La mítica escena final de Carretera asfaltada en dos direcciones (Two-lane blacktop, 1971), la película de Monte Hellman en la que el último fotograma se congela y termina disoverse, quemada, frente a los ojos del espectador.
FESTIVAL DE GIJÓN 2009 – Previa
18 Noviembre 2009Por Juan A. Miguel
El día 19 de noviembre dará comienzo la Edición nº 47 del Festival Internacional de Cine de Gijón, uno de los Festivales más importantes de los muchos (demasiados) que existen en la geografía nacional. Fiel a su espíritu transgresor y underground, es un punto de referencia para los que les gusta el cine más contemporáneo, más sugestivo, más arriesgado, más vivo; un cine que no necesita artificios para conmover, inquietar o divertir al espectador, según palabras de sus responsables. Con una oferta mucho menos atractiva que en años precedentes y un modelo que empieza a dar pruebas evidentes de desgaste, se presenta una Edición que no podrá contar con el teatro Jovellanos como sede principal.
SECCIÓN OFICIAL:
En esta Edición, las películas a concurso pasan a ser 14 en lugar de las 16 de ediciones anteriores, cosas de la crisis, supongo. El equipo formado por José Luis Cienfuegos y Fran Gayo ha seleccionado una lista de películas procedentes en su mayor parte de la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes, donde llama la atención la primacía del cine europeo y la casi (Mal día para pescar es una coproducción con Uruguay) ausencia de películas españolas, al contrario que en los Festivales de San Sebastián y Valladolid.
La producción francesa se lleva la palma con tres películas (Welcome, Les beaux gosses y Le roi de l’evasion), a priori sin demasiado interés, sobre todo ante la sorpresa por la ausencia de la última película de Claire Denis, una “fija” en el Festival. El cupo de películas “independientes”, salidas del Festival de Sundance se cubre con The good Herat, primera película del islandés Dagur Kari rodada en inglés y Humpday, de Lynn Shelton, Premio Especial del Jurado en ese Festival.
En cuanto a las películas realmente interesantes, se pueden destacar Morrer como um homem, tercera película del estupendo realizador portugués Joâo Pedro Rodrigues, que pudo verse en el Festival de Cannes, en la Sección Un Certain Regard; Wakaranai, última propuesta del japonés Masahiro Kobayashi, que formó parte de la Sección Oficial del Festival de Locarno y, por lo que a mí respecta, la gran propuesta del Festival: Between two worlds, película que dividió claramente a la critica en el último Festival de Venecia, en la que el extraordinario realizador de Sri Lanka Vimukthi Jayasundara da un paso adelante después de su estupenda La terre abandonnée (2005). Completan la programación La pivellina de la pareja italiano-austriaca Tizza Covi y Rainer Frimmel, ganadora en la última Edición del Festival de Valdivia, Frontier Blues del iraní Babak Jalali, The last days of Emma Blank del holandés Alex Van Warmerdam y la rumana Francesca del director Bobby Paunescu, película precedida por la polémica en torno al intento de bloqueo en la Mostra de Venecia por parte de la nieta de Mussolini.
SECCIONES COMPETITIVAS:
La principal novedad es la aparición de una nueva Sección en el Festival que se une a las ya clásicas ESBILA, LLENDES y ENFANTS TERRIBLES con el nombre de RELLUMES y que será la encargada de completar la Sección Oficial. Dentro de esta Sección destaca poderosamente la última película de Eugène Green, A religiosa portuguesa.
CICLOS Y RETROSPECTIVAS:
En esta nueva Edición se dedicarán retrospectivas a los directores FATIH AKIN, del que podremos ver su última película Soul Kitchen, film que será el encargado de abrir el Festival. Más interés tiene la muestra de la obra completa del francotirador ruso ALEKSEI BALABANOV, aunque, a decir verdad, estas retrospectivas están muy lejos de las de autores como Claire Denis, Pedro Costa (llama mucho la atención de ausencia en la programación de su última película), Arnaud Desplechin o Tsai Ming Liang, con las que pudimos disfrutar años anteriores. La tercera retrospectiva estará dedicada al excéntrico realizador HARMONY KORINE, autor muy del gusto de los responsables del Festival. Finalmente, como muestra de las últimas tendencias en cine experimental, se podrán ver las obras de los realizadores Jean-Gabriel Périot, Matthias Müller y Christoph Girardet, desconocidos totalmente para el que suscribe.
Los ciclos elegidos para esta Edición serán los llamados POST BURLESQUE, donde se proyectarán filmes europeos contemporáneos que tienen en el humor provocador su principal característica y THIS IS ENGLAND (en colaboración con Cahiers du Cinéma -España-), sobre la eclosión y el devenir de los movimientos de resistencia juvenil en Gran Bretaña desde los años 60. Dentro de esta Sección se proyectará la estupenda última película de la realizadora escocesa Andrea Arnold, Fish Tank.
Una de las propuestas más significativas del Festival de Gijón ha sido siempre la de los conciertos en directo que amenizan la semana. La elección de los grupos ha estado siempre tan cuidada, o más, que las películas, destacando este año las actuaciones de grupos tan importantes como Lemonheads, Baby Shakes o Sidonie.
Si hay algo que no se puede discutir de este Festival es su capacidad de sorpresa por lo que esperamos con impaciencia su llegada para poderlo contar al final de esta Edición.
Armonías de Werckmeister (Werckmeister Harmóniák) – Béla Tarr (2000)
12 Noviembre 2009Y ahora, veremos una explicación que nos ayudará a comprender, incluso a gente sencilla como nosotros, el significado de la inmortalidad. Lo único que os pido es que caminéis conmigo por la inmensidad en la que la constancia, la quietud y la paz, reinan en un vacío infinito.
János Valushka, Armonías de Werckmeister.
Todo es mucho más grande. El ser humano es sólo una pequeña parte del cosmos.
Béla Tarr

