Blue Jasmine / Cristina de Borbón y Grecia

El cine tiene a veces la virtud de ofrecernos inesperados comentarios y explicaciones retrospectivas (o prospectivas) sobre la actualidad. Un flamante ejemplo de este fenómeno lo encontramos en las concomitancias argumentales existentes entre la última película de Woody Allen, Blue Jasmine, y la reciente noticia de la imputación penal, ahora sí, de la hija del Rey de España, Cristina de Borbón.

Ambas historias, la real y la ficticia, comparten el mismo presupuesto de partida: el de la confiada esposa que se ha visto salpicada por los manejos y tropelías financieras de carácter delictivo cometidas por su poderoso e influyente marido en los gloriosos tiempos de la especulación, la información privilegiada y el dinero fácil de antes de ‘la crisis’.

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Como obra conclusa que es, Blue Jasmine desarrolla la premisa inicial con un fin dramático, alternando la difícil adaptación de la protagonista a su caída en desgracia con flashbacks de sus despreocupados días de vino y rosas, cuando su matrimonio se hallaba el cénit del éxito económico y social. Sin embargo, Allen no solo ofrece al espectador los suficientes apuntes para que éste se haga una idea del alcance de los conocimientos que poseía Jasmine sobre la actividad fraudulenta de su marido, sino que, desde el principio, por boca de Augie, ex-marido de la hermana de Jasmine y perjudicado directo (¿portavoz del pueblo?), se establece la conclusión más lógica y verosímil sobre su saber real. Tal es así que será el mismo Augie quien en un oportuno encuentro casual (Deus ex machina o justicia poética) desbarate el nuevo y conveniente romance exprés de Jasmine.

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Mientras tanto, de este baqueteado lado del espejo, el relato exculpatorio para Cristina de Borbón ya está siendo confeccionado y difundido por sus abogados que, como guionistas que son, lógicamente están manos a la obra para construir una explicación que sirva para satisfacer a los convencidos y apaciguar a los crédulos ciudadanos. Nos encontramos en el instante en que se pretende mezclar la realidad con la fantasía. Así, hace unos días el abogado de la imputada, Jesús Mª Silva, se descolgó con unas declaraciones a los medios en los que brindó al público un razonamiento de ficción tan viejo como el mundo, digno del mejor melodrama, o de la peor telenovela, al afirmar: “Cuando una persona está enamorada de otra, confía, ha confiado y seguirá confiando contra viento y marea en esa persona”. Silva, como verdadero legitimador de la minusvalía del cónyuge del comerciante, fue más allá en la reducción al absurdo: “el legislador no puede pretender que se diga: mujeres, cuando vuestros maridos os den algo a firmar, primero llamad a un notario y tres abogados antes de firmar, o viceversa, maridos: cuando vuestras mujeres os presenten algo, desconfiad y esperad a firmar”.

La paradoja estriba en que, a pesar de los argumentos de (ciencia)ficción que los defensores reales están armando y haciendo circular, tal vez vaya a ser la ficción cinematográfica la única fuente, la que mejor y más acertadamente muestre y explique unos hechos, o una conducta, sobre la que los tribunales de este país quizás no lleguen nunca a conocer.

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