
Uno de los aspectos que más sorprenden al contemplar el largo metraje de La noche más oscura (Zero dark thirty, Kathryn Bigelow, 2012) y que, aparte de un suelto en la revista Caimán CdC, no ha obtenido mayor repercusión, es que apenas llegamos a atisbar, sino brevísimamente y de soslayo, el rostro del que durante diez años encarnó el MAL personificado para los EEUU y buena parte de la sociedad occidental: Osama Bin Laden o UBL, tal y como a él se refieren a lo largo de la película, y también reflejan los títulos de crédito (en esos acrónimos a los que tan dados son los norteamericanos).

La ‘crónica de una venganza’, como se ha descrito el film, asumida como propia por una analista de la CIA, Maya/Chastain, culmina con la ‘reconstrucción minuciosa’ de la operación militar dirigida a asesinar a Osama Bin Laden, poniendo en imágenes la supuesta representación del qué y cómo ocurrió uno de los ‘hitos’ del primer mandato del presidente norteamericano (y Premio Nobel de la Paz) Barack Obama: los hechos que le tuvieron a él y a los miembros de su Equipo de Seguridad Nacional tan atentos y sobrecogidos el 1 de mayo de 2011.

Sin embargo, Bigelow y su guionista, Mark Boal, esquivan voluntaria e intencionadamente la tarea de ponerle -o imaginar- un rostro de ficción para el antonomásico enemigo contemporáneo. Esta sorpresiva iconofobia suscita una serie de dudas y cuestiones al respecto, pues el ‘adversario total’ no tendrá en la película más cara que la suya, que aparece de refilón en el tablón con el organigrama de Al-Qaeda que cuelga en la oficina de Pakistán, o acaso la proyección más o menos real, o distorsionada, que se le atribuye en el imaginario colectivo.

Por supuesto tal estrategia no es en modo alguno inocente. Por un lado, está en perfecta sintonía con la visión unilateral y sin fisuras (más allá del resquicio dejado a ‘la tortura’ como objeto de debate) que propugna y el lugar desde el que se produce la película: el norteamericano. Y, por otro, promueve, consolida y legitima el discurso oficial hegemónico sobre la ‘guerra contra el terrorismo’, que concentra la responsabilidad directa de forma exclusiva, al menos intelectual, en la persona de Osama bin Laden. Todo ello sin mayores revisiones, cuestionamientos, ni tampoco reflexiones sobre sus orígenes y causas; y mucho menos sin un proceso, ni una resolución judicial que así lo establezca y determine. En definitiva, muy en la línea política de perfil bajo y continuista que, alejada de los estropicios grandilocuentes y megalómanos de los Bush (y de sus propuestas iniciales), mantiene silenciosamente la administración Obama en esta materia.

La premisa de no dotar al enemigo de un rostro y de referise a él por sus iniciales ratifica su separación de la comunidad humana y lo remite a la condición de ‘objetivo’, y a una categoría espectral, fantasmagóricamente semidivina; curiosamente en sintonía con la iconofobia islámica. La voluntad de no mostrar al paradigma del mal hasta el momento de su asesinato también evita cualquier rasgo, espacio o concesión que naturalice a dicho individuo y ose interferir en la absoluta ‘limpieza’ y ‘justificación’ de la ‘misión’. Además, el asesinato de una sombra borrosa sin cara convierte el crimen en la desaparición de un fantasma, de una proyección. Por ello, a pesar de la identificación final por parte de Maya, la muerte de Bin Laden no deja de plantear dudas y de poseer ribetes cuasi-míticos. Destruir algo que apenas existe, algo que no se puede ver resulta una tarea extremadamente compleja; como también lo es destruir un mito.

La operación de elidir la figura ficticia de Bin Laden del film contribuye sutilmente a ahondar en la vertiente documental del film, con un añadido perverso, pues la persecución obsesiva de Maya (tan enfermiza como la del personaje de Carrie en Homeland, pero sin sus derivas narrativas biográficas) y la culminación de la operación Neptune spear compone no una forma de reconstruir, sino de actualizar y hacer por fin visible el asesinato de Bin Laden. Bigelow ofrece al espectador, como si de puro cinema-verité se tratara, la posibilidad de culminar un anhelo voyeurista largamente deseado: mostrar el abatimiento del enemigo, y no de su equivalente ficticio. Con esta propuesta cinematográfica La noche más oscura se inserta dentro del incansable flujo mundial de las imágenes a modo de ilustración de un suceso no visto, que carece de imágenes, transformándose en la verdad ‘canónica’ de la operación, despejando las incógnitas que pudo suscitar y al mismo tiempo actuando de vector para exorcizar la fisura social abierta por el trauma nacional que supuso el 11-S.
Dado el ilusionismo ontológico del medio cinematográfico, o más bien del género, asesinar en la ficción a un actor representando a Osama Bin Laden no resultaba una opción suficientemente poderosa y atractiva. Esta solución no habría colmado las actuales exigencias de ‘credibilidad’ con la potencia ni la capacidad suficiente para suturar, o al menos intentarlo a niveles simbólicos, la fractura del inconsciente (inter)nacional, pues seguiría anclado en el orden de lo fantástico. Por ello la maniobra puesta aquí en marcha resulta mucho más ambiciosa y arriesgada. Suprimiendo la figura ficcional de Bin Laden (y aislando el personaje de Maya, depurando la narración de subtramas, acercando la ficción al documental) Zero dark thirty pretende ‘documentar’ la muerte del recipiente de las neurosis privadas y públicas, individuales y sociales, que ha obsesionado a un país durante una década; hacerla real, ocupar el espacio de la realidad y obtener así una verdadera catarsis.