Tras culminar la que, hasta el momento es considerada por muchos como su obra magna, Sátántangó, un tour de force total y elefantiásico, pues el film consta únicamente de ciento cincuenta planos y dura siete horas, Béla Tarr se embarca, de nuevo con un libro del novelista húngaro László Krasznahorkai como base (Melancolía de la resistencia), en Armonías de Werckmeister. Curiosamente, una vez leída la novela, la idea de convertirla en película no cobró forma ni sentido sino en el momento en que Tarr y su montadora, Ágnes Hranitzky, dieron, en su estancia berlinesa, con el actor idóneo (Lars Rudolph) para interpretar al personaje central (János Valushka), a través de cuyos ojos se desarrolla la película. El rodaje del film sufrió diferentes azares e inconvenientes: enfermedades, mal tiempo, pero sobre todo, y como viene siendo habitual en las obras de Tarr, problemas financieros, de manera que, aunque en total duró sólo sesenta y ocho días, estos se repartieron a lo largo de tres años, de tres inviernos, con las consiguientes interrupciones. No obstante, su estreno en el Festival de Cannes significó la consagración definitiva y el reconocimiento internacional para Béla Tarr.
Como ocurre con un autor que se precie, en el visionado de Armonías de Werckmeister es posible constatar la reiteración a priori de los patrones que conforman el reconocible estilo cinematográfico de su director y su inconfundible cosmogonía apocalíptica. Así, nos encontramos de nuevo frente a un argumento un tanto impreciso y sutil, pero oscuro y complejo, que no puede sino leerse en clave mítica y que sirve como telón de fondo para que Tarr despliegue sus poderosas, evocativas e hipnóticas imágenes: la llegada a un pueblo húngaro de una atracción de feria compuesta por una gigantesca ballena disecada y un enigmático personaje llamado el príncipe sublevan los ánimos de los ciudadanos, ya de por sí agitados, cristalizando en un levantamiento popular. También aquí asistimos a un interminable y magistral plano secuencia de arranque, el más largo de la película, en el que -en un bar del pueblo a punto de cerrar- contemplamos atónitos y fascinados como sus beodos parroquianos, siguiendo las explicaciones de János Valushka, representan el funcionamiento de la rotación de la tierra alrededor del sol y de los eclipses; terminando en una incongruente y alucinada danza que alumbra uno de los momentos más bellos, líricos y emocionantes de la película.

Una vez más, y no sólo en esta primera escena, la música compuesta por Mihály Vig adquiere en el cine de Tarr una presencia rotunda y determinante, convirtiéndose en un factor decisivo a la hora de otorgarle al film el tono preciso y la emoción apropiada. De hecho, la música o, si se prefiere, en un sentido más amplio, el ritmo, además de ser una excusa argumental (así, Eszter está obsesionado con el músico que da título al film, Andreas Werckmeister) y uno de los pilares básicos sobre los que se asientan las películas de Tarr (junto a la interpretación, el sonido, la imagen o el argumento) se configura casi como inspiradora de la propia estructura del film, otorgándole a éste la virtualidad y la textura de una auténtica partitura musical, tal y como ocurriera en Sátántangó, inspirada en los pasos del tango.
Por contraposición a lo que acontecía en La condena, también se aprecian algunos cambios relevantes, que no sólo se intuyen en la presencia de un hilo narrativo o argumental más concreto, sino en la propia caligrafía visual o en el lenguaje cinematográfico. En este film nos encontramos con que Tarr ha reducido significativamente el número de los abundantes e inquietantes planos vacíos que proliferaban en La condena y que ponían al espectador ante el mismo abismo; así como ha disminuido drásticamente las panorámicas lentas y ceremoniosas a las que nos tenía acostumbrados. En cambio, para armar sus característicos planos-secuencia esta vez Tarr recurre principalmente a la steadicam y a largos travellings laterales (como el que filma a János y su maestro caminando por la calle durante varios minutos) o frontales (como los que siguen a János de espaldas o de frente) que contribuyen a proporcionar al film un matiz menos plúmbeo, más paseante y transversal.

Lo que Tarr no ha modificado en absoluto es su capacidad de asir cinematográficamente el tiempo, de atrapar su palpitación última, de esculpir -parafraseando a Tarkovski- el tiempo. Esto lo logra tanto a través del ritmo pausado y reflexivo que construye, como por el movimiento constante y fluido que le imprime a la cámara, que no cesa de encuadrar y reencuadrar a los personajes (dando la impresión de una danza perfectamente coreografiada), o por la profundidad de campo de sus tomas, todo lo cual convierte a la cámara (pero también al espectador) en un testigo privilegiado, una presencia permanente -inmersa en la acción- que parece compartir el punto de vista del protagonista, pero que en realidad simplemente lo acompaña, lo sigue, observándolo; pues también se detiene y observa, rodea y envuelve a otros personajes, muchas veces a su lado, pero otras desde la distancia, detrás o incluso desde las alturas.

La cadencia armoniosa y la captura del tiempo cinematográfico, la fluidez y duración de los planos, la estilización del punzante blanco y negro, el punto de vista elevado y unas imágenes perfectamente compuestas y coreografiadas sobre un trasfondo pesimista y pre-apocalíptico son los responsables de que la película sea leída en clave hipnótico-narcótica (p.e. la ballena varada en la plaza del pueblo) y permita ser percibida como el reflejo -o la representación- de un estado mental cuasi mítico. A ello contribuye decisivamente que el protagonista al que acompañamos no sea otro que una especie de tonto del pueblo que, con unos ojos bondadosos e ingenuos y sin alcanzar a entender las razones por las que se está alterando la paz y la rutina habitual de la comunidad, asiste desconcertado a un, para él, incomprensible estado de crispación y posterior erupción de violencia popular desatada. Y junto a él, el espectador, que nunca termina de aprehender lo que ocurre a su alrededor, ensimismado y perdido como lo está János, suspendido y protegido en su cotidianidad familiar. Como corolario, ante semejante coyuntura de locura colectiva y sus terribles consecuencias de muerte, injusticia y devastación, la única opción cabal, la única vía de escape que le resta al protagonista, un ser humano sencillo y cándido que aún se extasía con la inmesidad y perfeccción del cosmos y se maravilla con los portentos de la naturaleza, es el autismo, la enajenación y el abandono.

En el mundo de pesadilla que crea Béla Tarr, en el que las circunstancias espacio-temporales resultan ambiguas y por tanto universales y metafóricas, es posible escuchar el eco del Kaspar Hauser de W. Herzog o del universo concebido por F. Kafka. No obstante, a pesar del clima de derrota y del marco cruel, despiadado y desesperanzado que Tarr bosqueja, y a pesar de su ateísmo reconocido, o precisamente por ello, aún hay lugar tanto para la emoción íntima y la poesía, como para la epifanía o el acontecimiento humano del otro, siquiera sea momentáneamente, como ocurre con el descubrimiento en el hospital del ecce homo anciano; una más de las sublimes revelaciones de las que el cine de Béla Tarr está trufado y por las que ha sido emparentado con cineastas como Tarkovski, Angelopoulos o Iosseliani y señalado como ejemplo del llamado cine trascendental.
La condena (Kárhozat) – Béla Tarr (1988)
6 Noviembre 2009Lo que va a pasar aquí es solo una de las millones de formas que hay de ruina.
Karrer, La condena
A pesar de que Béla Tarr repita que siempre hace la misma película una y otra vez (eso sí, cada vez más y más profunda), La condena puede ser considerada como el hito fílmico a partir del cual Tarr da un giro en su carrera reconduciendo su estilo cinematográfico, al pasar de la crispación y la crudeza que transmitían la cámara en mano y el aparente amateurismo con que estaban rodadas sus primeras obras, a la quietud y el recitado de largos, pausados e hipnóticos pasajes visuales que habitan su obra posterior. Tal es así que, con este film, Tarr descubre y apuntala las claves temáticas y formales que lo acompañan hasta la actualidad y con él inaugura la sólida serie de títulos que lo han convertido en el imprescindible director de culto y absoluta referencia que es hoy en día.

