad se configura como un faro atractivo, pero también disolvente y tóxico, para la infinidad de ciudadanos del medio rural que confluyen en ella al calor de las más variopintas promesas de prosperidad y progreso. Lo mismo le pasa al protagonista, Julio Madiaga/Rafael Roco jr., sobre el que se posa la cámara entre el hormigueo matutino de la ciudad, llegado de un pueblo de pescadores en busca de su enamorada, quien hace meses dejó de dar señales.

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Con su caos humano y su desaforado crecimiento urbanístico, Manila se dibuja como un perverso agujero succionador de vidas y cuerpos en perpetuo movimiento, un lugar ambivalente, eventualmente de promisión, pero casi siempre de dolor, injusticia y perdición. En realidad pronto queda claro que la metrópolis es la verdadera jungla por oposición al pueblo de donde provienen los protagonistas: una idílica y soleada arcadia perdida, o soñada, como se nos muestra a través de los frecuentes recuerdos que asaltan al protagonista a modo de breves flash-backs. En este medio hostil no hay espacio para la protesta individual, que es inmediatamente aplastada, y apenas queda un levísimo resquicio para el ascenso social por medio de la educación, pero al precio de la desmemoria y la traición a la fraternidad operaria, como le ocurre al compañero de trabajo de Julio.

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En esta búsqueda o trasiego en pos de Lygaya Paraiso/Hilda Koronel, Julio Madiaga no solo ve finalmente comprometido su cuerpo, sino también su alma. Ambos son primero mancillados por el espíritu cínico y caníbal que gobierna la jungla urbana, para luego ser materialmente deglutidos como el necesario combustible que alimenta las entrañas de la ciudad, favoreciendo así la continuación de su ciega e implacable maquinaria.

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El ingenuo pescador -y también su amada- son sucesivamente engañados, robados, explotados laboralmente y explotados sexualmente. A través de este apisonador proceso Brocka nos muestra (después del neorrealismo italiano y antes de Jia Zhangke) un frenético retrato del desarrollismo en su versión asiática y una descarnada metáfora del espacio marginal y el trágico destino que la economía capitalista reserva a los proletarios, los desclasados y sus jóvenes y cándidos cuerpos. Estos contribuyen con su sangre, como barata mano de obra no cualificada, a la construcción y ampliación de la gran capital, y después son reconvertidos en mercancía sexual para la satisfacción y el disfrute de los económicamente más aventajados. Dado que el protagonista, y todos los que como él, acuden al llamado del progreso, solo cuentan con su cuerpo y su fuerza productiva ambos resultan expropiados o sobreexplotados hasta la extenuación, primero en su condición de fuerza laboral y a continuación como cuerpo sexual. Una vez envilecida el alma y exprimidas del cuerpo todas sus potencialidades, desechados y físicamente o mentalmente inservibles, el protagonista y otros como él se convierten en un residuo inútil. Atrapado por la ciudad, literalmente en un callejón sin salida, Julio vuelca todo el exceso de frustración acumulado en ella consumando un estéril, desorganizado e individual, acto de violencia vengativa.

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En definitiva, el fin inexorable que les espera a los incautos y los ingenuos, a las víctimas propiciatorias, que sin conciencia se dejan llevar imprudentes por los cantos de sirena, no es otro que ser devoradas sin dejar rastro.

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