Si bien es posible rastrear atisbos que vaticinaran los posibles derroteros por los que podía discurrir la obra de este director húngaro, como se puede apreciar en Macbeth, la película que realizó para la televisión en 1982, que sólo contenía dos únicos planos secuencia (uno de cinco minutos antes de los títulos y otro de casi setenta tras ellos); lo cierto es que uno de los motivos por los que La condena tiene ese carácter fundacional se puede achacar a que supuso la primera colaboración entre Béla Tarr y el novelista László Krasznahorkai (aquí tomando como inspiración su primera novela Sátántangó, que a continuación ambos llevarían al cine). Y aunque Tarr insiste tajante en la separación de tareas entre ambos, algo debió contribuir, siquiera sea como pretexto o influencia, cuando sus siguientes películas, Satántángó (1994) y Las harmonías de Werckmeister (Werckmeister harmóniák, 2000), está firmadas conjuntamente por ambos junto a Agnes Hranitzky, su montadora. Fuera lo que fuese, lo cierto es que, desde entonces, ambos autores han venido colaborando fecunda e inseparablemente, aun cuando no sea sobre textos del propio Krasznahorkai, como ha ocurrido con su último film estrenado, El hombre de Londres (2007), basado en una novela del escritor belga Georges Simenon, con la que, curiosamente, La condena mantiene varios paralelismos, como su aire de cine negro.

No obstante, a pesar de lo que pudiera parecer, más que el argumento -una historia de amor, más bien una obsesión enfermiza, un triángulo imposible y fatal que, como sabremos desde el principio (pues lo anticipa el propio protagonista), acabará mal-, en La condena lo verdaderamente trascendente es su aspecto y planificación visual, el hálito plástico y poético que destilan tanto la imagen como el movimiento de cámara o la composición del plano y el encuadre. La trama es lo de menos, de hecho, Tarr mantiene que “después del Antiguo Testamento no hay historias nuevas (…) por lo tanto, el argumento es sólo una parte de la película junto a otros elementos como el tempo, el ritmo, los sonidos, la música (…) la gran cuestión es cómo se plasma la historia”. En este sentido, la introducción del film marca la pauta respecto al tono contemplativo y alucinatorio en el que se desenvuelve todo su metraje, pues comienza, tras los títulos, con un largo plano sostenido sobre un paisaje húmedo en el que observamos -y escuchamos- el incansable discurrir de un teleférico minero que se pierde en el horizonte brumoso, mientras la cámara recula imperceptiblemente hasta que en la oscuridad, y a contraluz, se recorta primero la cabeza y luego el busto del protagonista, Karrer, al que también llaman francotirador, y con el que el espectador ha compartido -ajeno a ello- la mirada hasta ese momento.
En un tiempo como el nuestro, en el que es prácticamente imposible mantener la psique ajena a la colonización que implica la forma publicitaria o las imágenes y películas provistas de un montaje frenético, en las que los planos son cada vez más breves y numerosos, se interrumpen, diluyen y fragmentan, bloqueando cualquier espacio -óptico o mental- para la reflexión, la propuesta de Tarr -dónde en cada una de sus secuencias es posible apreciar el latido del tiempo- resulta absolutamente radical y revolucionaria, pues significa devolver al espectador la facultad de perderse en el film, de abandonarse. Así, La condena está realizada de tal forma que todas las secuencias poseen una duración superior a las de las acciones que se desarrollan en su seno y así, la cámara -y con ella el espectador- se ven abocados, obligatoria y reiteradamente, a detenerse ante un plano vacío durante unos segundos interminables (bien sea antes, durante o después de una acción -o inacción-, ante una cosa -una escalera, una puerta, una calle, una pared, una habitación-, un paisaje o una persona); los suficientes para que el tiempo, y no sólo el cinematográfico, se detenga o, más bien, discurra ante nuestros ojos; para que el film respire, para que viva, disponiendo de su propio tempo, para que, en definitiva, el espectador traspase la barrera del tiempo cinematográfico y lo trascienda. Al final, La condena -y cualquiera de sus obras posteriores- vienen a configurarse como una suerte de proceso, o un dispositivo, de hipnosis colectiva; un genuino artefacto/artificio fílmico de magnitudes colosales y efectos imprevisibles.

A este ejercicio visual, que dota a las imágenes de resonancias míticas u oníricas, pues parece estar compuesto de la materia con la que están hechos los sueños (como el petrificado tríptico humano que se despliega entre muros mojados), contribuyen multitud de factores en igualdad de condiciones. Desde el tono pausado y reflexivo o la profundidad de campo, al ritmo -o la coreografía- de los movimientos/paseos de la cámara en los largos planos secuencia que no cesan de encuadrar y reencuadrar, a la fotografía en blanco y negro (que abunda en la estilización de las imágenes), o a la liquidación voluntaria de los referentes espacio-temporales (no completamente, pues sabemos que La condena se ambienta en la Hungría socialista), gracias a lo cual el film se sitúa en una dimensión de eterno presente, o bien a la propia elección del paisaje y las localizaciones, que con su aspecto decadente, abandonado y postbélico se convierten en un verdadero retrato del alma yerma y desesperada de los protagonistas. A ello se le suma la perenne lluvia, que no termina de cumplir con su finalidad redentora (más bien al contrario, coopera al clima de zozobra, enfangamiento y desolación general), lo mismo que las miradas absortas, perdidas y el hieratismo y la pesadumbre de los intérpretes, la agonía permanente del protagonista o los diálogos profundos, literarios y sentenciosos. Estamos en presencia de lo que podría ser el fin del mundo o de una tierra habitada por muertos en vida.
Las lecturas y el simbolismo de La condena son múltiples y todos tremebundos. No hay más que observar su final, uno de los más devastadores que se puedan recordar: Karrer, una vez perdidos, como le advirtieron tanto su amante como la encargada del guardarropa del Titanik, el honor y el amor, termina por perder -en un descenso completo al abismo- la poca humanidad que le restaba y termina enfrentándose, a ladridos, a un perro (precisamente éstos recorren secretamente toda la película, a modo de recordatorio de la proximidad entre el animal y el ser humano), lanzándose después a vagar sin rumbo por un erial ruinoso y desangelado que sin duda lo conducirá al mismo infierno del alma.
Al finalizar el film resultará extremadamente difícil que el limbo suspendido y ficcional construido por Tarr, las (auténticas) danzas ejecutadas por la cámara y la música (otra de las constantes tarrianas, a cargo de uno de sus más fieles colaboradores, Mihály Vig) hipnótica (como el tema que canta la protagonista en el Titanik) o repetitiva (como en la fiesta popular que, de una u otra manera, ocupa casi el último cuarto de la película) no resuenen, no continúen palpitando, incorporándose de manera indeleble e insoslayable al imaginario del espectador que haya asistido atento a semejante canto fúnebre y narcótico, durante mucho tiempo: siempre.
Nido familiar (Családi tüzfészek) – Béla Tarr (1977)
29 Octubre 2009Con apenas 22 años y la única experiencia previa que se había labrado como director autodidacta de cortometrajes, Nido familiar es el primer largo realizado por el -tan aclamado en los cenáculos de connaisseurs, como desconocido (más bien inexistente) para el público en general- director húngaro Béla Tarr. De hecho, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Tarr es el cineasta húngaro más importante (si no tenemos en cuenta a los americanizados Michael Curtiz y Andre De Toth), al menos desde la aparición en los años sesenta y setenta de los valiosos, pero hoy injustamente olvidados, Miklós Jancsó e István Szabó, y uno de los cineastas más relevantes, personales, cautivadores y sugestivos de las últimas décadas.

El film, producido bajo el paraguas de los Estudios Béla Balázs, se llevó a cabo prácticamente sin presupuesto alguno y fue rodado a lo largo de seis días en escenarios naturales y con un elenco de actores no profesionales. Curiosamente, esta película fue la que sirvió a Tarr, que -como hemos señalado- era autodidacta, de trampolín para obtener el ingreso en la Academia húngara del cine y el teatro.
Nido familiar es una de las obras más representativas de la Escuela de Budapest, que floreció, desde mediados de los años setenta, en torno a los mencionados Estudios Béla Bálazs. Bajo esta denominación y con una filosofía underground, cercana a los postulados del primer Cassavetes y del cine directo o el cinéma vérité, se aglutinó un grupo de directores que pretendieron elaborar películas fuera del amparo y la consiguiente censura y control estatales. En el seno de esta escuela se desarrollaron dos líneas de trabajo, una más experimental, a cargo de Gábor Bódy, y otra eminentemente documental, en la que, además de Tarr, participaron István Dárday, Györgyi Szalai, Judit Ember y Pál Schiffer. Partiendo de una filosofía cercana al amateurismo o el neorrealismo y de unos intereses temáticos y estéticos afines al realismo socialista, la idea que guiaba a estos últimos era la de rodar historias sobre trabajadores cámara en mano, con un presupuesto ínfimo, un equipo reducido y amateur y sin un verdadero guión, nada más que una cierta trama y quizás algunas escenas previamente elaboradas, dejando vía libre a la improvisación.

No obstante, aunque los tres primeros largometrajes de Tarr -Nido familiar (Családi tüfészek, 1977), The outsider (Szabadyalog, 1981) y The prefab people (Panelkapcsolat, 1982)- se pueden considerar insertos en este paradigma documental (de hecho, el crítico norteamericano Jonathan Rosenbaum define este conjunto de películas como “gritos de rabia de realismo socialista”); el resto de su producción posterior, la que ha cimentado su reconocimiento actual (Macbeth (1982) y Autum almanac (Őszi almanach, 1985) funcionarían a modo de etapa intermedia), recorre itinerarios bien distintos. Rosenbaum ha sintetizando este tránsito afirmando que se desplazó “del realismo socialista a un estilo oscuro y metafísico”.
En perfecta consonancia con los postulados más arriba expuestos, Nido familiar principia con una significativa advertencia que, si bien establece su inmediata filiación con lo real (Esto es una historia real. No le ha sucedido a los protagonistas del filme, pero podría), en realidad no termina de desactivar los mecanismos de la ficción; más bien al contrario, pues en el fondo, y a pesar de las apariencias, está reconociendo surcar las aguas del artificio. Aunque escorado hacia el realismo, esta dualidad (realidad/artificio) sobrevuela imperceptiblemente toda la película desde sus primeros compases, cuando la cámara sigue los pasos de Irén, la protagonista, por las calles del extrarradio de Budapest hacia su trabajo en la fábrica. Así, antes de que ella aparezca en cuadro, la cámara enfoca un grupo de gallinas mientras una de ellas alza el vuelo, por si esto fuera poco, el título del film se sobreimpresiona mientras, irónicamente, vemos a Irén alejarse apresurada hasta perderse de vista, anticipando los acontecimientos que luego veremos.

Lo cierto es que la estética cuasi-documental se articula tanto a través del efecto causado por la cámara en mano, el rodaje en exteriores reales (las calles, la fábrica, plazas, el bar o el parque de atracciones), la interpretación naturalista de los protagonistas como, sobre todo, por el caótico fluir de ellos mismos y de sus conversaciones, que se solapan y superponen, interrumpiéndose. Esta apariencia realista queda incluso subrayada cuando, en más de una ocasión, los ciudadanos que asisten al rodaje como improvisados extras miran curiosos directamente a la cámara. Todo este dispositivo transmite, con total crudeza, la sensación de estar asistiendo como testigo a un verdadero y opresivo tranche de vie, a lo que en perfecta sintonía, pero con el punto de artificio que mencionamos más arriba, contribuyen desde el punto de vista formal los primerísimos planos, los encuadres asfixiantes, los reencuadres constantes, la inestabilidad permanente de la cámara (y la elección de su posición, siempre algo elevada) y la movilidad de los personajes dentro del plano y del propio encuadre que caracteriza la planificación y el tratamiento descarnado e hiperrealista de la imagen a lo largo de todo el metraje.

La trama de la película, en la que resuenan ecos del primer Ken Loach, p.e. Cathy come home (1965), gira en torno a las agrias disputas que, a consecuencia de la imposibilidad de hacerse con un piso propio, tienen lugar entre Krisztike y su marido y sus suegros, con los que conviven. El film sorprende por la contundente crítica que supura con respecto al sistema de la Hungría socialista (no olvidemos que por aquel entonces la URSS se encontraba en plena era Brézhnev), que frustra, con su inflexible y desalmada burocracia, el acceso a la vivienda y que conduce, como única alternativa, a la okupación. Por el camino, semejante absurdo condena a la destrucción inexorable de los vínculos familiares o, al menos, de los amorosos y se convierte en una excusa o símbolo para abordar otras cuestiones. Así, esta sinrazón convierte a los personajes masculinos -sometidos a un orden autoritario y vigilante tanto en lo público (el estado, el ejército, la fábrica) como en lo privado- en verdaderos peleles irresponsables, infantiles y alcoholizados. El perverso orden estatal tiene su correlato en el ámbito familiar en la implacable autoridad patriarcal ejercida por parte del padre que, no sólo habla en presencia de su nuera como si ésta no existiera, censura machaconamente sus amistades, su manera de conducirse y su misma vida, sino que, antes de echarla de casa e intentar quedarse con su nieta, se permite insultarla, tratarla de puta e, incluso, luego sabremos que, en algún momento pasado, también intentó abusar de ella. En este inapelable retrato de la familia como institución o lugar castrante y homogeneizador no es difícil entrever una más que evidente lectura alegórica con respecto a un sistema político dictatorial que desincentiva la determinación y la reivindicación, condenando al disidente a la expulsión o al ostracismo.
Lo cierto es que esa autoridad paterna despótica y brutal está respaldada tanto por su mujer -que llega a comportarse de manera aún más intransigente y racista-, como tolerada y consentida por sus anulados hijos y, como él mismo insiste en recordar en varias ocasiones (entre otras con la mujer a la que tosca y penosamente trata de seducir/avasallar en un bar) está presuntamente amparada por la legitimidad que le otorga la historia, el trabajo, pero, por encima de todo, por el dinero y el éxito social o, lo que es lo mismo, por su condición de propietario y paterfamilias. Al final, viene a mostrar la película, lo que convierte a un ser humano en ciudadano miembro de pleno derecho de la comunidad es el acceso a la propiedad, la condición de propietario y todo lo que este concepto alienante y totalizador trae consigo.

Otra singularidad llamativa es el tremebundo y desazonador tratamiento que el film compone con respecto al alcoholismo crónico y rampante que padecen los personajes masculinos (¿tal vez el único modo de (mal)vivir dentro de una estructura sociopolítica/familiar asfixiante?) y su natural (¿o adquirida?) predisposición al sexo vandálico (p.e. la escena de los hermanos recién llegados al hogar familiar intentando violar a la amiga de Irén o, de nuevo, la grosera y asilvestrada manera del padre a la hora de abordar a la mujer en el bar). Ambos elementos terminan por perfilar un auténtico panorama de pesadilla para Irén (y por extensión para cualquier mujer, o cualquier persona) que, en esa coordinada e irresoluble conjunción de tiránicos e insensibles desafueros estatalo-familiares, y para el caso de discutir o no someterse a la autoridad masculina/patriarcal, se ve arrojada -expulsada con cajas destempladas- a la fría y desamparada precariedad de la marginación callejera. Esta situación queda perfectamente reflejada en las dos escenas con las que concluye el film (quizás de lo mejor del mismo): sendos monólogos aterradores en los que sucesivamente, primero ella y después él, relatan directamente a cámara su situación y esperanzas de cara al futuro (la una fuera, viviendo prácticamente en la calle, acosada por matones con perros, pero manteniendo cierta ilusión ingenua y el otro dentro, en casa, desorientado e impotente, finalmente rompiendo a llorar mientras la cámara se reconcentra -aún más- sobre él, disolviéndose en una imagen abstracta en la que apenas atisbamos una lágrima).
En definitiva, si bien Nido familiar se encuentra en las antípodas de lo que hoy se considera el canon Tarriano, formal y cinematográficamente más elaborado, reflexivo y trascendental, lo cierto es que resulta una sorprendente, incómoda y valiente ópera prima. Además, el visionado de esta cinta permite satisfacer la curiosidad de contemplar la primera incursión de Béla Tarr en el largometraje y contribuye a esclarecer sus orígenes, pero también a comprender la génesis de su trayectoria posterior pues, con una lectura atenta, es posible descifrar en su subsuelo la latencia de algunas de las constantes o líneas por las que luego ha sido entronizado como continuador de la estela dejada por Tarkovski o Sokurov. Así, a partir de La condena (Kárhozat, 1988), con el empleo del plano secuencia interminable y la experimentación con el tiempo cinematográfico como magistrales e insuperables marcas de estilo, Tarr se ha convertido en un apologeta, el máximo exponente, de la metafísica fílmica.
IBÉRTIGO 2009
5 Octubre 2009Del pasado viernes día 2 al sábado 10 de octubre la VII Muestra de Cine Iberoamericano IBÉRTIGO 2009 vuelve fiel a su cita anual con las pantallas de la ciudad de Las Palmas de G.C. Como ha ocurrido hasta ahora, la Muestra se desenvolverá entre los cines Monopol (donde se proyectarán los cortos y largomentrajes en formato cine) y el CICCA (donde se pasarán los cortos y largomentrajes seleccionados en formato digital).

Este año, como novedad importante, se incorpora una nueva sede, el CAAM, donde se proyectará una muestra de cortos provenientes de la Semana de cine experimental de Madrid. Asimismo, esta edición cuenta como platos fuertes con una retrospectiva de la obra de la directora argentina Lucrecia Martel compuesta por sus tres largometrajes: La ciénaga (2001), La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008) y una sección dedicada a la Universidad del cine argentina que incluye una selección de cortos y largometrajes producidos bajo su amparo o realizados por directores egresados de la misma (p.e. Moebius (1996), La libertad (2001), La rabia (2008), etc). Además, Lucrecia Martel será la invitada de honor de esta Muestra 2009 y se encargará de presentar las proyecciones de sus películas así como de mantener un pequeño coloquio con el público asistente a su finalización.
Aquele querido mês de agosto (2008) – Miguel Gomes
30 Agosto 2009Por Juan A. Miguel
Me interesaba el cine como experiencia colectiva, que la película fuera como una especie de juego de niños donde el placer de estar todos jugando terminara en la película, que la gente pudiera emocionarse y creer en este juego. Miguel Gomes.

Moderna, popular, impredecible, divertida, lúcida, lúdica y conmovedora, son algunos de los adjetivos con los que el crítico Roger Alan Koza definió la última propuesta del joven director portugués Miguel Gomes. Yo me atrevería a decir que Koza puede haberse quedado corto en sus elogios, pues, en mi opinión (totalmente discutible, claro está), estamos ante una de las grandes obras de arte del siglo XXI.
La estructura de Aquele querido mês de agosto es desconcertante, en un principio parece una especie de documental sobre un pueblo del interior de Portugal en pleno verano, con sus personajes pintorescos, sus ceremonias religiosas, las verbenas y sus músicos amateur. En medio de esta filmación (un tanto deshilvanada a propósito), aparece el productor de la película y recrimina al director (Miguel Gomes) que no se está filmando lo que estaba en el guión. A partir de ese momento la película muta hacia una historia de amor entre dos adolescentes que tocan en una de las orquestas veraniegas. Una oscura historia familiar conspira contra la pareja.

Gomes acude a encontrar la ficción (su ficción) en la realidad, incluyendo en el proceso de documentación (entrevistas, búsqueda de sonidos, localizaciones, discusiones…) elementos que luego serán convocados para integrarse en la ficción. El espectador contempla como se va “fabricando” la ficción y se construye el relato. Una vez que comienza la ficción, se produce también el desdoblamiento entre personas y personajes, puesto que son los mismos los que representan que los representados. Dicho de esta manera, parece complicado el proceso (más aún si no se ha visto la película), pero Gomes filma todo este proceso con una gran transparencia, transitando entre ficción y documental de una manera hasta ahora nunca vista. La mezcla entre el documental y la ficción es algo que se ha hecho varias veces (baste recordar las películas de Guerín, Serra o Lisandro Alonso, entre otros), pero Gomes lo lleva mucho más lejos y logra romper la barrera que separa uno y otro lado de la cámara, la distancia entre actores y personajes, la diferencia entre mitología y realidad y entre la música y el diálogo, como muy bien ha sabido apreciar el crítico argentino Quentin. Como el mismo Gomes ha dicho, todo esto no es más que un juego divertido y si nos dejamos llevar por su peculiar sentido del humor, apreciaremos y disfrutaremos de la libertad de géneros que propone el autor. La ironía, el juego y el ingenio son los tres pilares sobre los que se sostiene esta monumental obra.
Algún espectador, después del visionado de la película en el Festival de Las Palmas, sugirió el artificio como arma arrojadiza en su critica del film, siendo una de las razones del artificio, quizás la primordial, su capacidad para parecer verdad, para sugerir como auténtico algo que no es otra cosa que artificio. El artificio también padece una pasión enfermiza por la realidad.

Otro aspecto importante de la película son las canciones. Gomes ha comentado que le interesa registrar el imaginario de las canciones junto con la emoción del cantor, consiguiendo que en el plano aparezcan simultáneamente la cara del cantor y el registro de ése imaginario.
El crítico Mark Peranson dijo en la revista Cinemascope sobre esta película: Construida de forma orgánica y con una humildad asombrosa, Aquele querido mês de agosto muestra los elementos fantásticos y míticos presentes en el día a día, así como las realidades mundanas del rodaje, presentándolas como eslabones integrados en una interminable cadena de dominó y contra todos los pronósticos, no se encuentran. Como en la vida, las conexiones mágicas se doblan y se desdoblan en una serie de invisibles juegos de referencias.
La fluidez y gracia en las escenas es cosa aparte: La película es un tributo al cine y a la vida (el cine de Tati y el de João César Monteiro planean en gran parte del metraje), derribando la cada vez más tenue frontera entre la ficción y el documental, si es que hay alguna, como muy bien ha demostrado Miguel Gomes.
En una secuencia del film vemos un puente: un puente romano sobre el río Alva, desde el que se tira uno de los personajes. Desde cualquiera de las márgenes de ese puente se avista perfectamente la otra. Es que el río es siempre el mismo.
Después de la boda (Efter brylluppet) – Susanne Bier (2006)
28 Julio 2009Por Las fieras de mis niñas

En una reciente entrevista, Susanne Bier confesaba que si, en un primer momento, su aventura con el cine comercial la fascinó por completo, sentía la necesidad de volver a la esencia del oficio de dirección: hacer una película por la historia, por los personajes, porque ellos son lo realmente interesante, porque sólo en ellos se encuentra aquello que conmoverá a los espectadores.
Las primeras secuencias de Después de la boda presentan justamente a un personaje que conmueve, entregado a una causa humanitaria en India, reticente a volver a esa Dinamarca que sólo ofrece “limosna” al Tercer Mundo. Pero, del mismo modo, con la reiteración de unos cálidos primerísimos planos en los que unos dedos acarician sensuales la piel, Susanne Bier introduce el elemento desestabilizador que lleva al espectador a intuir que, en realidad, hay que dejar que el contexto se difumine hasta que aparezcan las urdimbres de otro tejido bien distinto.

Esta sensación no hace sino aumentar, gracias a un montaje eficaz donde esa linealidad del “telón de fondo” se quiebra con elipsis magníficamente dosificadas y con insertos que van cobrando su sentido a medida que avanza el film (la piel bajo las caricias, las flores marchitas, la mirada vidriosa de los animales disecados, una lágrima en una mejilla…). Y, poco a poco, la cámara se convierte en cómplice del espectador que desea mirar de cerca los rostros de esos escurridizos personajes. Personajes que esconden secretos, que descubren verdades, que se enfrentan, de golpe, a dilemas que quiebran el plácido transcurrir de sus vidas… porque, en efecto, lo que ocurre después de la boda cambiará sus vidas.
Las interpretaciones son realmente soberbias y el hecho de que la cámara sea implacable con los protagonistas, escudriñando sus gestos, sus miradas, sus emociones… sólo confirma su solvencia. Si el sutil lenguaje cinematográfico de la realizadora no estuviera a la altura de la intensa historia que narra, la película perdería toda credibilidad, convirtiéndose en un producto lacrimógeno, mil veces repetido. Es aquí donde aflora el talento de Susanne Bier para convencer, conmover y atrapar al espectador, acompañando los sentimientos de los personajes, ya sea el más terrible de los miedos o el más profundo amor y total entrega.

Se ha señalado que en Después de la boda el movimiento Dogma’95 se americaniza. Conviene no olvidar que este excelente melodrama optó al óscar a mejor película de habla no inglesa, que le fue arrebatado por La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck. Ciertamente, la directora danesa aúna en su propuesta lo mejor de la estética Dogma, promovida por Lars von Trier y la narrativa más ágil y transparente del género norteamericano. El complejo ensamblaje es realizado con éxito y logra que se pueda hablar de una obra profunda, equilibrada y próxima a cualquier espectador.
No hay duda de que esta sólida película se articula sobre un potente eje vertebrador: el guión firmado por la propia realizadora y Anders Thomas Jensen, figura consagrada en la filmografía danesa, tanto en la escritura como en la dirección. Este guionista y realizador ganó un Oscar por el corto Valgaften en 1999 y dirigió su primer largo en 2000, Blinkende lygter. Algunos de sus guiones más afamados son: I Kina spiser de hunde (1999), Mifune (1999), Blinkende lygter (2000), Te quiero para siempre (2002), Wilbur se quiere suicidar (2002), Skagerrak (2003), y Rembrandt (2003).
Al trabajar juntos, Bier y Jensen reconocen el juego constante a la hora de construir las historias, en el que las reescrituras compartidas se convierten en el método de aproximación. En este caso, la trama se ordena en torno a tres ”confesiones” y otras tantas confidencias en que los protagonistas intentan esclarecer quiénes son o quiénes deben ser, qué pretenden o qué podrán hacer con el tiempo que queda, o asimilar unas emociones y sorpresas de difícil digestión. La historia exterior e interior avanza siempre por terreno seguro y con una fluidez narrativa asombrosa y cautivadora, siendo fieles a esa idea de que los personajes, una vez definidos, son los que deben guiar el desarrollo de la película.

Todos los actores, también los secundarios, realizan unas interpretaciones magistrales, contenidas aunque dejando entrever sentimientos genuinos y verdaderos. Los duros rasgos del rostro de Mads Mikkelsen no impiden que sus ojos trasmitan todo el dolor y la ira almacenados durante años, ni tampoco la ternura mostrada con los niños o con Anna. No es menor la sensación de autenticidad que trasmiten Sidse Babett Knudsen y Stine Fischer Christensen en sus papeles de madre e hija respectivamente, entre el desconcierto y el desamparo que las circunstancias les deparan, o la de un Rolf Lassgård que despliega toda la variedad de registros que el personaje paterno exige.
No le faltan escenas conmovedoras ni tampoco profundidad al abordar importantes cuestiones en torno a la paternidad y a la familia por adopción, a los afectos que nacen y a los que son traicionados, a los ideales y a los negocios, al tiempo pasado y al que queda por venir, a la enfermedad y la muerte. Por la pantalla desfilan personajes auténticos, con todos los matices y dilemas morales que la vida presenta. Entre ellos se tejen unas vigorosas y entrañables relaciones, de recriminación y perdón, de ruptura y consuelo, en que procuran evitarse el sufrimiento y preparar el día del después… La progresión dramática va pareja a la sensibilización hacia los problemas del otro, y la soledad deja paso a los lugares donde se encuentra afecto, mientras que la rabia o sorpresa se transforman en responsabilidad compartida, y los errores y segundas oportunidades se abren paso en una sociedad opulenta donde la familia no es protegida y donde las renuncias escasean.
Together (Tillsammans) – Lukas Moodysson (2000)
14 Julio 2009Dos años después del estreno de Fucking Amal (1998), la historia de amor de dos adolescentes homosexuales que supuso el debut cinematográfico de L. Moodysson, y de haber obtenido con ella un inesperado éxito no sólo en Suecia sino también fuera de sus fronteras (convirtiéndose con ello en uno de los raros ejemplos de cine nórdico que, más allá de los puntuales ejemplos del movimiento Dogma, se estrenan entre nosotros), Moodysson emprende su segundo proyecto cinematográfico partiendo de las mismas, o varias, de las premisas anteriores: un reducido círculo de intérpretes, la preeminencia de los personajes infantiles o adolescentes, la homosexualidad y la confrontación entre las normas sociales establecidas y los comportamientos individuales.

El film está ambientado en noviembre del año 1975, precisamente comienza con el anuncio radiofónico de la muerte del dictador español Francisco Franco. No olvidemos que en septiembre de ese mismo año el régimen franquista fusiló a tres miembros del FRAP y a dos de ETA. Este último acto de barbarie suscitó la condena internacional y provocó la indignación en toda Europa. La foto del primer ministro socialista sueco Olof Palme pidiendo por las calles en favor de las familias de los condenados se convirtió por entonces en un icono. Los habitantes de la comuna que da título a la película, Tillsammans, sí que celebran el fallecimiento con alegría y cánticos.

Together gira en torno a las tensiones que se generan en el seno de la comuna entre sus miembros y las ocasionadas como consecuencia de la integración en ella de unos seres completamente ajenos al espíritu de la misma como son la hermana, y sus dos hijos, del tranquilo y siempre diplomático cabecilla, Göran. En un primer momento son ellos los que se encuentran cohibidos y desplazados, mucho más si tenemos en cuenta que provienen de un ambiente obrero plenamente convencional y lo sorpresivo del cambio (Elisabeth y sus hijos se marchan de casa cuando es golpeada por Rolf, su marido). Así, el choque es tremendo en cuanto a la falta de espacio y de privacidad, el cambio radical en las costumbres, el tipo de relaciones y las compañías que allí encuentran. De hecho, se presentan en la casa en medio de un debate sobre fregar o no los platos y a quién le corresponde esta tarea, mientras que dos de sus habitantes asisten a la misma desnudos de cintura para abajo.
Los componentes de la casa constituyen un verdadero catálogo, exagerado y arquetípico, de lo que podríamos considerar los componentes de la izquierda social, o la contracultura, de mediados de unos años setenta terroristas y pre-punk; los restos del naufragio ideológico tras el fracaso de la utopía sesentayochista, la crisis del petróleo y el fin definitivo de la guerra de Vietnam: una mezcla de estudiantes radicalizados, vegetarianos, homosexuales, intelectuales y descarados sinvergüenzas.

A pesar del poso dramático que recorre el film, al fin y al cabo el punto de partida es el abandono de Elisabeth de la casa familiar porque su marido es un alcohólico que la golpea, éste nunca se desprende de un tono cómico y desenfadado, lo que finalmente ofrece como resultado un cuadro excesivamente ligero y muy superficial. De hecho, los momentos más tragicómicos y conmovedores están siempre relacionados con la vida paralela que llevan los menores que en él salen retratados. Ellos son -a su pesar- los verdaderos sufridores de los caprichos, contradicciones y desvaríos de sus mayores. Para colmo, el sustrato ideológico de la película resulta de lo más cuestionable, se inclina por la tesis más obvia, predecible y conservadora pues, aun a pesar de los modelos alternativos de pareja y de relaciones que se muestran en la comuna (por cierto, casi todos reducidos al esquematismo más unidimensional y simplista, o puramente grotescos, como Klas, el homosexual), el modelo ideal y deseable que presenta el film es el tradicional y mayoritario: la pareja convencional, el matrimonio. Fuera de él no cabe esperanza alguna, sólo la soledad, la muerte en vida, como le transmite a Rolf su vecino, Birger.
Con esos mimbres, como era de esperar, en la mejor tradición de los finales felices, el marido maltratador, después de un fugaz proceso de reconversión físico y espiritual, se reforma y, mal que bien, la familia protagonista termina reconciliándose (quizás en el seno de la comuna). Bien es cierto que el otro matrimonio tradicional que aparece en el film, los vecinos de la comuna, son una exagerada familia burguesa (incluso por su mismo aspecto), casi un puro cómic, en la que, por debajo de unas apariencias de formalidad estricta, buñuelescamente, bullen reprimidas pulsiones sexuales: el control, la violencia, el onanismo y el voyeurismo.

En el descarado muestrario de tópicos que refleja Together y, en su línea de la moraleja amable y simplificadora de tolerancia, buenos sentimientos y deseo de compañía y convivencia humana, no es en absoluto inocente que, como consecuencia de los progresivos cambios que en ella se suceden (televisión, consumo de carne, apoliticidad), la comuna sea abandonada por sus integrantes más firmes e ideologizados. Por supuesto, como no podía ser de otra manera, todos ellos retratados con trazo grueso como verdaderos dogmáticos inflexibles. Primero, la pareja de vegetarianos integristas anti-televisión, luego el obrero-estudiante radical marxista y, finalmente, la única expulsión que tiene lugar en su seno (además con violencia): la pareja del presuntamente (no tan) apacible Göran. Significativamente se trata de una mujer sexualmente activa que al poner en práctica la que se suponía (no tan) aceptada doctrina del amor libre, cuestiona el alcance y los cimientos de estas suposiciones y revela las contradicciones y el frágil y epidérmico equilibrio, el izquierdismo de salón, que verdaderamente reina en Tillsammans. En realidad, se trata más bien de una casa poblada por voluntariosos estudiantes/desempleados idealistas aún insertos, o mejor, sobre todo insertos en una lógica más bien aburguesada, coherente con el desencanto, el fin de la utopía y de los compromisos que ya se vivían en aquellos años que desembocaron en los funestos gobiernos de M. Thatcher y R. Reagan en el Reino Unido y los EEUU respectivamente.

Esto se refleja perfectamente en el alcance de los cambios que sufre Elisabeth como consecuencia de vivir allí y que le pone de manifiesto a su marido cuando se reencuentra con él. Comienza por los estéticos, no se va a depilar las axilas, luego los ideológicos, se reclama “socialista”, por oposición a él, que es “socialdemócrata” (en realidad puro fetichismo oral), y luego le transmite su nuevo ser que se concreta en el deseo de incorporarse al mercado laboral y no ser nunca más un ama de casa. Esto viene a ejemplificar de manera sencilla el hecho de que las luchas y las tensiones ideológicas y revolucionarias que se desencadenaron en occidente a lo largo del siglo XX, sobre todo en su segunda mitad, tuvieran un éxito esencialmente limitado (pero no por ello menos fundamental) al campo de lo social y de las costumbres: la liberación sexual, el control de la natalidad y los medios anticonceptivos, la incorporación de la mujer al trabajo, la normalización de la homosexualidad.
Como ocurriera en Fucking Amal, son los niños los personajes más lúcidos, cabales y sufrientes de entre todos; los que padecen desde sus diferentes estadios vitales (niñez y preadolescencia) en sus propias carnes la inadaptación social, la incomprensión y las veleidades de sus mayores; en ocasiones, verdaderamente avergonzados de sus comportamientos infantiles. Así, es comprensible que Eva y el hijo de los vecinos encuentren su espacio particular en el territorio de nadie que supone la furgoneta aparcada en la calle, el único lugar de escapatoria de sus respectivos infiernos adolescentes.

En definitiva, el final reconciliatorio del grupo expandido (vecinos, amigos) refleja a la perfección la condición eminentemente social del ser humano, su necesidad de aceptación, integración y reconocimiento; aunque, irónica, pero ciertamente, esto se materialice, por un lado, al coste de las oportunas purgas que mencionamos más arriba y, por otro, se plasme jugando al fútbol, anticipando una de las grandes expresiones del pan y el circo y una de las anestesias sociales más poderosas que existen hoy en día.
All around us (Gururi no koto) – Ryosuke Hashiguchi (2008)
9 Julio 2009Por Óliver Auyanet Suárez

La Sección Oficial de los certámenes cinematográficos se caracteriza, en general, por la irregularidad cualitativa de muchos de sus títulos. Con frecuencia, este bloque de películas se estructura por selecciones previas en las que conviven largometrajes fallidos, e incluso desafortunados, con otros de notable dignidad estética. En la décima edición del Festival de Cine de Las Palmas de G.C., dicha sección contó con muchas de estas obras plausibles y, entre ellas, es justo destacar la película Gururi no koto, del japonés Ryosuke Hashiguchi. Una obra de gran calidad, muy bien ejecutada, con un tratamiento temporal cuidado y, sobre todo, ambiciosa temáticamente, que expone en su argumento las vivencias de una joven pareja nipona a lo largo de los años finiseculares del convulso siglo XX. Entre los acercamientos analíticos a esta producción, uno de los medios que permite explicar parte de su contenido y el alcance de su altura cinematográfica de forma sucinta es su acertado título inglés: All around us, “Todo en torno a nosotros” en español.

Inicialmente, la expresión “en torno a nosotros” supone la necesaria acotación argumental de cualquier obra de ficción; los conflictos personales e interpersonales que permiten desarrollar una historia y, con ella, desenmarañar y depurar el plano del contenido. En este caso, el mundo de los personajes mencionados: la evolución en el trabajo del joven y la progresiva independencia económica de la pareja; el embarazo, aborto y depresión posterior de la chica, así como la conexión con los familiares y compañeros de ambos. De esta forma, el sintagma representa el argumento, lo cotidiano e intrascendental de la obra. En síntesis, la pluralidad de la pareja, la plasmación de la relación entre los adultos y su desenvolvimiento en el contexto circundante. El término “Todo” del título comprendería el perfil temático y, por extensión, el mensaje último del proceso comunicativo del arte. Aquello que, de forma subrepticia, soporta el peso de los escasos y recurrentes residuos argumentales del hombre. “Todo”, por último, simboliza igualmente la aspiración máxima de la película y, sin duda, su acierto y victoria estética final.

Obviamente, sería engañosa para un autor la idea de recrear cada hecho o circunstancia que se produce en torno a unos individuos. Nunca se expondría todo en la pantalla, ni siquiera equiparando el metraje de la cinta al cronotopo real de la pareja, de la persona o de cualquier elemento viviente. Ni la focalización del objetivo ni la textura en el tratamiento de la imagen lo permiten. Siempre existen diferentes puntos de vista, impresiones subjetivas, filtros, encuadres o decenas de recursos que muestran que queda algo por desvelar. Sin embargo, el director es plenamente consciente de ello y resulta casi una ironía ufana que se incorpore el significado ‘todo’ en el rótulo inglés de la película, pues, aun conociendo esta limitación de cualquier autor, Ryosuke Hashiguchi consigue crear la ilusión de expresarlo todo. Así, la virtud capital del realizador en este trabajo radica en la profunda distancia que se toma con el símil tradicional que compara el arte con un espejo. Una tabla de cristal y acero que refleja cada elemento que se interpone en su camino, con la misma nitidez del ojo humano, pero cuya realidad definida siempre resultará parcial y acotada. La integridad de lo expuesto en esta placa reflectante será fiel a la verdad, pero en un formato de muestra que jamás explicitará cada una de las partes y los puntos de vista de dicha realidad. Muy al contrario, el director japonés se decanta por la exposición de ambas facetas del espejo: la proyectada en la pantalla y la que está por proyectar en la mente del receptor, es decir, la tierna evocación vital que genera en el espectador cada uno de los fotogramas de su largometraje. Nada se excluye en el desarrollo de la narración: Hashiguchi aprehende las dos caras del espejismo de la cinematografía al lograr acotar y reflejar con exactitud los conflictos, fracasos y triunfos de los personajes y, al mismo tiempo, evocar todo el complejo universo que los rodea con una tersura y un tempo exquisitos. No se limita a lo proyectado, como ocurriría en una cinta maniquea de pura mímesis, sino que aspira al humanismo más universal, el que, de nuevo en el cine, eleva la película muy alto, como si quisiera con ella simular un círculo de torbellinos que ascienda al espectador hacia un cielo mecido por algo que se denomine Belleza o, incluso, Poesía.



Escrito por Misterioso objeto al mediodía 


Escrito por Misterioso objeto al mediodía
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